La política como oficio del desencanto
Después de más de una década enseñando ética, he comprendido que la conducta humana —compleja y cambiante— se mueve entre lo relativo y lo circunstancial. Sin embargo, hay un terreno donde la decepción parece constante: la política. No importa la latitud ni la ideología. Políticos de izquierda y derecha, en democracias o regímenes autoritarios, tienden a repetir los mismos vicios: el abuso de poder, el desprecio por lo técnico, la traición al voto ciudadano.
Como advirtió Bertrand Russell, “la política es la preocupación por lo inmediato disfrazada de ideales”. En Bolivia, esa frase cobra renovada vigencia. Las encuestas señalan que el país podría retomar el camino de la democracia pactada, esa fórmula de alianzas partidarias que marcó los años noventa. El pacto MIR–ADN de 1989 o la “megacoalición” de inicios del siglo XXI son ejemplos de cómo se privilegió la repartija de poder sobre la institucionalidad.
Ese modelo no desapareció: mutó. El Movimiento al Socialismo, durante casi dos décadas, ejerció un poder concentrado, basado en estructuras sindicales antes que en méritos profesionales. Hoy, frente al desgaste del oficialismo y una oposición fragmentada, se perfila una nueva etapa de pactos, negociaciones y cuoteos.
El giro hacia candidaturas liberales parece inevitable, pero no garantiza estabilidad. La verdadera gobernabilidad se definirá en el Legislativo, donde el fraccionamiento y los egos personales amenazan cualquier acuerdo. Candidaturas menores como las de Rodrigo Paz o Manfred Reyes Villa no se retirarán fácilmente: buscan ser monedas de cambio. Como escribió Raymond Aron, “la política no es el reino de la moral, sino el arte de lo posible”.
Del lado opuesto, ni Andrónico Rodríguez ni el exministro Eduardo del Castillo logran proyectar una izquierda renovada. El MAS, partido que alguna vez fue hegemónico, parece hoy atrapado entre el pasado y la supervivencia.
Y en medio de este panorama, pocos discuten propuestas. Predomina el voto útil, el pragmatismo electoral, la necesidad de frenar al adversario. Pero en esa urgencia se repite el viejo patrón: políticos más preocupados por el cargo que por la causa.
La historia nos ofrece advertencias. Maquiavelo enseñó que no basta con ser virtuoso, hay que parecerlo. Y sin embargo, ni lo uno ni lo otro parecen interesar demasiado. En este nuevo ciclo electoral, el mayor riesgo no es el adversario ideológico, sino la repetición del desencanto. Porque si algo permanece en la política boliviana —como en muchas otras— es su capacidad de traicionar, sin rubor, a quienes alguna vez prometió servir.
El autor es escritor, ronniepierola.blogspot.com
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