Mercosur y el ferrocarril bioceánico: Una oportunidad histórica para Bolivia

Columna
Publicado el 24/12/2025

Durante décadas, el Mercosur ha sido visto en Bolivia casi exclusivamente como un acuerdo comercial con ventajas y riesgos arancelarios. Esa lectura es incompleta. El Mercosur es, sobre todo, una plataforma geoeconómica y logística capaz de transformar la forma en que Sudamérica se conecta con el mundo. En un contexto de reconfiguración del comercio global, tensiones en rutas marítimas tradicionales y una creciente presencia de China en América Latina, el bloque adquiere una relevancia estratégica que Bolivia no puede desaprovechar.

Las ventajas del Mercosur para Bolivia son: 1ero. El acceso a un mercado ampliado de más de 295 millones de habitantes, con cerca del 70 % del PIB de Sudamérica. Para Bolivia, esto implica:  a) Mayor acceso preferencial a Brasil y Argentina, sus dos principales socios comerciales; b) Reducción de barreras no arancelarias en el mediano plazo; y c) Potencial inserción en cadenas regionales de valor (alimentos, energía, minería, manufacturas ligeras). 2do. Peso negociador internacional: Bolivia, negociando sola, tiene poder limitado frente a China, la UE o India. 3ro.  El Mercosur no es solo comercio; es territorio, infraestructura y logística: Con corredores bioceánicos, hidrovías (Paraná–Paraguay) y redes ferroviarias y carreteras interconectables. Bolivia pasa de ser “país mediterráneo” a país bisagra. La mayor desventajas o riesgos para Bolivia es el Arancel Externo Común, que limita la flexibilidad de Bolivia para negociar acuerdos bilaterales, lo cual podría encarecer algunos insumos importados desde fuera del bloque.

Cuando se analizan con números y no solo con consignas, las ventajas del Mercosur y la viabilidad del ferrocarril bioceánico aparecen con mayor nitidez. El bloque concentra una de las mayores capacidades exportadoras de alimentos, minerales y energía del planeta. Esta escala es determinante para comprender por qué un proyecto ferroviario transcontinental solo es viable si se concibe como una iniciativa del MERCOSUR y no como la suma de intereses nacionales dispersos.

El corredor ferroviario que conecte Santos (Brasil) con Chancay (Perú) tendría una extensión cercana a los 3.000 kilómetros y una inversión total estimada entre 4.000 y 5.000 millones de dólares. Aunque la cifra parece elevada, es perfectamente comparable con otros proyectos estratégicos financiados por China y bancos multilaterales. La clave está en la demanda potencial. Un escenario conservador estima un flujo de 40 a 45 millones de toneladas anuales; uno más dinámico, consistente con el crecimiento de las exportaciones agroindustriales y mineras del Mercosur , eleva esa cifra a 55 o incluso 60 millones de toneladas en régimen maduro.

Para el conjunto de países del Mercosur, el impacto económico directo se expresa en una reducción estructural de costos logísticos. Transportar una tonelada de carga desde el corazón productivo de Brasil o del norte argentino hacia Asia vía Pacífico permitiría ahorros del 20 al 30 % frente a las rutas actuales que dependen del Canal de Panamá o de largas circunnavegaciones. En términos agregados, esto supone ahorros anuales superiores a 4.000 o 5.000 millones de dólares para los exportadores del bloque. A ello se suma un efecto dinámico: mayores márgenes, más competitividad y expansión de volúmenes exportados, especialmente hacia China y el sudeste asiático.

Brasil sería el principal beneficiario en volumen, con 25 a 35 millones de toneladas anuales movilizadas por el corredor, lo que podría generar beneficios logísticos netos de 2.000 a 2.500 millones de dólares por año. Argentina y Paraguay, integrados mediante ramales, podrían canalizar entre 6 y 10 millones de toneladas, reduciendo costos en regiones hoy alejadas de los grandes puertos y dinamizando economías regionales. Uruguay, aunque no esté en el eje central del trazado, se beneficiaría indirectamente al integrarse a una red logística más diversificada y resiliente, con mayores opciones atlántico–pacíficas para su comercio exterior.

En este esquema regional, Bolivia ocupa un rol singular. Aproximadamente 1.500 kilómetros del corredor atravesarían su territorio, convirtiéndola en el principal país de tránsito. Con una tarifa promedio internacional de 0,04 a 0,05 dólares por tonelada-kilómetro, el tramo boliviano podría generar ingresos brutos anuales del orden de 2.300 a 2.500 millones de dólares. Descontando costos de operación y mantenimiento —estimados en 250 a 300 millones anuales— el flujo neto rondaría los 2.000 millones de dólares por año. Frente a una inversión aproximada de 12.000 millones, el período de recuperación sería inferior a siete años, una rentabilidad excepcional para infraestructura ferroviaria pesada.

Pero el efecto más importante para Bolivia no es solo el ingreso por tránsito. El país se beneficiaría de una reducción de 25 a 35 % en sus propios costos logísticos, lo que equivale a 600–800 millones de dólares anuales en ahorro para exportadores. A esto se suman exportaciones inducidas: mayor competitividad del litio, el hierro, el zinc y la agroindustria oriental, además de nuevas inversiones industriales ligadas a nodos logísticos. En conjunto, el impacto económico total podría situarse entre 3.500 y 4.000 millones de dólares por año, es decir, alrededor del 8 a 10 % del PIB boliviano actual.

Estas cifras explican por qué el interés chino no es hipotético. Para China, el corredor bioceánico reduce tiempos de tránsito en 10 a 14 días, diversifica rutas estratégicas y asegura el abastecimiento de alimentos y minerales desde una región políticamente estable. Para el Mercosur, es la oportunidad de pasar de exportar commodities dispersos a operar como un espacio integrado con infraestructura propia de escala continental. Para Bolivia, es la posibilidad histórica de transformar su geografía en renta, su mediterraneidad en centralidad y su inserción regional en una ventaja económica permanente.

Visto así, el ferrocarril bioceánico no es un proyecto aislado, sino la expresión más concreta de lo que el Mercosur puede ofrecer cuando se lo entiende como instrumento de desarrollo estratégico. Los números muestran que la rentabilidad existe, los beneficios están ampliamente distribuidos y el mayor ganador, proporcionalmente, sería Bolivia. La verdadera incógnita ya no es económica, sino política: si la región está dispuesta a pensar y actuar como bloque en un mundo que exige escala, integración y visión de largo plazo.

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