De escarabajo a escararriba: Paz debe declararlo, especie protegida, patrimonio u orgullo nacional
En un tiempo en que las noticias suelen pesar más por lo que destruyen que por lo que celebran, ha emergido desde la espesura herida de la Chiquitanía una historia improbable: la del escarabajo Pometon bolivianus, un ser diminuto que, sin pedir permiso ni hacer ruido, ha terminado por conquistar la atención del mundo. ¡Ahora es campeón mundial!, tras una victoria aplastante en un certamen celebrado en Estados Unidos.
Pero más allá de la literalidad del evento, lo que realmente ha triunfado es un símbolo: la vida persistiendo donde otros sembraron ceniza.
Este pequeño gigante ya no es solo un escarabajo. Es, desde ahora, un escararriba: una criatura que no se arrastra en la resignación, sino que parece elevar la mirada, oteando el futuro de la naturaleza, vigilante, como si su existencia misma fuera una advertencia y una esperanza. No es casual que forme parte de los más raros entre los escarabajos tigre del mundo. Así lo consigna el Libro Rojo de Invertebrados de Bolivia, donde está catalogado como “En Peligro Crítico de Extinción”. Esa frase, fría en apariencia, encierra una tragedia: estamos al borde de perder algo que apenas comenzábamos a conocer.
El escarabajo tigre no parece un insecto, sino un pequeño milagro caído sobre la tierra: una joya viva que respira. Su cuerpo recuerda a un medallón antiguo, de esos que alguien pulió con paciencia infinita, hasta dejarlo dorado, liso y perfecto. A veces parece un prendedor olvidado por el sol, otras veces una gota de metal fundido que se quedó suspendida entre las hojas.
Cuando la luz lo toca, no solo brilla: cambia, vibra, se vuelve tornasolado, como si guardara dentro un secreto de otros mundos. Su superficie parece esmaltada, cubierta por un barniz imposible, casi extraterrestre, como si no perteneciera del todo a este paisaje sino a un rincón más fantástico del universo.
Y, sin embargo, ahí está, pequeño, silencioso, caminando con calma, llevando toda esa belleza sin esfuerzo, como si fuera lo más natural del mundo. Es una criatura hermosa, sí, pero también es algo más: un recuerdo de que la naturaleza, cuando quiere, sabe crear verdaderas obras de arte vivientes.
Pero su historia no puede separarse de la herida que lo rodea. La Chiquitanía, su hogar, ha sido durante años escenario de incendios devastadores que no distinguieron entre lo visible y lo invisible. Se quemaron árboles, sí, pero también se quemaron futuros, se borraron especies enteras antes de que tuvieran nombre.
En ese contexto, la aparición triunfal del Pometon bolivianus se siente como una interpelación directa, un puntapié en el culo a quienes atentaron contra la biodiversidad con indiferencia o cálculo.
Porque mientras el fuego avanzaba sin piedad, también avanzaba una idea peligrosa: que la naturaleza es reemplazable.
Este escararriba viene a desmentir esa mentira. Nos recuerda que cada ser, por pequeño que sea, es irrepetible. Que no hay tecnología, ni dinero, ni discurso capaz de reconstruir lo que se pierde cuando un ecosistema colapsa.
¡Sonará grosero y fútil, pero debo decirlo! Salvando las distancias, que un insecto haya logrado lo que la selección nacional no pudo —llevarnos simbólicamente a un “mundial”, ganarlo y colocarnos en la cima de la biodiversidad— tiene algo de ironía, pero también de revelación. Tal vez el verdadero orgullo de ser bolivianos no solo está en las canchas, en la Verde, sino también en nuestros bosques verdes, en nuestra biodiversidad, en nuestra fauna y flora. En resumen, en ese cuidado que cuida y está consciente de su entorno natural. Sabiendo que es el único lugar que nos queda para vivir.
La riqueza de un país también está en su educación, en su conocimiento y en el respeto por el ser vivo más minúsculo, como es el caso de nuestro único tigre boliviano. No solo en las canchas se vislumbra la grandeza, sino en la vida que resiste en silencio, clamando justicia, atención y gloria.
Hoy, la responsabilidad es ineludible. El gobierno de Rodrigo Paz tiene la obligación moral e histórica de actuar: declarar a esta criatura protegida por ley, convertirla en emblema nacional, reconocerla como patrimonio vivo del país. No hacerlo sería repetir el error de mirar hacia otro lado justo cuando la naturaleza nos está hablando con claridad y absolutamente angustiada.
Pero más allá de decretos y leyes, este escararriba nos deja una lección más profunda. Es un jalón de orejas para los depredadores, para los que reducen el bosque a cifras, para los que olvidan que la vida no es un recurso sino un milagro continuo. Nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿qué clase de sociedad somos o queremos ser si permitimos que desaparezcan estas criaturas maravillosas?
No es exagerado decir que este pequeño ser nos está enseñando a mirar de nuevo. A valorar lo que no hace ruido. A entender que la grandeza no siempre ruge, juega, mete goles, o gana millones: a veces camina lento, entre hojas, brillando apenas lo suficiente para quien sabe observar. Que su clasificación como especie endémica significa que no existe en ningún otro lugar del mundo, lo que incrementa su valor ecológico y también su vulnerabilidad.
Hoy solo nos queda admirarlo. Y, sobre todo, protegerlo. Porque si dejamos caer al escararriba, para que vuelva a ser un escarabajo extinguido, no será solo una especie la que desaparezca. Será también una parte de nuestra propia posibilidad de redención y la pérdida de nuestra dignidad como humanidad frente a la naturaleza.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















