¿Sólo un día para los niños?
Bolivia celebra hoy el Día de la Niña y del Niño, un festejo instituido en 1955, recordando el 12 de abril de 1952, cuando la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef por sus siglas en inglés) redactaron la declaración de Principios Universales del Niño, con el propósito de luchar contra la desigualdad y maltrato que sufrían, y aún sufren.
Años después, el 20 de noviembre de 1959, en una asamblea general de la ONU se aprobó la Declaración de los Derechos del Niño. Y en 1989 se estableció la Convención sobre los Derechos del Niño reforzando la idea de que todos los países instituyan y celebren, cada año, un día específico dedicado a este segmento de la población que en Bolivia alcanza hoy a casi tres millones 700 mil tres millones de personas, según las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística, a partir de los resultados del Censo 2024.
En términos de proporción poblacional, según esos datos, uno de cada tres bolivianos es un niño, es decir, tiene menos de 12 años.
En términos ideales, según la Unicef, el objetivo de la celebración de este día es “fomentar la fraternidad entre los niños y las niñas del mundo, y promover su bienestar con actividades sociales y culturales”.
Así, resulta que hoy, como todos los años en la misma fecha, las niñas y niños bolivianos –en mayor o menor grado según dónde vivan– son objeto de una atención especial, extendida a los días próximos, anteriores y posteriores, y que se manifiesta en “actividades sociales y culturales”, que las autoridades municipales y gubernamentales aprovechan de maravilla para mostrarse henchidas de sensibilidad y pletóricas de intenciones manifiestamente buenas para promover el bienestar de los chiquilines.
Ese modelo de actitud es unánime y en él se confunden los colores partidarios y los intereses de entidades y personajes, además de las instituciones sean privadas o estatales.
Este día, todos –especialmente aquellos cuyo interés por mostrarse e intensificar su visibilidad es inherente a su función de autoridades– están prestos a bailar rondas con los niños y dispuestos a defender sus derechos, con el mismo brío y esmero con el que cualquier otro rato los olvidan o los utilizan para su propio beneficio, sin importarles el perjuicio que resulta para los infantes.
Así ocurre todos los años. Y cada día, centenares o miles sufren maltrato en sus mismos hogares. Así, hoy, además de festejarlos, tendríamos que reflexionar acerca de cuánto podemos hacer para contribuir a su formación como personas, y comprometernos a hacerlo.
La ocasión es propicia para reflexionar acerca de que el trato que damos a nuestros niños cada día, cada instante, tiene una trascendencia generacional, pues un niño agredido será un adulto agresor.

















