Del gótico literario al minimalismo del libro digital

Columna
LA ESPADA EN LA PALABRA
Publicado el 08/05/2026

En lo que va de este 2026, me dediqué a releer grandes clásicos. Volver nuevamente a aquellas obras que en algún momento de la vida me llevaron al mundo fascinante de autores como Hugo, Tolstoi o Stendhal era uno de mis objetivos al finalizar el 2025.

Hoy, por ejemplo, me encuentro terminando de releer Ana Karenina, y después planeo seguir con El rojo y el negro. ¿No resulta valioso abrir y releer, en la era del Kindle (una marca de lectores de libros digitales o electrónicos, N. del E.) y los videos de 15 segundos de TikTok, un pesado volumen de 900 o mil páginas, y saber que su lectura durará varios días, incluso semanas enteras?

Entrar de nuevo en una de esas obras hoy, en la era digital, es como pararse en el pórtico de una catedral gótica que está en medio de una ciudad futurista: sabemos que adentro descubriremos relieves, vitrales, polvo centenario y sombras por todas partes, y que la lectura derivará en el (re)descubrimiento de un universo.

Aunque no se puede generalizar, creo que no ocurre eso con la literatura contemporánea, ya por el tipo de temáticas que toca, ya por su brevedad. No podría opinar con mucha solvencia, porque no las conozco en profundidad, pero temo que las letras de hoy, a diferencia de esas catedrales del siglo XIX, se asemejan más a edificios minimalistas: son de espacios funcionales, de colores fríos y de habitaciones bastante simples, y además poseen desafíos para sus lectores que son también muy diferentes.

Mientras que con las obras de la actualidad asistimos a hechos más concretos o directos y que tienen más que ver con la subjetividad y la interpretación desde el “yo”, con las obras del pasado lejano, en cambio, uno puede meterse en la psicología profunda de los personajes, sentir el polvillo que se levanta en una habitación, imaginar una carrera de caballos o el sonido de un carruaje que pasa por una ciudad, sentir la rugosidad de la piedra de una gárgola o vivir con detalle una cacería de patos.

Aunque, la verdad, no culpo demasiado a los autores de hoy, ya que, a diferencia de los del pasado, que no competían con casi nada en cuestiones de entretenimiento, deben competir con TikTok, Netflix o los mismos libros, que se publican en mayores cantidades.

Las hermosas catedrales literarias del XIX buscaban la totalidad, explicar el mundo, interpretar el todo. Eran verdaderos tratados de psicología y sociedad. Autores como Dostoievski, Balzac, Hugo o Stendhal ¿no se impusieron la tarea de descubrir y describir el bien, la justicia, el coraje, la miseria, la solidaridad, el desamor, la valentía, el amor, todo desde una perspectiva universal y que nos deja sin aliento? Los edificios minimalistas de hoy, en cambio, buscan lo particular, lo relativo, lo fragmentario…

“Sobre gustos y colores, no escribieron los autores…”. Pero yo prefiero lo total, lo omnímodo, lo que intenta ascender al cielo y mostrar, desde ahí, la condición humana más atemporal. Lo que mora en el Olimpo e intenta trascender en espacio y tiempo. Es por eso que hallo en las novelas clásicas ese aspecto de profundidad y solemnidad del que la modernidad acelerada y relativizadora parece estarnos despojando.

Puede ser que lo que les falte a los autores del minimalismo literario de hoy no sea realmente talento, sino oxígeno, tiempo, espacio. Escribir esas gordas historias de centenas y centenas de páginas parece ya no ser una alternativa en el presente, cuando la prisa demanda algo rápido y fácil de leer (y, desde luego, de vender).

El público lector es diferente. En un mundo de constantes notificaciones digitales, el lector medio de hoy ya no tiene la paciencia del lector decimonónico, que no tenía ni radio ni televisión y cuyas tardes eran largas y, por tanto, podía darse el lujo (el gran lujo) de tomar un libro grueso en su regazo y leer durante horas para culturizarse y entretenerse.

No me atrevería a decir que lo de antes era “mejor”, pero sí a afirmar que regresar a esas historias del XIX puede resultarnos provechoso. Adentrarnos en esas largas crónicas literarias o novelas de denuncia social, que pintan universos enteros, puede ser una forma de “turismo espiritual” y estímulo creativo, ahora cuando las pantallas nos idiotizan o hacen perder el tiempo… todo el tiempo.

La intemperie de la inmediatez moderna se diluye frente a esas complejas estructuras del pasado, que, como las catedrales de piedra, permanecen en pie para recordarnos que el alma humana necesitó techos altos para volar y hacerse preguntas eternas.

 

El autor es politólogo y comunicador social

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