¿Quién robó lo que no robó Juan Pari Mamani?
Diez años después del desfalco al Banco Unión, el caso sigue contándose como una historia cómoda: un solo hombre, desde una oficina periférica, burla controles, extrae millones, vive como nuevo rico y cae. Caso cerrado.
Pero antes de tragarnos el cuento separemos la paja del trigo: Una cosa es quién ejecuta el desfalco, y otra muy distinta quién lo permite, y quién se beneficia de sus grietas.
Según el iter criminis (camino del delito) formulado por la Fiscalía, se atribuye al sobreestimado Juan Pari, el desfalco de 37,6 millones de bolivianos. Sin embargo, los bienes que se le incautaron no alcanzan ni al 20% de ese monto. Entonces ¿Dónde está el resto del dinero?
El caso se dio por resuelto en términos financieros porque el seguro cubrió casi la totalidad del daño –más de 36 millones–. Pero eso no significa que el dinero haya aparecido. Significa, simplemente, que alguien pagó la factura. Y ahí está el problema: el seguro pagó, pero el dinero en su totalidad no apareció.
Durante la investigación: el propio Pari insinuó que no actuó solo. Y aun así toda la estructura del caso terminó descansando sobre un único culpable visible. Las responsabilidades de dirección se diluyeron en respuestas administrativas como, por ejemplo:los jerarcas del directorio del Banco Unión, ya no podrán formar parte del sistema financiero; o cautelares de baja intensidad.
La persecución penal se densificó únicamente en Pari, quien recientemente ha planteado, para cerrar completamente su caso, el procedimiento abreviado solicitando una pena de 15 años de los que ya cumplió 10 y que, como se encuentra en fase de ejecución penal, podría hacerse acreedor de algunos beneficios.
Más aún cuando la reparación del perjuicio aparece formalmente satisfecha por la cobertura del seguro: si el daño económico al ente estatal se tiene por resarcido, el proceso pivota de la verdad material a la economía procesal.
Y mientras en los últimos 10 años nadie volvió a hablar del tema, o solo se dedicaron a mirar al pez chico, el pez gordo ya se había ido del acuario. Y no está solo. Nada tranquilo, lejos, en aguas profundas. Quizá en Europa. Quizá convertido en una elegante ballena asesina que nadie quiere reconocer, porque hacerlo implicaría aceptar que nunca fue un caso de un solo hombre.
Y entonces, la pregunta vuelve, incómoda, insistente, imposible de ahogar:
Si Pari no tenía el dinero, y el seguro solo tapó el hueco… ¿quién se quedó con lo que nunca apareció?
El autor es abogado, escritor y periodista
Columnas de FREDDY RIVAS OROZCO




















