Evo y la pulsión cainita de su proyecto político

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 14/05/2026

Con frecuencia tengo la sensación de que Bolivia vive atrapada en una especie de condena circular. Como si estuviéramos empujando eternamente la piedra de Sísifo: avanzamos unos metros, creemos que el país puede estabilizarse, crecer o reconciliarse consigo mismo, y de pronto todo vuelve a derrumbarse. Crisis, confrontación, resentimiento, bloqueos, polarización. Una y otra vez. ¡Bienvenidos al país ingobernable!

Observo el país y veo que cambian los discursos, los colores políticos y los líderes, pero el fondo permanece casi intacto. Sigue existiendo una enorme precariedad institucional, una cultura política marcada por el conflicto permanente y un debate público cada vez más pobre y miserable, más emocional y menos racional.

Parece que ciertos actores sociales disfrutan más destruyendo la casa común que intentando construir algo duradero.

Y en medio de ese panorama, casi como un escenario fabulado, me surge una pregunta: ¿qué habrían pensado autores como Antonio Escohotado, Octavio Paz, Zygmunt Bauman o Michel Foucault sobre esta Bolivia distópica, fracturada y profundamente enfrentada consigo misma?

Tal vez todos habrían coincidido en algo incómodo: lo que vive Bolivia no es solamente una crisis política. Es también una degradación de la convivencia democrática y de la forma en que la sociedad se relaciona consigo misma.

En el centro de esta tragedia contemporánea aparece inevitablemente el cocalero Evo Morales.

No el personaje mítico construido por la propaganda política, sino el sujeto que terminó convirtiendo la confrontación en una herramienta permanente de poder. Durante años, Evo y el evismo transformaron el resentimiento en capital político y la victimización en un mecanismo constante de cohesión.

El problema no es únicamente Evo Morales como individuo. Sería demasiado simple reducir todo a una sola persona. El problema más profundo es que su proyecto político consolidó una lógica corrosiva: la idea de que el país solo tiene legitimidad si ellos controlan el poder.

Después de casi dos décadas dominando la política boliviana, el evismo no fortaleció instituciones sólidas; fortaleció dependencias políticas, lealtades emocionales y fanatismos corporativos. No consolidó ciudadanía crítica, sino obediencias. La discrepancia dejó de verse como algo natural en democracia y comenzó a interpretarse como traición.

Y cuando ese monopolio político empezó a debilitarse, apareció una dinámica cada vez más agresiva: bloqueos, asfixia económica, presión social y desestabilización como mecanismos para recuperar centralidad.

Lo más preocupante es que una parte importante del país todavía romantiza esas prácticas, como si paralizar carreteras, cercar ciudades o destruir economías regionales fuera una forma heroica de lucha popular. Pero muchas veces no se trata de liberación social, sino de coerción política disfrazada de épica revolucionaria.

Ahí es donde aparece una idea particularmente inquietante: quizás Bolivia no solo sufre el conflicto, sino que una parte del país lo necesita emocionalmente.

Hay sectores que parecen sentirse más cómodos en la confrontación que en la estabilidad. El progreso genera sospecha. El orden democrático incomoda. La estabilidad económica parece irritar porque elimina el combustible emocional de la victimización permanente.

Por eso cada vez que Bolivia intenta avanzar hacia cierta normalidad, emerge inmediatamente una energía de demolición. Como si existiera un resentimiento estructural contra cualquier posibilidad de éxito colectivo.

El boliviano que prospera despierta sospechas. La región que crece genera resentimiento. El gobierno que estabiliza incomoda y los pocos que luchan contra la corrupción son blancos perfectos para un par de balas o la muerte lenta, subyugante para los victimarios, (José María Bakovic o Marco Aramayo, entre otros). Y las instituciones molestan porque reducen el espacio del caudillo y del agitador permanente.

Todo esto va mucho más allá de una simple polarización política. Hay algo más profundo y oscuro: una lógica fratricida. Una especie de pulsión cainita donde el adversario deja de ser un compatriota con ideas distintas y pasa a convertirse en un enemigo existencial.

En Bolivia muchas veces no basta con ganar políticamente. También se busca humillar al otro, destruirlo moralmente, arruinarlo económicamente y negarle legitimidad humana.

Esa lógica se refleja en los bloqueos, en los cercos, en el odio político y en la facilidad con la que algunos sectores justifican el daño colectivo si este afecta al “enemigo”. El masismo y Morales, engendraron ese Frankenstein que hasta ahora se levanta de su lecho y aniquila todo vestigio de vida, libertad y progreso.

Y ahí aparece una de las degeneraciones más peligrosas de esta cultura política: cuando personas o movimientos enteros prefieren el fracaso del país antes que aceptar que gobierne quien detestan.

Es como si existiera una mentalidad autodestructiva resumida en una frase brutal: “si no gobernamos nosotros, entonces que todo se hunda”.

Antonio Escohotado probablemente habría sido implacable con esta glorificación permanente del conflicto. Él desconfiaba profundamente de los movimientos políticos que justifican cualquier atropello en nombre del “pueblo”.

Desde esa perspectiva, Evo Morales representaría la transformación clásica del caudillo latinoamericano: alguien que comienza como símbolo de emancipación y termina convencido de que él mismo encarna la historia, el Estado y la moral colectiva.

Octavio Paz seguramente habría visto el viejo drama latinoamericano del populismo convertido en religión secular. El líder deja de ser un administrador temporal del poder y pasa a convertirse en figura sagrada. Criticarlo deja de ser disentir: se convierte en herejía.

Eso fue exactamente lo que ocurrió durante 20 años de masismo y de Evo Morales.

Se construyó una narrativa donde aparecía como redentor histórico, voz absoluta de los pobres y representación única de los sectores indígenas. Pero cuando un líder se coloca simbólicamente por encima de la ley, la democracia empieza a deteriorarse desde adentro.

El momento más simbólico de esa ruptura fue el desconocimiento del 21F. Ahí se rompió algo esencial: el límite democrático. El mensaje implícito fue devastador: la voluntad del caudillo podía colocarse por encima de la voluntad popular.

Zygmunt Bauman, por su parte, probablemente habría interpretado Bolivia como una sociedad emocionalmente agotada. Un país donde la identidad política reemplazó progresivamente a la racionalidad pública.

El evismo entendió muy bien algo que Bauman explicó muchas veces: en tiempos de incertidumbre las personas buscan tribus emocionales. Y Evo construyó una identidad política extremadamente cohesionada alrededor de enemigos permanentes.

Por eso el discurso necesita constantemente a “la derecha”, “el imperio”, “la oligarquía” o el “vendepatria”. Sin enemigos permanentes, el relato pierde intensidad emocional y cohesión interna.

Y Michel Foucault habría observado otra dimensión igual de preocupante: cómo el poder dejó de operar solamente desde el Estado y comenzó a infiltrarse en sindicatos, organizaciones sociales y mecanismos de presión colectiva que, en los hechos, se convirtieron en grupos de choque. En alarifes de un caudillo que, de una manera involuntaria, enseñó a predicar sobre los reflejos condicionados de Pavlov.

El bloqueo dejó de ser únicamente protesta. Se transformó en demostración de fuerza y en pedagogía del miedo político: una forma de recordarle al país que puede ser paralizado si determinado liderazgo se siente amenazado.

Esa es quizás una de las características más peligrosas del fenómeno: un poder que no necesita tanques porque logra controlar subjetividades, emociones y lealtades.

Sin embargo, sería intelectualmente deshonesto afirmar que todo el problema boliviano se reduce al evismo. El verdadero problema es más profundo: una cultura política que glorifica al caudillo, sospecha de la institucionalidad y convierte el conflicto en identidad.

Pero también sería cobarde negar que Evo Morales profundizó muchas de las peores deformaciones nacionales: polarización extrema, debilitamiento institucional, subversión, culto al líder y utilización sistemática de la confrontación como método de acumulación política.

El resultado está frente a nosotros: un país agotado, crispado, atrapado, polarizado y caótico en una pelea interminable consigo mismo.

Bolivia parece haberse acostumbrado a vivir al borde del abismo. Como si el conflicto fuera su estado natural. Como si la estabilidad generara desconfianza. Como si destruir fuera más fácil —y emocionalmente más estimulante— que construir.

Y quizás esa sea la conclusión más dolorosa de todas: que la tragedia boliviana no está únicamente en sus líderes, sino también en una sociedad que demasiadas veces transforma el resentimiento en identidad y el caos en costumbre.

El autor es comunicador social.

 

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