Ni Santa Cruz mantiene Bolivia, ni el campo sostiene solo al país
Bolivia tiene una mala costumbre que vuelve cada cierto tiempo: convertir problemas económicos complejos en consignas fáciles, buscar un héroe económico, encontrar un culpable y repetir que unos mantienen al país mientras otros solamente reciben beneficios. Hoy el debate regresó con fuerza y nuevamente aparecen dos discursos que parecen opuestos, pero nacen del mismo error.
Por un lado, están quienes dicen que Santa Cruz mantiene Bolivia, por otro quienes responden que son los campesinos y el modelo comunitario que verdaderamente sostienen al país. Ambos parten de una idea equivocada, creer que una economía funciona porque un grupo sacrifica todo por el resto, es una estupidez.
Hace más de dos siglos Adam Smith escribió una de las frases más importantes —y también una de las más mal interpretadas— de la economía moderna decía que no obtenemos nuestro pan por la benevolencia del panadero sino porque éste busca su propio interés.
Lo que Smith explicaba era que el bienestar aparece cuando millones de personas producen, comercian, invierten y trabajan buscando mejorar sus propias condiciones y terminan generando riqueza para toda la sociedad.
En palabras simples el panadero, empresario o campesino no produce por “rico chango”, sino porque a partir de ese intercambio genera riqueza u obtiene dinero para adquirir bienes y servicios.
El agricultor produce porque quiere vivir mejor, el comerciante vende porque busca crecer, el empresario arriesga capital esperando ganancias, el trabajador ofrece su tiempo esperando oportunidades y el Estado toma parte de esa riqueza mediante impuestos.
Y aquí aparece un tema del que se habla poco y que también debe decirse con honestidad. Las ciudades y la actividad empresarial sostienen una parte importante del financiamiento público que luego llega al resto del país.
Los impuestos que pagan empresas, industrias, comercio, servicios y trabajadores urbanos permiten financiar carreteras, hospitales, escuelas rurales, programas agrícolas, universidades públicas, electrificación, salud y presencia estatal donde muchas veces no existirían suficientes ingresos locales para sostenerlos.
Eso no significa que el campo viva del esfuerzo urbano, significa que existe una relación de interdependencia, porque esas empresas también necesitan consumidores, alimentos, materias primas, trabajadores y estabilidad territorial que muchas veces nace fuera de las ciudades.
La ciudad recauda más porque concentra actividad económica, el campo produce valor, aunque no siempre logra capturarlo, y el Estado redistribuye recursos para intentar equilibrar desigualdades, o eso se espera. Por eso es absurdo decir que solamente Santa Cruz mantiene Bolivia.
Pero también es incompleto afirmar que únicamente el campo sostiene al país. Y si vemos procesos, el comercio andino conectó regiones enteras cuando el Estado todavía no llegaba a esos territorios, la agricultura familiar continúa alimentando una parte central del país y los empresarios, incluso acosados, torturados y discriminados continúan generando fuentes de empleo.
Todos aportan. Unos generan más impuestos, otros generan alimentos, otros generan exportaciones, otros conectan mercados, en suma, todos son necesarios.
El verdadero problema aparece cuando algunos actores convierten estas diferencias económicas en discursos de odio para construir poder, cuando se reemplaza el análisis por consignas y cuando se intenta convencer a la gente de que otra región u otro sector es el enemigo.
Los enemigos de Bolivia nunca fueron sus regiones. Siempre fueron la baja productividad, el estancamiento, la dependencia y la política que divide para gobernar. La unidad no consiste en negar diferencias, consiste en entender que juntos somos más fuertes.
Ahora, algunos liderazgos reducen debates complejos a frases fáciles de odio, como imperialismo, los indios, los “q`aras”, los extranjeros los croatas, lo que termina demostrando más sus límites que sus capacidades, porque gobernar un país exige entender cómo funciona una economía y no solamente administrar emociones.
Porque una nación fuerte no se construye preguntando quién mantiene a quién o quiénes son más bolivianos que otros. Se construye entendiendo que nadie prospera solo.
Para terminar, solo diré, que era muy claro que Rodrigo Paz no era una buena opción, y quienes votaron por él ahora sufren las consecuencias, solo espero que les sirva de reflexión con la moraleja histórica de que un “p’aqpaku” nunca podrá ser un buen presidente.
El autor es analista de políticas públicas
Columnas de CÉSAR AUGUSTO CAMACHO SOLIZ



















