La fábula del barbudo y el imberbe inmolados
Dicen que la historia se repite, una vez como tragedia y otra como comedia. ¿Será? Lo cierto es que, así como el "barbudo" se inmoló en los 60, al no entender la Bolivia post 52. Hoy el "imberbe" –acusado de trata de menores y vínculos con el narcotráfico– al parecer busca inmolarse frente a su derrota política y cultural. No comprende que la igualación social avanzó, que los sindicatos ya no representan a la mayoría y que el ciudadano urbano individualizado transclasista, transétnico y transterritorial es el nuevo actor central de la política boliviana del siglo XXI.
El barbudo no entendió ni el contexto ni lo interno. El fracaso de la incursión guerrillera de los años 60 en Bolivia radicó en un profundo error de diagnóstico social, geográfico y militar que subestimó el impacto de la Revolución de 1952.
Como señalan los análisis de Gary Prado (La guerrilla inmolada) y Zavaleta Mercado (“fue derrotado por el Estado del 52”), el proyecto foquista quedó aislado (del país y del mundo) e inmolado debido a que medidas como la Reforma Agraria, el voto universal, la escuela para todos, un nuevo Ejército y una nueva trama dirigencial en la sociedad ya habían transformado la realidad rural; el campesinado, convertido en propietario, rechazó una propuesta ajena y defendió lo que ya había ganado.
Esa ceguera histórica ante los cambios estructurales se replica hoy en el Chapare, donde se intenta imponer viejos métodos de lucha, como los bloqueos y la movilización de la ciudadanía corporativista que actúa grupalmente y con fuerte autoritarismo, sin asumir que el país ha experimentado una transformación irreversible.
En el siglo XXI, Bolivia ha avanzado hacia una homogeneidad socioeconómica y cultural donde los esquemas sindicales tradicionales han quedado obsoletos, siendo desplazados por un nuevo actor histórico de base esencialmente urbana y microempresarial que redefine toda la estructura de la nación.
El imberbe se resiste a entender, lo mismo que el barbudo. Ante la pérdida de su hegemonía, el populismo radical de los últimos años parece apostar por el desastre para mitificar su caída. Lo vivido en los 50 días, de mayo-junio de 2026, expone una estrategia planificada por el estado mayor del imberbe que configuró una “guerra civil por medios políticos”.
El proceso se inició el 1 de mayo, cuando la COB activó protestas en algunas capitales departamentales.
Usando un pliego “tradicional” como detonante encubierto, los sindicatos controlados por el "imberbe" mutaron en un santiamén sus reclamos en una abierta acción de desestabilización del Gobierno y de las ciudades de La Paz y El Alto.
Durante la primera y tercera semana de junio, el ala radical cercó carreteras troncales y estranguló accesos a estas ciudades, provocando un desabastecimiento general y graves violaciones a los derechos humanos.
Este asedio cortó el oxígeno en hospitales, paralizó el libre emprendimiento y ocasionó la muerte de inocentes. Entre el 15 y 19 de junio, el Gobierno nacional instaló mesas técnicas para "separar el trigo de la cizaña", combinando prudencia policial y desactivación política, lo que produjo la formación de tres bloques de actores que aparecieron en el campo de lucha política: el primer bloque, las cúpulas de la COB y mineros; el segundo, las federaciones de transportistas, juntas vecinales y cooperativas; y el tercero, los radicales del Chapare apoyados por algunos ponchos rojos desubicados.
Esta fractura (se iba desgranando la mazorca de maíz) preludiaba la derrota del imberbe, pues los sectores urbanos priorizaron la reactivación productiva, el respeto a la propiedad privada y la inserción en los proyectos de la autonomía 50/50 y del capitalismo para todos.
Tras el decreto de estado de excepción del 20 de junio, las milicias de choque del trópico visibilizaron el núcleo duro que rechazó todo acuerdo, quedando aislado en el Chapare. Su demanda personal de impunidad judicial y habilitación electoral forzada se disfrazó de supuesta defensa de la patria, aunque ya mostró claramente el fin de ciclo del imberbe.
Con el aparato político populista desgranado hasta dejar solo el marlo, la insistencia ya surrealista del caudillo parece buscar su propia inmolación para dejar una frágil bandera a sus afines.
Y, desde el Estado democrático, terminar de desmontar el viejo chasis del Chapare requerirá una estrategia integral económica, política y cultural que entierre definitivamente al sujeto central de lo “nacional-popular” que, habiendo marcado gran parte del siglo XX y hasta 2019, hoy va muriendo tras graves derrotas en todos los campos.
Y, como en el primer caso pero aplicado al segundo personaje de esta fábula, quizá otro sociólogo interesante dirá: “Al imberbe lo derrotaron el ciudadano individualizado transclasista, transétnico y trasregional y su Estado democrático del 2026”.
El autor es sociólogo
Columnas de CARLOS HUGO LARUTA


















