¿Quién devaluó el boliviano? El día que la realidad venció al discurso
En los últimos días se ha instalado un debate que merece bajar a la tierra, especialmente porque muchos afirman, con tono de alarma, que el Gobierno devaluó el boliviano.
Sin embargo, en economía conviene dejar de confundir la fiebre con la enfermedad, ya que una devaluación de verdad ocurre cuando las autoridades se sientan frente a las cámaras y anuncian que su moneda ahora vale menos por estrategia. Lo que vivimos hoy en Bolivia no es eso, sino algo mucho más simple y doloroso: un golpe de realidad.
Durante años, el dólar a la cotización oficial se convirtió en un fantasma que todos nombraban, pero nadie podía conseguir en los bancos, de modo que el mercado –que es la gente común comprando y vendiendo en la calle– se cansó de esperar y le puso su propio precio y comenzó a establecerse el dólar paralelo o el mercado paralelo del dólar.
Por tanto, mantener un tipo de cambio fijo que solo existía en los papeles del Banco Central no era blindaje, sino estirar una mentira que ya no daba para más. El Gobierno actual no inventó este problema, pero cometió el error de creer que los relatos financieros podían durar para siempre y hoy solo están encendiendo las luces de una fiesta que se quedó sin música hace tiempo.
Ahora, ¿era una medida necesaria? Sí, porque no podíamos seguir viviendo una mentira con el tipo de cambio, pero cuidado, porque aceptar la medida que sincera el precio real del dólar en la ventanilla no sirve de nada si no miramos el verdadero agujero negro del modelo.
El tipo de cambio nunca fue la causa de la crisis, sino el síntoma de que el Estado boliviano vivió durante más de una década bajo la peligrosa regla de gastar mucho más de lo que le ingresaba.
Esa borrachera de consumo público se pagó raspando la olla de las reservas internacionales, exprimiendo el gas y endeudándonos hasta el cuello, pero las leyes de la economía son tan crueles y algún rato te hacen aterrizar de las nubes de golpe, ya que, nadie puede vivir indefinidamente gastando lo que no produce porque, tarde o temprano, el dinero se agota y los que te prestaban ya no te dan ni la hora.
Por eso, el verdadero debate que el país necesita ya no es si el boliviano perdió valor o si el dólar subió, pues esa es una batalla que la calle ya liquidó. La pregunta incómoda que el poder político evita responder es cuándo van a empezar el sinceramiento de las cuentas del Estado, lo que significa dejar los discursos de barricada y transparentar el tamaño real del déficit.
Tienen que explicarle al país en qué se gastaron los dólares que hoy escasean, revisar qué lujos estatales ya no podemos darnos y evaluar en serio si tantas empresas públicas deficitarias no son más que costosas agencias de empleo para los amigos del partido.
No se trata de un frío ajuste de números para conformar a técnicos extranjeros o al FMI, sino de recuperar la confianza, que es el único pegamento que sostiene a una economía, porque ninguna moneda en el mundo va a recuperar su fuerza si las finanzas del Estado que la emite se siguen cayendo a pedazos.
Reconocer el precio real del dólar fue solo el primer paso, el más obvio y fácil, pero el verdadero desafío histórico es que el Gobierno asuma, de una vez por todas, que ya no nos queda presupuesto para seguir financiando la mentira y comenzar a ajustar los lujos y excesos y transparentar la economía y sus operaciones.
El autor es analista de políticas públicas
Columnas de CÉSAR AUGUSTO CAMACHO SOLIZ


















