Bolivia en el limbo: ni la vieja política termina de morir ni la nueva logra nacer

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 09/07/2026

La política boliviana vive hoy una realidad muy extraña y preocupante: el Movimiento al Socialismo (MAS) se rompió en pedazos, pero nadie vino a ocupar ese enorme vacío. En lugar de aparecer una alternativa fuerte, lo que quedó es un país políticamente quebrado. 

Los traumáticos 54 días de bloqueos que paralizaron nuestras carreteras dejaron claro que los ciudadanos ya no se sienten representados por nadie. Estamos atrapados en el limbo: Gramsci lo llamaría el claroscuro donde el MAS no termina de morir y el horizonte de un nuevo país no termina de nacer. 

Este estancamiento es peligroso porque, aunque el partido esté dividido, su peor herencia sigue viva.

El verdadero drama de Bolivia es que las malas mañas masistas se metieron debajo de la piel de la sociedad, un fenómeno que en nuestra historia recuerda a la degradación institucional que sufrió el MNR después de la Revolución del 52. 

El prebendalismo, el chantaje corporativo de los sectores, los cupos de poder y la normalización de la corrupción como la única forma de ascenso social no se marcharon con la crisis del partido oficialista. 

Al contrario, esos vicios se democratizaron hacia abajo. Hoy, la corrupción y la extorsión institucional continúan operando como el motor invisible que mueve al Estado, reeditando las lógicas patrimonialistas que Bolivia arrastra desde la época republicana. 

Las instituciones públicas se siguen manejando como un botín de guerra que todos se quieren repartir. Las siglas del MAS se debilitan, pero sus prácticas se niegan a morir.

En el centro de esta tormenta está el presidente Rodrigo Paz Pereira. Su gobierno parece flotar en un discurso cerrado, solitario y terco. 

Hay una especie de soberbia intelectual en su gestión, como si creer que ganar una elección fuera automáticamente lo mismo que saber gobernar, un error de lectura que ya cometieron en su momento gobiernos tecnócratas del pasado. 

Pero la política real en Bolivia no funciona en el aire; exige sentarse a negociar, armar alianzas con otros sectores y construir una base sólida que sostenga las decisiones. 

El presidente parece ignorar esto, mientras que la oposición tradicional —con los rostros de siempre como Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina o Manfred Reyes Villa— sobrevive apenas como un grupo de figuras mediáticas. 

Hablan mucho en la televisión y las redes, pero no cortan ni pinchan a la hora de definir el rumbo del país. Siguen atrapados en los códigos de la vieja democracia pactada de los años 90, sin entender que ese sistema ya caducó. 

Nada nuevo nace desde ahí.

Para entender este desbarajuste, vale la pena mirar cómo funciona el poder real en nuestra historia. Como bien explicaba Michel Foucault en su análisis del poder, este no es una propiedad, un trofeo o una sustancia que se posee y se guarda en un solo escritorio; el poder es una red de relaciones fuerzas que se ejerce en el día a día, circula y cambia todo el tiempo. 

En Bolivia, esa microfísica del poder se despliega según la correlación de fuerzas de la calle y la capacidad de articular al movimiento indígena y popular. 

Cuando el MAS se dividió, lo que se cayó fue el gran sistema hegemónico que lograba ordenar, cooptar y empaquetar todas las demandas sociales bajo un solo relato común. 

Al caerse ese monstruo corporativo, no nació otra fuerza organizada, sino un caos total. Hoy vemos una multiplicación de "islas políticas", un escenario de atomización que recuerda al caudillismo fragmentado del siglo XIX. 

Cada dirigente local que comanda un bloqueo, una huelga, una marcha, o cada cacique regional actúa como un pequeño rey puesto a dedo, peleando por su propio pedazo de control. Sin una dirección clara, el orden se ha partido en pedazos sueltos que nadie puede unificar. 

Lo viejo se resiste a desaparecer en cada micro-bloqueo, bloqueando el nacimiento de cualquier alternativa seria.

Esta atomización ha dejado al desnudo los límites del presidente Paz. Su soberbia es peligrosa: parece haber interpretado los votos que lo llevaron a la presidencia no como una orden para dialogar y firmar un nuevo pacto social, sino como un cheque en blanco para encerrarse en su propia verdad técnica. 

Se olvidó de que la democracia boliviana se construye pisando barro y negociando con la cruda realidad de un país corporativo y sindical. Los 54 días de bloqueos fueron la prueba de este divorcio: mientras la economía sangraba y el país se asfixiaba, el gobierno seguía atrapado en sus discursos de oficina, incapaz de sentar a las partes a negociar. 

Al no ofrecer un rumbo ni capacidad de gobernabilidad, el presidente alimenta el limbo en el que estamos atrapados.

Por si fuera poco, la debilidad de la oposición tradicional empeora el laberinto. Tuto, Doria Medina y Manfred funcionan más como fantasmas del pasado o como líderes de enclaves regionales específicos. Tienen peso de opinión, pero no tienen la fuerza social ni el anclaje territorial para mover la aguja del Estado. 

Como nunca han podido dejar de lado sus ambiciones personales para armar un proyecto único, la oposición sufre de una parálisis crónica. 

En vez de darle certezas a una población que ya está exhausta y muerta de miedo por el futuro económico, actúan como simples espectadores de la crisis. 

Son incapaces de hacer nacer algo nuevo porque carecen de un proyecto de país que sintonice con el sujeto histórico actual.

Bolivia está atrapada en una transición estancada, ese terreno pantanoso donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. 

El tablero está lleno de caudillos ambiciosos y completamente vacío de partidos serios, mientras los peores vicios culturales del MAS siguen rigiendo la vida cotidiana. 

Si el presidente Paz insiste en gobernar desde el aislamiento de su discurso monolítico, sin tejer alianzas de verdad, la crisis institucional se va a tragar al país. Gobernar en Bolivia exige bajar a la tierra y pisar la realidad; de lo contrario, el país seguirá flotando a la deriva, atrapado entre las cenizas de un MAS que se niega a morir y un montón de islas políticas que no permiten que nada nuevo nazca.

 

El autor es comunicador social

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