Zavaleta Mercado: entre el nacionalismo y la cueva del provincianismo, Bolivia
René Zavaleta Mercado tenía la rara virtud de desmontar las certezas de Bolivia mientras el país todavía las estaba construyendo.
En 1983, durante una entrevista con Carlos Mesa en el programa De Cerca, lanzó una reflexión que hoy resulta mucho más incómoda que entonces: “Creer que uno es solamente nacional cuando niega el mundo es totalmente inexacto. Ser uno mismo, es ser en el mundo. Hay que tener una visión mundial de las cosas para ser nacional. El provinciano simplemente está en una cueva, tampoco es él mismo. Es la falsificación de su propio destino. Para ser verdaderamente boliviano debemos saber en qué consiste el mundo”.
Cuesta encontrar una idea que haya resistido mejor el paso del tiempo. No porque Zavaleta adivinara el futuro, sino porque entendió un defecto profundamente boliviano: la facilidad con la que confundimos identidad con encierro, soberanía con aislamiento y nacionalismo con desconfianza hacia todo lo que viene de afuera.
Para entender por qué esa idea fue tan revolucionaria hay que volver inevitablemente al Estado del 52. La Revolución cambió el país de arriba abajo. Derrumbó el viejo Estado oligárquico, nacionalizó las minas, implantó el voto universal y abrió la puerta de la ciudadanía a millones de bolivianos que durante más de un siglo habían permanecido al margen de la República. Fue, probablemente, el acontecimiento político más importante del siglo XX boliviano.
Zavaleta nunca negó esa grandeza. Al contrario. Él mismo fue parte de aquella generación. Creyó en el nacionalismo revolucionario, militó en él y lo defendió.
Pero también tuvo la honestidad intelectual de comprender que la historia no termina en sus propias victorias. Mientras muchos seguían celebrando el 52 como una verdad definitiva, Zavaleta comenzó a preguntarse qué ocurría después.
Y fue entonces cuando llegó a una conclusión que sigue descolocando a quienes todavía creen que la patria consiste únicamente en mirarse el ombligo.
El nacionalismo, decía, era mucho más que una bandera, mucho más que una empresa estatal, mucho más que un discurso inflamado sobre la soberanía. Una nación no se construye aislándose. Una nación se construye entendiendo cuál es su lugar dentro del mundo.
Ahí está la diferencia entre un proyecto histórico y un proyecto provinciano.
El provinciano del que hablaba Zavaleta no era el hombre del campo ni el habitante de un pueblo perdido entre montañas. Era otra cosa. Era una actitud mental.
Es el que cree que el mundo termina donde empiezan sus prejuicios. Es el que sospecha del conocimiento porque lo considera extranjero. Es el que convierte la ignorancia en una forma de orgullo. Es el que confunde identidad con aislamiento.
En otras palabras, el provinciano vive cómodo dentro de la cueva.
Y creo que pocas metáforas describen mejor lo que ocurrió durante los veinte años del masismo.
Durante ese largo ciclo político se habló constantemente de soberanía, de descolonización, de dignidad y de identidad. Eran palabras poderosas. Algunas incluso necesarias para corregir viejas injusticias históricas.
Pero con el paso de los años dejaron de ser ideas para convertirse en consignas e instrumento político atrincherado desde la demagogia, la exclusión y el neocolonialismo. El discurso comenzó a girar sobre sí mismo hasta perder contacto con la realidad.
La política dejó de mirar hacia adelante y empezó a contemplarse en un espejo donde siempre aparecía la misma imagen: nosotros contra ellos, patriotas contra vendepatrias, pueblo contra enemigos.
La nación terminó reducida a un relato y a un puñado de élite política populista falsa y embaucadora.
Y cuando un relato sustituye a la realidad, comienza el encierro y el amordazamiento.
Mientras el mundo discutía de desarrollo, productividad, innovación, energías limpias, educación de calidad y revolución tecnológica, Bolivia seguía atrapada en una conversación interminable sobre conspiraciones, enemigos externos y luchas épicas que parecían detenidas en el siglo pasado. Era como si el calendario avanzara para todos, menos para nosotros. De hecho, el jilacata mayor, el presidente nato del Congreso, don David Choquehuanca, tuvo la sangre fría de invertir las manecillas del reloj para marcar ese retroceso simbólico hacia la nada y hacia el abismo.
Aunque en su peregrina idea estaba un concepto ancestral absolutamente útil para él y a su péndulo ideológico que siempre le caracterizó. Ese fue, a mi juicio, el verdadero retroceso. No solamente económico. No solamente institucional. Sobre todo, cultural.
Porque los países empiezan a declinar mucho antes de que se vacíen sus reservas internacionales. Empiezan a retroceder cuando dejan de hacerse preguntas. Y eso fue exactamente lo que ocurrió con el país.
La política y los políticos bolivianos dejaron de pensar y se convirtieron funcionales al mandamás y a su círculo vicioso de la demagogia y el pachamamismo.
El daño más profundo de estos veinte años no solo está en las cifras económicas, en la crisis de los dólares y en los combustibles. Es posible que el deterioro más grave haya ocurrido en algo mucho menos visible: el lenguaje y la reflexión como evolución social.
Las palabras comenzaron a perder significado.
El debate fue reemplazado por la consigna. La discusión por el insulto. La reflexión por la amenaza. La política empezó a hablar cada vez con menos ideas y con más gritos y amenazas. El vocabulario público se hizo pequeño, rudimentario, repetitivo.
Las intervenciones oficiales dejaron de convencer para limitarse a descalificar.
La complejidad desapareció. Todo quedó reducido a buenos y malos. Patriotas y traidores. Imperialistas y revolucionarios. Amigos y enemigos. Como si una sociedad pudiera entenderse únicamente a través de un diccionario de veinte palabras.Y cuando el lenguaje se empobrece, también se empobrece el pensamiento.
No hace falta prohibir libros para controlar una sociedad. Basta con reducir el idioma con el que esa sociedad piensa. Porque una ciudadanía que pierde palabras también pierde matices, pierde preguntas y termina perdiendo la capacidad de discutir el poder.
Eso explica por qué durante tantos años la política boliviana dejó de producir grandes debates intelectuales para producir únicamente grandes espectáculos de confrontación y escándalos de corrupción.
La palabra dejó de iluminar. Comenzó a embrutecer.
Y cuando la palabra se vuelve cavernaria, el país entero empieza a parecerse a una caverna. No se trata únicamente de Evo Morales ni de Luis Arce. Ambos representan, desde mi perspectiva, distintas etapas de un mismo fenómeno político. El problema es más profundo que los nombres propios. Se instaló una forma de ejercer el poder donde el conocimiento internacional empezó a verse con sospecha, donde la crítica fue confundida con traición y donde la lealtad política terminó siendo más importante que la competencia profesional.
El resultado fue un país cada vez más encerrado en sí mismo. Paradójicamente, el pueblo boliviano jamás fue así. Los comerciantes indígenas cruzaron fronteras mucho antes que existieran los tratados de libre comercio.
Los migrantes bolivianos aprendieron idiomas, hicieron empresa y construyeron redes económicas en medio planeta. Nuestros productores exportaron. Nuestros estudiantes viajaron. Nuestros intelectuales dialogaron siempre con América Latina, Estados Unidos con Europa.
Bolivia nunca fue una cueva. La cueva fue una construcción política de un masismo devastador.
Se nos hizo creer que abrir las ventanas equivalía a entregar la patria, cuando en realidad las naciones más fuertes son precisamente aquellas que dialogan con el mundo sin dejar de ser ellas mismas. Eso fue lo que entendió Zavaleta en 1983 y lo dijo, casi lo profetizó. Y eso fue lo que olvidamos.
Hoy Bolivia enfrenta una oportunidad distinta. El cambio político, por sí solo, no resolverá nada si seguimos hablando el mismo idioma de la confrontación, si continuamos creyendo que toda diferencia es una amenaza y si mantenemos la costumbre de convertir cada debate en una guerra.
El desafío del nuevo tiempo no consiste únicamente en estabilizar la economía o recuperar las instituciones. Consiste en reconstruir una cultura política capaz de volver a pensar.
Una cultura donde leer no sea un acto sospechoso, donde la excelencia deje de verse como un privilegio y donde conocer el mundo vuelva a ser una virtud, no una traición.
Es sobre ese terreno donde Rodrigo Paz tendrá que demostrar si su gobierno representa realmente un cambio de época o apenas una alternancia de nombres.
La reconstrucción económica es indispensable, pero insuficiente. El reto mayor será sacar a Bolivia de la cueva mental en la que se acostumbró a vivir durante demasiado tiempo. Si el país vuelve a encerrarse en el caudillismo, en la propaganda o en la cómoda tentación de dividir a los bolivianos entre buenos y malos, solo habremos cambiado el decorado de las paredes.
René Zavaleta dejó escrita la salida hace más de cuatro décadas. La patria no se defiende cerrando las ventanas. Se defiende abriéndolas. Porque solo quien conoce el mundo puede comprender su propio país. Todo lo demás es provincianismo disfrazado de patriotismo.
Y toda cueva, por muy cómoda que parezca, termina convirtiéndose en una prisión para quienes olvidan que el horizonte siempre comienza más allá de la puerta.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.





















