Violencia en San Matías
La ola de asesinatos que vive Bolivia tras las recientes muertes en San Matías y Yapacaní, Santa Cruz; y, en Cocapata, Cochabamba, son una lamentable constatación del desborde de la violencia y de la ausencia del Estado especialmente en los lugares dominados por actividades ilícitas como el narcotráfico. San Matías se ha convertido por estos hechos en un sinónimo de tierra de nadie.
Es inaceptable que un grupo armado cruce la frontera de Brasil a Bolivia y con total impunidad abra fuego contra inocentes que estaban en el lugar y el momento equivocado. Todo indica que los asesinos les dispararon simplemente porque las dos personas a las que buscaban no se encontraban en esa hacienda. Se marcharon tras dejar luto en toda una población, que como muchas que están en los confines del territorio nacional sobreviven en el olvido y el abandono del Estado. Ahí, las posibilidades de trabajo, educación, salud y seguridad son mínimas o inexistentes.
La violencia que desgarra a San Matías no es un hecho aislado. De un tiempo a esta parte, también se han registrado crímenes en San Ignacio de Velasco, Puerto Quijarro y Corumbá presuntamente vinculados a los cárteles Primer Comando de la Capital (PCC) y Comando Vermelho, que libran una intensa pugna territorial y económica en Brasil.
Es probable que la pugna entre el PCC y el Comando Vermelho se haya extendido a Bolivia y muchos de los asesinatos estén conectados. El nivel de violencia con la que al menos cuatro sicarios mataron al subteniente de la Policía Yerson Salazar Aliendres y a su acompañante, el 30 de julio, cuando llegaba a San Matías para investigar el triple asesinato y secuestro en la hacienda Campo Nuevo, marca un punto de quiebre que obliga a reforzar la seguridad en la frontera con Brasil y reconocer que la violencia del narcotráfico ha penetrado las instituciones a cargo de la seguridad y genera zozobra en la población.
Está claro que los delincuentes sabían que el oficial de la Policía iba a San Matías sin la seguridad suficiente para enfrentar a grupos armados. La falta de previsión sobre el enorme riesgo al que se exponía el investigador debe motivar a una revisión de los planes para enfrentar a sicarios que están fuertemente armados y tienen control del territorio.
La narcoviolencia, que afecta a Ascención de la Frontera, en San Matías, no puede verse como un hecho ajeno y alejado; al contrario, es una alerta de que la violencia supera todos los límites y que toca a todos, porque genera la sensación de que nadie está seguro en ningún lugar.
Las vidas que se han perdido no deben quedarse en una estadística; sino, que deben servir para que las autoridades nacionales implementen políticas efectivas contra la criminalidad a fin de recuperar la presencia del Estado y apliquen la justicia contra los responsables de tanto luto.


















