¡Con la cultura se toparon, señor Rodrigo Paz!
La mediocridad de los políticos se nota de inmediato: le tienen pánico a la gente que piensa.
El anuncio del gobierno de Rodrigo Paz de cerrar el Ministerio de Culturas para rebajarlo a una triste y dócil "agencia" es la prueba de que esta gestión es exactamente igual de decadente que las anteriores. Cambian las caras en el palacio, pero el desprecio por el arte sigue intacto.
Para las autoridades actuales, la cultura no sirve para transformar el país; la ven como un estorbo, un gasto innecesario y un número molesto en una planilla de Excel.
Al meterla a la cultura en camisa de fuerza, la volvieron oficialmente la quinta rueda del carro: un adorno inútil, un accesorio que solo sirve cuando estorba la marcha de una maquinaria sorda.
Es la típica actitud de siempre: apenas escuchan la palabra "cultura", buscan instintivamente cómo quitarle el dinero para terminar de matarla.
Estamos viendo una humillante burla a nuestras prioridades como sociedad.
Mientras el país se cae a pedazos por el narcotráfico, la corrupción descarada y los negocios turbios de los poderosos, el gran logro de este gobierno es destruir el último refugio de los artistas y los educadores. Sacrifican nuestra identidad, la música, los libros, el cine, el teatro, la literatura, la poesía, la gestión cultural y la danza usando la falsa excusa de la "austeridad".
Prefieren mantener los lujos y los sueldos de una rosca política inútil —que sigue oliendo al mismo masismo de antes— antes que apoyar a quienes construyen el alma y el pensamiento del país.
Es indignante ver cómo protegen a una manga de delincuentes en las oficinas públicas con un gasto insultante, mientras dejan morir en el olvido a los creadores, al arte.
Al meter la gestión cultural en camisa de fuerza, el gobierno de Paz busca que el arte se vuelva invisible. El pensador Zygmunt Bauman explicaba muy bien los peligros de la "modernidad líquida", ese sistema donde las instituciones que defienden a la sociedad se desarman solo por caprichos económicos y comerciales que nos quitan la humanidad.
Quitarle el rango de ministerio a la cultura no es un simple cambio de oficinas; es una castración simbólica.
Significa quitarle al gremio artístico su silla en las decisiones del gobierno, su presupuesto propio y su derecho a proponer cosas grandes, dejándolo bajo las órdenes de una agencia que solo piensa en votos y en limpiar sus propios escándalos.
La cultura deja de ser una meta de todo el país y pasa a ser limosna, cuándo no, de una oficina.
Con la cultura se toparon, señores del gobierno, y en su profunda ignorancia no tienen idea del daño que están provocando y provocarán.
Dejar el arte en el olvido administrativo es firmar el acta de defunción de nuestro futuro. Hace un tiempo planteaba en esta misma columna la necesidad de una gubernamentalidad —recordando al filósofo Michel Foucault— para usar el poder del Estado de forma inteligente y así mejorar la dignidad y la vida de la gente.
Foucault decía que un gobierno moderno debe cuidar y potenciar la vida de su población, no asfixiarla.
Qué idea tan ingenua. Qué tontería creer que este aparato estatal tendría la altura moral para hacer algo así. En lugar de liberar a la gente a través del arte, el gobierno de Paz prefirió revolcarse en la misma miseria del pasado: destruir el crecimiento humano para mantener un sistema inoperante que no sirve para nada. Siguen usando la misma lógica obtusa donde pensar es un peligro, o mejor, sacrificar al más débil para que los más fuertes sobrevivan.
Los pensadores Theodor Adorno y Max Horkheimer, cuando criticaban la llamada "industria cultural", ya avisaban que el poder siempre intenta adormecer a las masas para que nadie proteste o se mantenga anquilosada.
Al volver el ministerio una simple agencia subordinada, el régimen de Paz busca exactamente eso: quitarle al arte su fuerza rebelde y volver a los artistas unos burócratas que tengan que mendigar permisos y bonos controlados desde las oficinas repletas de personajes más perdidos que Miguel Strogoff.
Este retroceso no es un ahorro, es un incendio cultural. La decisión de las autoridades nos recuerda a las peores historias de la literatura y la sociología del siglo XX.
Estamos viviendo el Fahrenheit 451 de Ray Bradbury en carne propia: cerrar el Ministerio de Culturas es exactamente igual a quemar libros en una plaza pública.
No necesitan prender fuego de verdad; les basta con cortar los fondos, cerrar los centros culturales y llenar de trámites los proyectos para desaparecer las ideas de los seres pensantes.
El resultado de esto es la sociedad de masas de la que tanto advertía Umberto Eco: un grupo de gente dormida, dócil, sin rumbo, sin progreso y sin vida. Eco decía que el fascismo eterno se alimenta justamente del desprecio por los intelectuales y la cultura.
Cuando un gobierno decide que el arte es un lujo que se puede recortar, está educando a su pueblo para que obedezca sin quejarse.
Una sociedad que no lee, que no va al teatro y que no cuestiona su realidad con la música o la pintura, es el rebaño perfecto para que lo manejen políticos mediocres y corruptos.
Señor Paz, usted no va a cambiar este país manteniendo intacto el sistema decadente que prometió destruir. Al arrinconar el arte como un desecho inservible en la oficina de una agencia, usted no demuestra eficiencia económica; demuestra una actitud facilona, la vía más improvisada y sencilla para deshacerse y así dar la impresión de austeridad.
Desmonte todo el aparato burocrático que tiene en el gobierno, priorice las necesidades, depure su gasto público de verdad. Es muy sencillo afirmar que dentro el Ministerio de Culturas había burocracia y corrupción. Pero justamente por eso lo eligieron presidente, para que desmonte toda la corruptela del masismo. Para que optimice y reestructure la cosa pública. Para hacerla más funcional, más creíble y decorosa.
Su gestión eligió el camino de la miseria intelectual y el mismo modo de operar del masismo más rancio. Sepan muy bien que un pueblo sin arte es un pueblo sin memoria, y un gobierno que destruye sus propios faros culturales para proteger privilegios políticos está irremediablemente destinado al basurero de la historia.
La cultura va a sobrevivir a sus escritorios, a su agencia; su gestión, en cambio, solo será recordada por el tamaño de su hachazo a la cultura y al turismo, que tanta falta le hace a este país.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.




















