Un matrimonio (in)constitucional
El viernes de la semana pasada ha sido un día muy especial para dos mujeres, sus familias, sus amistades, y a la postre para Bolivia, me refiero por supuesto al matrimonio legalmente reconocido, de estas dos guapas muchachas que, de blanco, como corresponde en las tradiciones cristianas, han unido sus vidas ante el Estado.
La Constitución de Evo, la que nos rige, es contundente: el matrimonio es un contrato entre un hombre y una mujer y el Estado por lo que, a primera vista, la boda de la que hablamos, sería un acto inconstitucional, pero no lleguemos a esa conclusión extrema.
Cabe señalar que la Constitución previa, escrita en tiempos de Barrientos y modificada por los “neoliberales”, establecía que el matrimonio era un contrato entre dos personas, sin especificar el sexo. Si señores, en términos de derechos sexuales, gracias al masismo, retrocedimos enormemente, los cuatro años de espera que tuvieron que tener las novias para poder decir el sí, se los pueden cargar directamente al masismo.
¿A que se debió esa traba impuesta por la nueva Constitución? Esta vez no fue parte del paquete de las chapucerías con las que fue tejido ese bodrio, sino que fue una decisión con premeditación y alevosía de esa parte del movimiento indígena que de afuera no se reconoce. Vale decir, su alianza con las iglesias, en este caso con las (neo)evangélicas.
No es detalle menor que la presidente de la Asamblea Constitucional, la inepta Silvia Lazarte Flores, era un consecuente miembro de una iglesia de ese estilo.
Lo bueno es que la Constitución de Evo tiene también sus trucos, y a veces funcionan para bien, y es que reconoce una preeminencia superior de los derechos de las personas a partir de los convenios suscritos por el Estado boliviano con instituciones supranacionales. Ese ha sido aparentemente el resquicio que han utilizado las novias para lograr casarse.
Dicho sea de paso, es el mismo camino que Evo, en forma dolosa utilizó para habilitarse como candidato en 2019.
El matrimonio de las dos jóvenes es un evento que solo toca aplaudir.
Aunque en general un matrimonio implica el fin de la libertad sexual individual de los contrayentes (al menos en teoría), este matrimonio entre personas del mismo sexo es casi una culminación de la libertad sexual de la sociedad, curiosa contradicción.
Es interesante ponderar que, en el camino de organizarse, casi todas las sociedades han limitado o estrangulado la libertad sexual de los individuos. La condena a la homosexualidad, la institucionalización del matrimonio, (con cuatro o con una esposa), el celibato, son todas parte del mismo paquete.
Y hubo razones muy válidas para que esto fuera así: desde estructurar la herencia de los bienes en una lógica patriarcal, pasando por normas higiénicas o de salubridad, sin penicilina o retrovirales, la libertad sexual se restringía casi por sí sola, pero eso se necesitaba reforzar con tabúes y leyes.
Podemos estar muy felices de vivir en estos tiempos con valores inspirados en el pasado/presente cristiano, pero con una interpretación novedosa, hoy tenemos más libertad, más amor, más sexo, y más solidaridad y respeto al otro, al que piensa y siente distinto, podemos felicitarnos y felicitar a las novias. Aunque por desvíos tortuosos, Bolivia, está en el buen camino.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ




















