Que debe hacer Rodrigo para sepultar a Evo y al MAS
Como subrayamos en el anterior artículo de esta columna, Rodrigo Paz tiene una obligación histórica: enterrar políticamente a Evo Morales y al MAS. Claro, si asume con responsabilidad patriótica esa tarea esencial para rescatar y preservar la democracia en Bolivia.
El caudillo y su partido, si bien en su momento constituyeron la organización política más grande y estructurada de Bolivia –incluso más grande que el MNR–, no pueden pretender hoy retornar al poder, impunemente después de haber destrozado al país, presentándose como los “indicados para salvar a Bolivia” de la profunda crisis que ellos mismos, borrachos de poder, originaron.
Por los daños provocados a Bolivia, Evo Morales, el MAS y su dirigencia deben ser sometidos a un severo juicio histórico para proscribirlos de por vida. No mediante los mecanismos formales, porque eso sería antidemocrático y, además, contraproducente. Deben ser proscritos, más bien, en la conciencia de los ciudadanos. No por decreto, sino por el conocimiento de lo que realmente significaron.
Destrozaron la economía, erosionaron la institucionalidad, colonizaron la justicia, sometieron al Órgano Electoral, pervirtieron la administración pública y sembraron el cáncer de la corrupción en prácticamente todos los niveles del Estado. Nunca Bolivia había experimentado un proceso de desinstitucionalización de semejante profundidad.
Lo que hicieron con la Policía y con otras instituciones encargadas de garantizar la seguridad y el Estado de derecho tampoco puede ser olvidado. Su lógica partidaria y corporativa terminó trastocando funciones esenciales del Estado.
Los daños no se limitaron a las instituciones y a la economía. Alcanzaron también a la naturaleza. Nunca, ningún Gobierno había tratado con semejante brutalidad a los bosques, los ríos y la fauna. Los incendios, la expansión descontrolada de actividades extractivas y la destrucción de ecosistemas dejaron una deuda ambiental que no podrá ser reparada en pocos años.
La corrupción, por supuesto, merece un capítulo aparte. Es cierto que la corrupción no nació con el MAS. Pero durante el régimen masista alcanzó la gloria.
La élite cleptocrática azul, junto a dirigentes sindicales convertidos en operadores del poder, terminaron haciendo de los cargos y recursos públicos una fuente de enriquecimiento. La corrupción dejó de ser una anomalía para convertirse en una forma de ejercer el poder.
Podríamos continuar enumerando los daños. Son tantos y de tal magnitud que algunos requerirán generaciones para ser reparados.
Por eso resulta apocalíptico pensar en el retorno del MAS. No se trata del “miedo al otro”, como sostienen algunos “intelectuales orgánicos” que todavía encuentran justificaciones y defienden lo que significó el gobierno más funesto de nuestra historia. Se trata de algo mucho más elemental: de observar la experiencia, evaluar sus resultados y aprender de ella.
Ahora bien, ¿cómo puede Rodrigo Paz contribuir a que ese retorno sea definitivamente imposible?
Sería un craso error pretender proscribirlos por las vías formales. La democracia debe ser capaz de derrotar en las urnas a quienes hicieron tanto daño. La proscripción administrativa o judicial podría convertir al derrotado en víctima y devolverle, paradójicamente, mayor capacidad de movilización.
La verdadera batalla está en otro lugar: en la memoria colectiva.
La sociedad boliviana debe conocer, para que nuca más olvide, lo que verdaderamente sucedió en esos 20 años. Debe conocer cómo se administró el excedente económico de la bonanza; cuánto se gastó, cuánto se despilfarró y qué quedo después. Debe quedar claro como acabaron con el gas y destrozaron la economía provocando la crisis que hoy soportamos.
También debe quedar en la memoria lo que hicieron con la usticia, con las instituciones, con las empresas públicas, con los grandes proyectos inconclusos y con los innumerables casos de corrupción. Y, sobre todo, hay que mostrar quiénes se beneficiaron y quiénes terminarán pagando la factura.
Para que nunca más suceda lo mismo debe quedar claro en la memoria de las bases, de los denominados movimientos sociales, que solo fueron sus dirigentes los que se beneficiaron del “proceso de cambio” y ellos vilmente utilizados. Mientras los líderes se enriquecieron, sus comunidades permanecen hoy viviendo en condiciones de pobreza.
No se trata de propaganda. Tampoco de fabricar un nuevo relato. Mucho menos de manipular conciencias.
Aquí conviene recordar la experiencia más siniestra de la propaganda política del siglo XX: Joseph Goebbels convirtió la manipulación sistemática de las masas en un instrumento de dominación del régimen nazi. Bolivia no necesita un Goebbels. Necesita exactamente lo contrario: una política pública de memoria, información y verdad.
No hay que manipular a los ciudadanos para que rechacen al MAS. Hay que informarles para que puedan juzgar con los datos de su memoria.
Si los bolivianos conocieran en su verdadera magnitud el costo económico, institucional, social y ambiental de aquellos 20 años jamás volverían a apoyarlos. Y si, después de conocer todo, alguien todavía quiere votar por el MAS, estará ejerciendo legítimamente su derecho democrático.
Rodrigo Paz tiene, por tanto, una enorme tarea. No debe dedicarse simplemente a combatir a Evo Morales. Debe gobernar tan bien, que Evo Morales deje de ser necesario como respuesta al fracaso.
El MAS no será enterrado definitivamente mediante discursos contra Evo. Será sepultado cuando la sociedad en su conjunto tome conciencia de los enormes daños provocados.
Y para ello hay que desmontar, pieza por pieza, el mito construido de que fueron los grandes redentores de los pobres, de que administraron correctamente la riqueza nacional y de que solamente ellos pueden defender a los sectores populares.
Evo Morales y el MAS no necesitan ser perseguidos para desaparecer. Necesitan ser juzgados por la historia. Y ese juicio no debe construirse desde el odio ni desde la propaganda, sino desde la memoria, los datos y los resultados.
El autor es profesor de la Carrera de Ciencia Política de la UMSS
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.




















