Construir una Bolivia segura
La inseguridad ciudadana se ha convertido en una de las preocupaciones más profundas de la sociedad boliviana. El temor a sufrir un asalto, una agresión, un robo o incluso perder la vida ha comenzado a condicionar actividades que deberían formar parte de una vida normal. Caminar por una calle, utilizar el transporte público, regresar del trabajo o permitir que un niño se desplace solo por su barrio no debería convertirse en un acto de valentía.
Una sociedad no puede considerarse verdaderamente libre cuando sus ciudadanos viven con miedo. La seguridad no consiste únicamente en aumentar la presencia policial después de que ocurre un delito. Requiere una política integral y sostenida que combine prevención, educación, instituciones eficientes, justicia oportuna, recuperación de los espacios públicos y oportunidades para las nuevas generaciones.
La educación debe ocupar un lugar central en este esfuerzo. Desde la infancia se deben fortalecer valores como el respeto a la vida, la responsabilidad, la convivencia, la solidaridad y la resolución pacífica de los conflictos. Las escuelas y las familias tienen la responsabilidad de formar ciudadanos que comprendan que la violencia no puede ser una forma aceptable de resolver diferencias. Educar para la convivencia también significa enseñar a reconocer y prevenir situaciones de violencia y promover una cultura de respeto hacia los demás.
Bolivia necesita fortalecer sus instituciones de seguridad y justicia. Se requieren mejores mecanismos de prevención e investigación criminal, capacitación permanente de los responsables de la seguridad, utilización responsable de tecnología y procedimientos que permitan atender las denuncias con rapidez y seriedad. La ciudadanía debe recuperar la confianza en que denunciar un delito sirve y en que quienes vulneran la ley enfrentarán las consecuencias correspondientes dentro del marco de la justicia.
También es necesario recuperar las calles y los espacios públicos. Una ciudad ordenada, con transporte seguro, parques cuidados y presencia institucional genera condiciones diferentes a las de barrios abandonados y espacios donde el miedo termina expulsando a los ciudadanos. Las calles deben volver a ser lugares de encuentro y convivencia, no territorios que la población evita después de determinadas horas.
La seguridad, además, debe comenzar mucho antes de que aparezca el delito. Reducir la exclusión, generar oportunidades educativas y laborales para los jóvenes, apoyar a las familias y prevenir la violencia son inversiones sociales que pueden producir resultados duraderos. Una sociedad que abandona a sus niños y jóvenes y después pretende resolver sus consecuencias únicamente mediante medidas represivas está actuando demasiado tarde.
Bolivia debe aspirar a algo más que simplemente sobrevivir a la inseguridad. Debe construir un país donde los niños puedan crecer con autonomía, donde los padres no tengan que acompañar permanentemente a sus hijos por miedo, donde una mujer pueda regresar a casa sin sentirse vulnerable y donde cualquier ciudadano pueda caminar por su barrio sin pensar que en cualquier momento puede convertirse en víctima de un delito.
La verdadera transformación comenzará cuando dejemos de aceptar el miedo como parte inevitable de nuestra vida cotidiana. Una sociedad segura no se construye únicamente con policías, cámaras o leyes más severas; se construye también educando, previniendo, creando oportunidades, fortaleciendo instituciones y recuperando el respeto por la vida.
La pregunta que Bolivia debe hacerse no es solamente qué hacer después de que ocurre un crimen, sino qué estamos dispuestos a hacer hoy para evitar que ocurra mañana. El país que dejemos a nuestros hijos dependerá, en gran medida, de si aceptamos la inseguridad como destino o decidimos, juntos, convertir la seguridad y la tranquilidad en un derecho para todos.
Columnas de Leidy Merino





















