Cóndor de los Andes para la sepulturera
Desde la Revolución de 1952 hasta los 53 días de mayo y junio de 2026 se enfrentaron dos sujetos históricos: la ciudadanía corporativista (clase obrera, campesinos e indígenas), que nació fuerte en el 52 y se hipertrofió con el populismo del MAS, y su hermana menor, la ciudadanía individualizada.
En 2026, la hermana menor creció con fuerza propia para convertirse en la sepulturera de un corporativismo que terminó como un cadáver andante. Se selló así el fin de la hegemonía obrero-popular –es decir, la quiebra del “sentido común” gramsciano que aglutinaba a las masas mediante la bandera estatal–, devorada por la corrupción del Fondo Indígena y la quiebra de YPFB.
1. El colapso del chantaje corporativista
Antonio Gramsci definía la hegemonía como esa astuta dirección política y moral capaz de naturalizar una visión del mundo hasta volverla “sentido común”. En Bolivia, el mito de lo "nacional-popular" teorizado por René Zavaleta Mercado derivó en simple matonaje de carretera.
Entre el 1 de mayo y mediados de junio de 2026, el populismo radical intentó desempolvar su viejo libreto de asedio bloqueando las arterias troncales del país, disfrazando su agenda de desestabilización detrás del pliego laboral de la Central Obrera Boliviana (COB) y de la facción evista del MAS-IPSP.
Sin embargo, el tirón de la cuerda fue excesivo. El cerco a La Paz, que causó un severo desabastecimiento de alimentos y el corte criminal de oxígeno en los hospitales, terminó por liquidar la última pizca de reserva moral del supuesto "pueblo organizado". Aquel gigante reveló sus deplorables pies de barro frente a la ciudadanía y precipitó la aplicación del decreto de estado de excepción del 20 de junio de 2026, que restableció el orden constitucional.
Sin hegemonía ni consenso moral, el ciclo histórico que floreció tras el 21F de 2016 llegó en 2026 a su fase terminal: acorralada y atrincherada, la dirigencia convirtió la presión callejera en un escudo para su propia impunidad judicial y habilitación electoral.
La soberbia de la burocracia sindical y las milicias del trópico de Cochabamba al rechazar el diálogo institucional terminaron por sellar su condena, dejando al proyecto corporativo aislado en el Chapare y reducido a un chasis corroído sin propuesta nacional.
2. Una hegemonía acaba y otra pugna por nacer
Una hegemonía se desmorona cuando pierde convicción y su narrativa se desgana. Las banderas de "defensa de los recursos naturales" cayeron tras el saqueo del Fondioc, la quiebra de estatales "chutas" y la lepra burocrática en YPFB. La cúpula sindical perdió todo respaldo popular tras costar vidas y arruinar la economía.
Frente a esos escombros, la base social urbana actuó con pragmatismo. En las mesas técnicas de junio de 2026, transportistas, cooperativistas y la Fejuve abandonaron el dogmatismo étnico-sindical para pactar con el Estado. Respaldando la propiedad privada, la autonomía 50/50 y el capitalismo para todos, el acuerdo productivo desmontó la maquinaria corporativa.
¿Se van perfilando los componentes clave de una nueva hegemonía?
3. Conclusión: Cóndor de los Andes para la hermana sepulturera
Murió la vieja hegemonía populista y corporativista, asfixiada por su propio chantaje, su autoritarismo caudillista y su afán divisorio. Sobre sus ruinas emerge en las ciudades bolivianas esa astuta dirección política y moral capaz de convertir en "sentido común" la nueva visión del mundo que pugna por nacer.
Sin embargo, la hegemonía exige conductores, partidos y alianzas: la esperanza debe sostenerse.
El autor es sociólogo
Columnas de CARLOS HUGO LARUTA

















