Acabar con las filas por combustible
En momentos en que el debate de los sectores se enfoca en mantener o eliminar el subsidio a los combustibles, especialmente, el diésel que ha llegado a 18 bolivianos por litro, queda en segundo plano la situación dramática de los choferes que pasan días y días en las filas en condiciones precarias sin acceso a servicios básicos.
La crisis de combustible, que lleva más de dos años, ha transformado la vida de los choferes. La mayoría, después de realizar largos viaje, que incluyen recorridos de Brasil, Chile y Paraguay, se dirigen a las estaciones de servicio para esperar por el suministro de diésel. Es tanto el tiempo que los conductores aguardan que deben literalmente acampar en avenidas, carreteras y jardineras cercanas las estaciones de servicio.
La normalización de las filas para acceder a un cupo de combustible que les permita continuar su actividad ha precarizado tanto su vida que las cabinas de los camiones, camiones cisterna, buses, tráileres y volquetas se han convertido en una extensión de sus hogares, donde duermen, despiertan, se alimentan y pasan el tiempo en espera de que por fin les llegue el tiempo de aprovisionarse del precioso carburante. La espera no siempre está acompañada del acceso a servicios tan básicos como el agua, un sanitario, basureros y alimentos.
La crisis de diésel se suele reducir a cifras de importación o escasez, precios, subvención, exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Decreto Supremo 5676, que fija un precio flexible para los grandes consumidores y el litro de diésel. Sin embargo, las filas interminables son la señal de una parálisis silenciosa de la economía productiva.
Es complicado observar a cientos de vehículos pesados detenidos a un costado de los caminos no por bloqueos, sino porque tienen el tanque vacío: sin una gota de combustible y sin poder trabajar para generar recursos para el país y para las familias que viven del transporte.
Cuando un chofer pasa más de 100 horas en una fila no sólo se perjudica él, sino toda una cadena que moviliza las venas de un país, sus carreteras, para que los alimentos lleguen a la mesa de los bolivianos, los medicamentos a los hospitales, los insumos a las industrias y las exportaciones a los puertos.
Si bien las filas nos muestran al sector más vulnerable: los choferes que por lo general trabajan por un salario, el impacto es para todos.
Las filas interminables no pueden convertirse en la nueva normalidad en Bolivia, sino que deben acabarse y asegurar a través de medidas adecuadas los 13 millones de litros diarios de gasolina y diésel, que necesita el país; lo contrario significará agravar la semiparálisis de la economía y un atentado contra la dignidad de cientos de choferes que ocupan el eslabón más débil, expuestos, cada día, a situaciones de precariedad.





















