La aeronáutica privada y estatal es dinámica y requiere adaptarse a sus cambios
En aeronáutica el tiempo pasa, como dicen, “volando”, y muchas veces no hay tiempo para pensar: se debe actuar de inmediato. Ese es, en mi opinión, uno de los errores que se está cometiendo en BoA. Se pretende investigar el pasado que todos conocemos: el pago de alquileres de aviones, la supuesta venta o regalo de un 767 y otros hechos cuestionados. Si hubo corrupción, que se investigue y se demuestre, pero no podemos condenar sin pruebas. El pasado debe aclararse, pero hoy la urgencia es salvar a la línea aérea y a la aeronáutica boliviana.
Por eso considero importante modificar disposiciones que perjudican a nuestra aviación, como aquella que impide el ingreso de aeronaves con más de 25 años de antigüedad. Acabo de volar en un Boeing 767-300ER entre Miami y Londres, una aeronave con más de 35 años de servicio. FedEx opera aeronaves con más de 45 años y existen 767 con más de 40 años que continúan volando de manera segura.
No existen aviones viejos; existen aviones mal mantenidos. La edad, por sí sola, no determina la seguridad. Lo fundamental es el mantenimiento, la inspección, la renovación de componentes y el cumplimiento de estándares técnicos. Por ello, entiendo que la DGAC estaría revisando o eliminando esta disposición, que en su momento perjudicó incluso al Lloyd Aéreo Boliviano.
Con los años, uno aprende y también reconoce sus errores. Algunas de mis críticas fueron acertadas y otras no. Pero sigo convencido de que muchas veces hemos aceptado como verdades absolutas recomendaciones de organismos internacionales alejados de nuestra realidad.
Siempre he cuestionado el exceso de burocracia de organismos como la OACI y la forma en que algunos gobiernos utilizan estas instituciones para mantener controles sobre la aviación comercial. Los países deben analizar esas recomendaciones y adaptarlas a su realidad, sin aceptar disposiciones simplemente porque vienen del extranjero.
Personalmente, me siento defraudado por haber trabajado durante cuatro años en la DGAC dependiendo salarialmente de la OACI, cuando mi sueldo era pagado por el Gobierno boliviano y la organización cobraba una comisión por administrarlo. Durante ese tiempo también observé cómo algunos funcionarios y asesores llegaban a determinados cargos por razones que poco tenían que ver con su experiencia aeronáutica.
En más de 20 reuniones internacionales de empresas aeronáuticas a las que tuve la oportunidad de asistir, pocas veces volví a encontrar a aquellos técnicos y asesores que durante años llegaron a nuestros países para darnos lecciones sobre cómo debía funcionar nuestra aviación.
También cuestioné disposiciones que considero absurdas. Un ejemplo fueron las puertas reforzadas de acero en las cabinas de mando, impuestas después del 11 de septiembre para impedir el ingreso de personas no autorizadas. Sin embargo, con llave o sin ella, la seguridad depende de muchos otros factores. La historia demuestra que estas medidas, por sí solas, no eliminan el riesgo de secuestros o atentados.
Otro ejemplo son normas que limitan el movimiento de personas dentro de la aeronave o que obligan a bloquear la puerta de la cabina con un carrito cuando el comandante va al baño. Ante una turbulencia inesperada, un elemento suelto o mal colocado puede convertirse en un peligro para pasajeros y tripulantes.
Finalmente, recuerdo las numerosas visitas de expertos que llegaron a Bolivia para evaluar nuestra aviación y trabajar en la recuperación de la Categoría 1. En aquel entonces, los resultados fueron presentados como un gran logro, aunque muchas veces el proceso parecía más político y burocrático que técnico.
Con el tiempo, uno aprende que la aviación no se puede manejar desde un escritorio ni copiando normas de otros países. Bolivia necesita una aeronáutica moderna, segura y competitiva, pero también una regulación adaptada a nuestra realidad. No podemos quedarnos atrapados investigando eternamente el pasado mientras dejamos pasar las oportunidades del presente. En aeronáutica, el tiempo pasa volando y las decisiones no pueden esperar.
Columnas de Constantino Klaric




















