La época del cerebro saturado

Columna
LA ESPADA EN LA PALABRA
Publicado el 04/09/2026

Desde hace mucho tiempo silencio muchos grupos de WhatsApp y los mando al demonio, mejor dicho, al archivo, simplemente porque me di cuenta de que mi cerebro no estaba preparado para recibir y procesar tanta información.

Y a esa medida añadí alguna más, como eliminar del teléfono aplicaciones como TikTok. A diferencia de hasta hace unos diez años, abrir hoy cualquier red social significa ser bombardeado por anuncios publicitarios de todo tipo de negocios, videos de creadores de contenido o líderes de opinión y publicaciones baladíes de nuestros mismos “amigos”.

En su ensayo ¿Cuánta globalización podemos soportar?, el escritor y filósofo alemán Rüdiger Safranski analiza entre otros temas cómo las tecnologías nos conectan en tiempo real con todo el globo y democratizan la información, pero a costa de generarnos sobrecarga cognitiva.

Eso se debe a que, pese a la evolución, nuestro aparato psíquico parece seguir siendo el de un primate que puede lidiar únicamente con su entorno local inmediato. Y así, la masiva población que padece estrés crónico, fatiga cognitiva y ansiedad la debe en gran medida a este inmisericorde flujo de información. El fenómeno se ve, obviamente, sobre todo en países hipertecnologizados.

La vida es paradójica (¿o perfectamente equilibrada?), pues en cada época podemos ver que las insuficiencias están compensadas con algunas alegrías, o que cada ventaja está cobrada con alguna desgracia.

Lo digo porque, respecto al asunto del estrés que es resultado de la hipertecnologización y la velocidad de la vida actual, los países más desarrollados y poderosos no parecen ser tan felices como pueden aparentar a simple vista.

De hecho, son los países más tecnológicos como Corea del Sur o Japón los que presentan índices más altos de gente que está al borde del colapso nervioso a causa de la presión de la competencia empresarial y de ritmos frenéticos de vida, vinculados con el uso de redes sociales, IA y pantallas líquidas en general.

Occidente, fiel a su milenaria tradición racionalista para combatir las contingencias de la vida (con la razón instrumental), combate estos problemas de la presente época apelando a la ciencia moderna, a saber, con psicofármacos; si acaso con terapia psicológica.

De esta forma, la población que consume ansiolíticos y benzodiazepinas se ha disparado en los últimos años. España es uno de los países que lideran este triste ranking.

La realidad cotidiana, incluso ya en los países del tercer mundo o subdesarrollados, se presenta gris, monótona e insoportable debido a que hay que soportar la resaca del teletrabajo, estar disponible en casa para el trabajo, responder diariamente a decenas de mensajes y correos electrónicos, hacer videoconferencias con amigos, pagar cuentas a través de aplicaciones bancarias y estudiar a través de Zoom o ver la tediosa grabación de la respectiva sesión del curso, y al cabo de toda esa faena virtual y sedentaria –y agotadora, dicho sea de paso– tomar un tranquilizante.

Comparado nuestro estilo de vida con el de nuestros ancestros cazadores-recolectores, aquel debe aparecer un poco ridículo, e incluso como una parodia de lo que es realmente la vida humana (intrínsecamente social y colectiva).

Incluso la sensación del paso del tiempo debió verse compensada aquellas lejanas épocas, pues la –para nosotros–| breve vida de un sapiens cualquiera debió parecer mucho más larga para él y sus contemporáneos.

Hoy se ha puesto de moda acudir a terapia psicológica para curar el dolor interno o poner algo de orden en la mente de las personas. Sin embargo, mucha gente se ha ido haciendo dependiente de la terapia, con lo que es difícil no preguntarnos si esta otra adicción es realmente positiva.

Como sea, la terapia se realiza muchas veces a través de videoconferencia, con lo cual el estrés generado por ver y escuchar a un terapeuta a través de una pantalla se mantiene.

No insinúo que no haya cuadros que deban ser tratados por profesionales de la salud mental o psiquiatras; sin embargo, realmente pienso que muchos de quienes acuden a ellos podrían remediar buena parte de sus males dejando de ver basura virtual.

Simplemente controlando las ansias de ver el teléfono. La infodemia de la que somos víctimas puede ser evadida con algo de voluntad, controlando, a la vez, la ansiedad que genera el silencio digital.

 

El autor es politólogo y comunicador social

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