Tabú electoral: el tipo de cambio

País
Publicado el 15/09/2019 a las 0h00

Roberto Laserna

Investigador del Ceres

No hay tema más sensible para el debate electoral que el precio del dólar. En jerga económica se le llama “el tipo de cambio”, porque expresa una relación de intercambio monetario. Es un tema fundamental porque nuestra economía es abierta y dependiente del comercio exterior.

Si todo lo que importamos fuera igual a todo lo que exportamos estaríamos en equilibrio. De otro modo, entramos en déficit (y buscamos que alguien nos preste divisas para cubrirlo) o superávit (como cuando tuvimos ahorros que llamamos “reservas”).

El tipo de cambio es el vínculo entre el comercio exterior y la actividad económica interna y, como el precio de cualquier mercancía, el del dólar puede cambiar. Las voluntades políticas tienen influencia muy limitada.

Los importadores compran en dólares, pero venden en bolivianos y los exportadores reciben dólares, pero pagan a sus trabajadores y proveedores en bolivianos. Cuando el tipo de cambio se modifica, también lo hacen esas relaciones, con efectos sobre toda la economía. Por eso se dice que el tipo de cambio, aunque sólo es el precio de una moneda, es el precio de referencia: una señal para toda la economía.

Esto no ocurre en todos los países. En otras partes la gente ni siquiera sabe cuál es el precio del dólar. Desde la inflación de los años 1950, y más aún desde los años 1980, el precio del dólar es clave en Bolivia. Cualquier caserita en un mercado sabe a cuánto está el dólar, porque también sabe que si ese precio cambia, todos los demás lo hacen y ella debe cambiar los suyos.

Por eso es el tema más sensible para nuestra economía. Los candidatos lo saben… y lo eluden.

Desde 1979 y hasta los tiempos de la UDP, cada “paquete” de medidas económicas intentaba marcar una señal de estabilidad fijando un precio para el dólar y vendiendo lo necesario para convencer a la gente de que ese era el tipo de cambio que debía usar como referencia. La cosa no funcionaba porque, por un lado, el Gobierno trataba de aliviar presiones gastando un dinero que no tenía (o sea, imprimiendo billetes) y porque, obviamente, nunca había toda la cantidad de dólares que se necesitaba para vender al precio fijado. De esas dos imposibilidades surgía una referencia más creíble: la del mercado negro. El dólar paralelo se cotizaba de acuerdo a la oferta y demanda, distanciándose del tipo de cambio que fijaba el Gobierno.

En el ajuste de 1985 inventaron un mecanismo que emulaba las fluctuaciones del mercado: el bolsín. Aquí cada día se remataba una cierta cantidad de dólares dando un precio base y los compradores podían pujar ofreciendo un precio más alto por esos dólares. Como funcionaba todos los días, bajó la ansiedad, se cerró la brecha entre el oficial y el negro y se estabilizó el tipo de cambio, que fluctuaba muy poco. Había intervención en el mercado de la divisa, pero con flexibilidad. Al mismo tiempo, se permitió la dolarización de la economía, de manera que la gente podía ahorrar o prestarse en dólares o en bolivianos, lo que trajo confianza y tranquilidad. Esto alivió el mercado de divisas porque se podían “crear” dólares haciendo transacciones a un dólar imaginario, el “mantenimiento de valor” o su “equivalente en moneda nacional”.

El tipo de cambio no estaba determinado sólo por el mercado, pero tampoco lo fijaba el Gobierno, pues el bolsín dependía del Banco Central, que operaba con independencia del Poder Ejecutivo.

Esto funcionó hasta que en 2005 empezó la bonanza exportadora. Los dólares se acumularon porque exportábamos más de lo que importábamos.

Como había abundancia de dólares, su precio bajó. Pero para no afectar demasiado a la industria y la agricultura, y sobre todo para fomentar la bolivianización y tener mayor control sobre la circulación de monedas en el país, el Gobierno dejó que bajara el precio del dólar (de 8,30 llegó al 6,96 de ahora) y acumuló reservas. Dejó de lado el bolsín y fijó el tipo de cambio. Las reservas acumuladas le daban el poder para hacerlo.

Pero las economías se mueven. Aunque transáramos todo nuestro comercio exterior en dólares, nuestros socios comerciales tienen otras monedas y también otros socios. Ocurrió entonces que, aunque el dólar estuviera fijo, los precios de las otras monedas cambiaban y, por tanto, también cambiaban los precios relativos con los que transábamos en los mercados internacionales.

Cuando hay muchos dólares se hacen baratos y eso permite que los importadores ganen ventajas sobre los productores locales. Mientras las importaciones se facilitan, los productores locales enfrentan impuestos elevados y cargas laborales crecientes (salarios mínimos, doble aguinaldo y prohibiciones de despido). Así, revalorizar la moneda boliviana tiene sus riesgos, y en estos años no logramos evitarlos del todo. El “índice del tipo de cambio real”, que mide el conjunto de precios en la relación con otras monedas, muestra que el tipo de cambio real con ellas no fue fijo.

Cuando bajaron las exportaciones y entramos en déficit comercial, las reservas empezaron a venderse y declinar, hasta alcanzar hoy el mismo nivel que tenían hace 10 años (y siguen bajando). La diferencia es que ahora hay más bolivianos circulando y que, como el Gobierno quiere dar señales de que todo anda bien (es año electoral), no quiere poner ningún freno a la venta de dólares ni cambiar el precio oficial. Tampoco quiere dejar de gastar.

Obviamente, esto no puede ser eterno. Las reservas no son infinitas y si bien se las puede reemplazar con préstamos, éstos tampoco son infinitos.

El Gobierno teme dejar que el precio del dólar o el tipo de cambio se modifiquen. Si optara por una fuerte devaluación enfrentaría la protesta social. Si dejara de fijarlo podrían desatarse expectativas incontrolables, los “espíritus animales” estudiados por Akerloff y Shiller. Además de que, si deja que el mercado defina el precio del dólar, estaría renunciando a su ideología estatista.

Como además logró bolivianizar el circulante, los ahorristas y depositantes están menos protegidos ante posibles cambios en el precio del dólar, y sus reacciones serían difíciles de predecir.

La situación no es fácil para nadie y eso explica por qué el tema se elude en el debate. No se puede asegurar o prometer que el tipo de cambio se mantendrá fijo de manera indefinida. Eso no depende de una decisión política sino de otros factores más, muchos de los cuales escapan al control del Gobierno, quienquiera que sea el presidente.

Lo que es posible hacer ahora, y prometer para después, es reducir los gastos públicos y eliminar el déficit fiscal, bajar impuestos para estimular la actividad económica local (y las exportaciones), y dejar en libertad a los ahorristas y demás actores económicos para que dolaricen sus transacciones, permitiendo que el dólar encuentre un precio realista de acuerdo a las condiciones económicas internas (que empezarían a cambiar) y externas.

Es difícil pensar que el Gobierno haga esto, pues son medidas muy distintas de las que propugna. ¿Quién lo hará entonces? ¿Y cuándo?

 

"La situación no es fácil para nadie y eso explica por qué el tema se elude en el debate. No se puede asegurar o prometer que el tipo de cambio se mantendrá fijo de manera indefinida”