Niños sobreviven víctimas de la mendicidad y el trabajo forzado en las rotondas
El semáforo marca el ritmo de sus vidas. Mientras otros niños de su edad terminan las tareas escolares y salen a jugar con sus amigos, ellos pasan horas en avenidas y rotondas, extendiendo la mano, vendiendo o limpiando parabrisas para conseguir unas monedas.
Los más pequeños permanecen sujetados al cuerpo de sus padres, sin la posibilidad de correr ni jugar. Los más grandes se las ingenian para ofrecer dulces o pedir ayuda a los conductores. A pocos metros, quienes los acompañan observan desde la sombra de algún árbol.
Son niños que durante el día viven prácticamente en las calles de la ciudad, expuestos a todo tipo de peligro y a situaciones que limitan el ejercicio de sus derechos fundamentales, como la protección y la salud.
Pero hay otros que, incluso, son trasladados a otras ciudades para mendigar, como ocurrió con cinco menores de edad que fueron llevados a Cochabamba. La situación salió a la luz tras la muerte de una bebé de apenas seis meses, uno de los niños desplazados.
El caso destapó una realidad dolorosa y puso en la agenda pública la problemática de la mendicidad infantil y el trabajo forzado de niños y adolescentes.
En la capital cruceña, en el cuarto anillo y zona noreste deambula Lati, un niño de apenas diez años que espera con impaciencia que el semáforo cambie a rojo. En cuanto los vehículos se detienen, corre y se ofrece para limpiar los parabrisas. Cada moneda que recibe representa un paso hacia la meta diaria de reunir alrededor de Bs 50. Son las 16:27 y ya ha conseguido Bs 35.
“Se lo doy a mi mamá”, dice cuando se le pregunta qué hace con el dinero. Cursa el cuarto de primaria y asegura que asiste a clases por las mañanas y que, apenas sale de la escuela, cambia los cuadernos por agua y escobilla.
Llega acompañado por su madre y su abuela, quienes permanecen sentadas a un costado del semáforo mientras observan el ir y venir de los niños. A pocos metros de él, al menos otros seis menores repiten la rutina.
En otra rotonda de la ciudad, Carlos, de 11 años, toma un descanso en un banco de madera, mientras observa a otros dos niños jugar fútbol con una botella plástica que hace las veces de pelota. Sobre sus pies coloca las bolsas de papel higiénico que hasta hace unos minutos ofrecía entre los vehículos que se detienen en el semáforo. “Ayudo a mi papá y a mi mamá”, dice. Lleva siete horas vendiendo bajo el sol. Su rostro cansado se ilumina con una sonrisa cuando habla de su sueño de convertirse en un gran futbolista. Por eso, dice que también entrena en una academia.
La rutina de estos pequeños transcurre muy cerca de los canales de drenaje, escenarios marcados por la venta y el consumo de drogas, y la presencia de personas alcoholizadas. Quienes venden en las rotondas saben del peligro y siempre están alertas, porque ven que portan armas blancas.
Cualquier actividad que vulnere los derechos o ponga en riesgo la integridad de los niños está prohibida por la legislación boliviana. En particular, el trabajo infantil y la mendicidad forzada constituyen delitos sancionados por ley.






















