Los cuatro objetos y un recuerdo
Son cuatro objetos totalmente vinculados a la vida de un niño. Hoy ese niño no se reconoce cuando se mira al espejo, pero recuerda esos cuatro objetos tan ligados a su familia.
No es la primera vez que citaré a Kierkegaard. “La vida debe ser vivida hacia adelante, pero sólo puede ser comprendida hacia atrás”.
Y ese niño mira hacia atrás y advierte del afán de la Renata por llenar de carbón la plancha, no de la abuela, sino de la madre de la abuela. Esa masa de hierro que aloja carbón había sido puesta en la maleta de madera con un tremendo parecido a un cajón de circo.
La viuda despidió mustia y llorosa a su única hija. La niña Mercedes se fue sin mirar a sus espaldas para no llorar como su madre y para no ver cómo el valle de su infancia se iba volviendo un punto verde en el horizonte.
La niña Mercedes se iba a una lejana finca de Entre Ríos, su madre viuda la había prometido a la familia del fiero Giménez, pero en aquel largo camino apareció un jinete con polainas sucias de viajar, la saludó tocando con sus dedos el ala de su sombrero sudado, se paró en los estribos y pulsó la guitarra que tenía en bandolera. Sobre el lomo del caballo manchado de negro y café oscuro, parecía una escultura ecuestre.
El jinete cantó (nadie sabe a ciencia cierta qué), unos dicen que fue una canción de su país, otros que fue una melodía italiana o quizá española. Embrujó a la niña y se la llevó con la maleta de madera que en su interior llevaba la plancha de hierro forjado, un orinal adornado con flores, una jarra, un bañador, cuatro platos, dos planos y dos hondos, dos tasas y dos tazones, ropa de cama y ropa de ella.
Además, conquistó al séquito para que acompañen a la niña Mercedes, que la siguieron como si no habrían cambiado de destino, sobre todo la Renata que también parecía embrujada por el flaco cantor y guitarrero.
La Renata planchaba y la abuela llamaba por el teléfono a manija:
—Aló, aquí la telefonista de la estación de Climas Calientes, ¿saben dónde anda mi marido?
Dicen que se perdía guitarra al hombro por fincas y comarcas. La vez que aparecía como esos fantasmas de libreto teatral llegaba con un regalo para aminorar la tensión de la bronca, esta vez fue una máquina de coser con manivela.
—Para que cosas la ropa de los niños, te entretengas y me extrañes menos.
La casona no estaba poblada de hijos. Eran sólo el mayor que figuraba en la lista de los convocados a defender la patria y el otro, el que le seguía, también quiso ir a pelear por la patria, aunque no le correspondía por la edad. Se anotó, desoyendo el llanto de su madre. El viejo jinete de aquel caballo manchado de negro y café se mordía la uña del dedo gordo, comiéndose la rabia.
—Ni siquiera es mi patria —le había dicho a doña Mercedes, quien le suplicó se los llevara allende los mares de donde él venía. —No es delito ser desertor si sólo son mitad de este lado, la otra mitad son de tu lado —le había suplicado—. Es la voluntad de los chicos. No podemos sino llorar —y lloraron abrazados. Ni la guitarra fue consuelo, porque doña Merceditas se la había emponchado.
La última farra tuvo un epílogo grave, doña Merceditas casi muere de parto de una niña que nació y murió al mismo tiempo. La guitarra terminó astillas consumidas en el horno para hacer pan.
Sonó el viejo teléfono de manija, una voz con eco dijo que el segundo de los hijos murió en una cañada con nombre inglés impronunciable.
El otro volvió y vivió escribiendo en esa vieja máquina de escribir en la que el niño también aprendió los secretos de la escritura.
Al hijo vuelto de la guerra le decían el loco porque escribía historias truculentas de luchas cuerpo a cuerpo, bayonetas que atravesaban cuerpos, cuerpos que rodaban embarrados y mutilados. Hambre, pero, sobre todo sed
—Agüita, quiero agüita —ojos desorbitados que miraban el más allá.
—Es puro invento —decían los que leían los escritos del loco.
—Es que no saben lo que es la guerra —se defendía.
Un día dejó de escribir, hizo una fogata con sus los papeles escritos a golpe de teclas y usó por última vez el teléfono de manivela para decirle al niño que vendiera al mejor postor el teléfono, la plancha, la máquina de coser y la máquina de escribir; el único capital que te puedo dejar, puesto que él había decidido irse al otro mundo y se escuchó el disparo.
El niño no vendió nada. Hoy es un abuelo rodeado por esos cuatro objetos que, sin hablar, le siguen contando historias de su familia.
Pone atento el oído y con voz ronca se las dicta a otro niño que escribe en una tableta digital. El niño protesta porque no ve los cuatro objetos.
—Te estas inventando abuelo, esas cosas no hay.
No es la primera vez que citaré a Kierkegaard. “La vida debe ser vivida hacia adelante, pero sólo puede ser comprendida hacia atrás”
El niño no vendió nada. Hoy es un abuelo rodeado por esos cuatro objetos que, sin hablar, le siguen contando historias de su familia.























