Arte versus artista. Sobre una nota de Alejandro Pereyra

Cultura
Publicado el 27/05/2018 a las 0h00
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El cineasta Alejandro Pereyra firmó un artículo en Opinión (“Películas en un parpadeo”) que se presenta como una respuesta a una publicación anterior de Mauricio Souza sobre (y contra) la afirmación del sentido común según la cual “es muy difícil hacer cine en Bolivia”. Sin negar las exigencias económicas y organizacionales propias del séptimo arte, Souza mostró que éstas se erigen como barreras frente a todos los cineastas del mundo, no sólo ante los bolivianos.

Al mismo tiempo, señaló que la pequeñez de nuestro mercado interno, al hacer imposible la existencia de casas productoras profesionales que compitan ente sí, permite paradójicamente una mayor diversidad, al dejar que determinados productos y productores, los cuales no tendrían ninguna oportunidad en otros mercados, logren existir y lleguen, así sea efímeramente, a la cartelera. Incluso con propuestas personalísimas como la de Pereyra, quien se jacta de haber sido desde director hasta camarógrafo de su último filme.

Pereyra no se refiere a los argumentos esgrimidos por Souza en esta “respuesta”, que por eso habría que calificar de “supuesta”. Se limita a hablar de su propia trayectoria cinematográfica y de los obstáculos que debió enfrentar, los que presenta con aparente delectación. Su autobiografía le parece suficiente refutación de la tesis de Souza. Una suerte de contraejemplo demoledor. Porque él sí sudó la gota gorda. Tardó hasta cuatro años en rodar un largo. Sufrió quebrantos económicos y emocionales. Descubrió fórmulas ingeniosas y penosas -que sin embargo encuentra satisfactorias- como extenuar a sus aprendices. En general, hizo de “topo en una isla de edición” cuando podía haberla pasado en grande “a cielo abierto”.

Mauricio Souza, Rodrigo Ayala y yo escribimos alternadamente cada semana en el blog Tres Tristes Críticos unos artículos que este periódico tiene la amabilidad de publicar en papel. Sin embargo, esto no significa que seamos un grupo “orgánico” como algunos quieren presentarnos (mayormente para pelear con nosotros) y que por tanto yo necesariamente comparta los criterios de Souza en el citado artículo o que éste suscriba lo que voy a decir. Me entrometo en este debate sin representar en él a nadie más que a mí mismo. ¿Por qué? Porque el artículo de Pereyra, que como digo no hay que considerar una respuesta a nada previo, es por su cuenta un muestra excelsa de ciertas actitudes de algunos artistas nacionales que, en mi opinión, no hay que dejarles pasar.

Primero, esa consciencia exagerada de sí mismos que se superpone a la necesidad, que debiera ser primaria, de realizar una obra sobresaliente. Ya se sabe que se detecta a un artista posmoderno si resulta mucho más competente y persuasivo cuando habla de sí mismo, de sus proyectos y concepciones, que cuando trabaja.

 

Arte posmoderno

El arte posmoderno, dice Frederic Jameson, es el que se justifica a sí mismo como tal. Así, Pereyra se dedica muy pronto y muy prematuramente a la escritura autobiográfica, sin abstenerse siquiera de usarla para algunos ajustes de cuenta (alusiones malignas a sus examigos) como si estuviera al final de su carrera, en el tiempo del balance y la esterilidad.

Una segunda actitud muy relacionada con la anterior es la incapacidad de diferenciar entre arte y artista, lo que no sólo se nota porque cuando a este le critican la obra se pone a hablar de su vida, sino por algo más grave: porque cree que el sacrificio, el esfuerzo y el valor de su dedicación al cine puede justificar los resultados obtenidos.

Lo que debemos rechazar categóricamente. Si un escritor quiere aplausos, que sea por sus novelas y no porque contrajo tuberculosis para redactarlas. Al fin y al cabo, ha habido muchos tuberculosos que han escrito novelas y no por eso alguien va a recordarlos o se va a tomar el trabajo de leerlos (aunque no siempre sea así y a veces sólo se lean a los poetas por haber sido “malditos”; sin embargo, este caso no cae en el campo de la estética, sino en el de la psicología). Todo eso de “vivir en las catacumbas” es subjetivo en el peor sentido de la palabra; no tiene que ver con el cine más que muy tangencialmente. Cuando Souza dijo que en Bolivia hacer cine tal vez no sólo no sea difícil sino incluso sea más fácil de la cuenta, es obvio que no estaba ni ignorando los sacrificios indudables de los realizadores ni hablando literalmente: su afirmación tenía una ironía que, pese a ser evidente, Pereyra no pudo captar. Habrá que preguntarse por qué.

 

Enfrentamiento artista y obra

Una tercera actitud, que también está estrechamente relacionada con las otras, con las cuales forma una suerte de “sistema”, es el enfrentamiento del artista con la obra como si aquel fuera, por decirlo así, “un genio cualquiera”. Y no, desgraciadamente no. En realidad los genios son extraordinariamente escasos. Todos los demás debemos apañarnos con el ejercicio de virtudes menos preclaras como cierta responsabilidad con lo que hacemos. Virtudes que por supuesto no incluyen el rodar, como confiesa haber hecho Pereyra, un largometraje sin guion, o, peor todavía, siguiendo una “intuición sin forma” que en su último filme le permitió combinar tres guiones de otros proyectos anteriores. Todo esto dicho orondamente. Convengamos que Pereyra no debe de ser un genio o ya lo sabríamos. Entonces, ¿no tendría que escribir guiones con lapicero y no con la cabeza? Sobre todo, no debería esperar a concluir una película para saber qué película quiso hacer. Como orondamente dice.

Actitud del artista boliviano (en general): Sentirse genial para no trabajar seriamente (lo que no quiere decir “mucho”, o “toda la noche”, que es lo que probablemente hace Pereyra), sino para hacerlo de una forma (¿como decirlo?) mortalmente seria. ¿No era esto lo que quería Aristóteles, incluso para las comedias?

Por supuesto que Pereyra tiene derecho a creer en su cine. La crítica se ha equivocado muchas veces al juzgar los resultados artísticos. Y hay una posibilidad, aunque sea pequeña, de que Pereyra sea un genio incomparable e incomprendido. Tiene entonces el artista derecho a mandar a los críticos a la mona o a mejor parte. Lo cual deja el arte intocado, pues éste es indiferente a lo que hace o deja de hacer su autor. El arte debe triunfar o fracasar por sí solo.

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