A 50 años del secuestro de Patty Hearst: robos a bancos, condenas, lavado de cerebro y síndrome de Estocolmo

Farándula
Publicado el 04/02/2024 a las 12h16
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Pasó hace exactamente 50 años. Era la madrugada del 4 de febrero de 1974. Patty Hearst de 19 años dormía en un dormitorio de la Universidad de Berklee junto a su novio. Sintió un estruendo, creyó que era parte de un sueño, de una pesadilla. Le pareció sentir movimientos a su alrededor. Cuando pudo abrir los ojos vio a su novio en el piso. Un hombre tenía las dos rodillas en la espalda del joven; otro le pisaba la cabeza contra el piso. Un tercero le pegó una patada a la cama. Patty se terminó de despertar y comprendió que no se trataba de un mal sueño. Una chica le apuntaba con un arma. Mientras intentaba entender cómo tanta gente había logrado ingresar a su habitación, supo que habían venido por ella. Todo sucedía imprecisamente. Empujones, algún grito, una orden urgida. La voz no le salía de la garganta. El novio, desde el suelo, la miraba con lástima. En pocos segundos la vendaron y la maniataron. Después la empujaron por los pasillos hacia un auto que esperaba en una calle trasera. Con brusquedad la lanzaron dentro de un baúl. Luego escuchó que el auto arrancaba. El viaje fue breve. La hicieran bajar, y con nuevos empujones, la metieron en el piso trasero de otro. Durante varios kilómetros sintió los pies de varios de los secuestradores sobre su cuerpo. Cuando el automóvil se detuvo, la entraron a una casa a empujones. Recibió varios insultos. Ella sintió la tentación de decirles que no era necesario, que no iban a necesitar la violencia, que estaba tan aterrada que no se le ocurría oponer la menor resistencia. La dejaron dentro de un placard con olor a humedad y cerraron con llave.

En ese momento Patty entendió que en pocas horas, la noticia estaría en los diarios. Una heredera de la multimillonaria familia Hearst, la nieta de William Randolph, el magnate de los medios e influyente y excéntrico personaje norteamericano durante medio siglo, había sido secuestrada. El caso concitó la atención pública de inmediato. Unas pocos fotos de Patty, sonriente y juvenil, ocuparon la tapa de los diarios. Las especulaciones y las teorías se multiplicaban. La certezas eran escasas.

Durante las primeras horas de ausencia, los investigadores miraron con recelo al reciente novio de la joven. Dejó de ser sospechoso cuando se difundió el comunicado de la agrupación guerrillera, el Ejército Simbionés de Liberación, se atribuía el secuestro. La redacción era intricada y farragosa, sólo dejaba en claro que ellos tenían en su poder a la joven heredera. Comenzaba con una declaración de principios: “Somos una entidad armónica surgida de entidades y organismos capaces de vivir en profunda y amorosa armonía, así como en compañerismo, en interés de la entidad”.

Luego con los modos sediciosos y con delirios de grandeza de esos grupos violentos de los años setenta, informaban que una Corte (integrada por ellos) había juzgado a Patty como parte de la sociedad enferma y representante de algo que había que erradicar. Por último explicitaban las condiciones para liberarla. Exigían a las autoridades que dejaran sin efecto la condena y prisión de dos de los miembros de la organización que estaban detenidos en la cárcel de San Quintín. Al padre de Patty, por su parte, le pedían que destinara 70 dólares por cada persona necesitada de California para que se comprara comida. La petición no parecía desmesurada hasta que alguien se ponía a hacer cuentas. Los 70 dólares multiplicados por los indigentes de California en ese tiempo daba una cifra cercana a los 400 millones de dólares (alrededor de 2.500 millones actuales).

El padre de Patty gastó 2 millones de dólares en alimentos. Al SLA (según las siglas de la agrupación terrorista en inglés) no le bastó. Exigían que en esos bolsones de comida hubiera pavo y otros productos de calidad. La distribución de los alimentos fue presentada dentro de un programa llamado “Personas Necesitadas” que el SLA pretendía mejorara su imagen y lograra que miles de personas se sumaran a sus filas.

La entrega fue caótica, se produjeron incidentes y varios de los camiones que llevaban los alimentos fueron saqueados. Los secuestradores utilizaron este fracaso como excusa para cortar la relación con la familia.

Las autoridades estatales ni siquiera respondieron a la exigencia de la liberación de los dos detenidos.

El caso siguió en los diarios durante mucho tiempo ¿Qué había pasado con la joven? ¿Seguía con vida? ¿Cuánto dinero estaba dispuesto a poner su padre? Cuando las esperanzas se iban apagando hubo noticias sorprendentes.

Primero llegó un cassette. En un sobre papel madera sin remitente, los principales medios de Estados Unidos –radios, canales de televisión, diarios- recibieron una grabación. La que hablaba era una joven. Pero no una cualquiera. Era la mujer más buscada del país; tal vez, del mundo. No la buscaban por haber cometido un delito (todavía no). La habían secuestrado unas semanas antes. La voz era la de ella. No había dudas.

En esa cinta Patty afirmaba que se había pasado a las filas del SLA, que era una integrante más del grupo y que iba a pelear. Hacía además un pedido: que a partir de ese momento debía ser llamaba Tania, el nuevo nombre que utilizaría en homenaje a la argentina Tamara Bunke, que había combatido con el Che Guevara. El comunicado, previsiblemente, terminaba con la frase Patria o muerte. Venceremos.

Este movimiento generó un revuelo previsible aunque nadie había dejado de llamarla Patty ¿Era real el contenido del cassette? No parecía haber dudas de que era su voz. Así lo dijeron sus familiares, amigos y peritos. La gran mayoría sostenía que la joven había grabado el mensaje bajo coacción. Cada vez se hacía más imperiosa la necesidad de rescatarla.

A los pocos días llegó a las redacciones de los diarios otro sobre sin remitente. Contenía una foto de Patty/Tania, enfundada en ropas de combate, las piernas levemente flexionadas y abiertas, la mirada en el horizonte, el gesto impasible y sus manos, detalle fundamental, empuñando una ametralladora. De fondo una bandera con el símbolo del SLA, una cobra de 7 cabezas.

Lo que todavía no se sabía era que esa agrupación de guerrilla urbana, tal como se autodenominaban, que pretendía replicar las experiencias revolucionarias latinoamericanas, no era una red extendida, ni tenía miles de miembros como pretendía hacer creer. Sus integrantes apenas llegaban a la docena.

A esa altura la situación de Patty Hearst era un tema que ocupaba buena parte de la discusión pública. Sin embargo el siguiente giro de la historia consiguió lo que parecía imposible: multiplicó exponencialmente la atención, lo convirtió en un tema omnipresente. La opinión pública se mostraba fascinada y al mismo tiempo perpleja ante los sucesos.

Poco más de dos meses después del secuestro, el 15 de abril de 1974 hubo un robo en el Hibernia Bank en San Francisco. Los ladrones se llevaron 20.000 dólares y dos de los clientes del banco resultaron heridos por disparos de arma de fuego. Las grabaciones de las cámaras de seguridad probaron lo que parecía imposible, probaron que los comunicados, la grabación y la foto eran ciertos: una de las integrantes de la banda era Patty Hearst. Durante el atraco portaba un arma y se mantuvo vigilante y amenazante.

En ese momento cambió el tono del tratamiento de su caso. Las condenas mediáticas se multiplicaron. El Fiscal General de California informó con tono solemne que Patty Hearst a partir de ese momento era considerada una delincuente. Su status de secuestrada era cosa del pasado. Ahora era perseguida por la justicia. Una extremista prófuga.

Una transformación veloz: de estudiante universitaria a la lista de los más buscados en menos de dos meses.

Una ola de sugestión se apoderó de Estados Unidos. Patty era vista en supermercados, paseando en zoológicos o descansando en lugares tan disímiles como Miami, Hawái o la frontera con Canadá. Se producían allanamientos, detenciones inútiles y miles de denuncias falsas.

El 16 de mayo del 74 otra vez hubo noticias de Patty Hearst. Una pareja, los Harris, miembros del SLA, cometieron un robo en una casa de deportes. El dueño los vio y, armado, los persiguió hasta la calle, cuando los enfrentó, el guerrillero quiso sacar su arma de la cintura pero esta se le resbaló y cayó lejos de él.

Patty, que era la conductora designada, la que debía manejar el auto una vez consumado el robo, dejó su lugar detrás del volante y atacó al propietario robado. Disparó repetidamente contra la puerta y los ventanales del local. El hombre se tiró debajo de un auto para protegerse. Cuando la balacera se apagó y se animó a levantarse, otra vez Patty descerrajó varios tiros contra él.

Hearst y los Smith escaparon a pie. A las pocas cuadras pararon dos autos, amenazaron con sus armas a los conductores, los hicieron bajar y se fugaron en esos vehículos. Pero cuando se acercaron a la guarida del SLA, a la casa que funcionaba como sede central y en la que vivían sin llamar la atención, se dieron cuenta de que algo andaba mal. Varias cuadras antes percibieron gran presencia policial.

Nada de esto alcanzó. La foto posando como guerrillera, las imágenes de video de las cámaras de seguridad del banco con la ametralladora colgada, la imagen de pistolera que se había forjado en esos meses la habían sentenciado tanto ante la sociedad como ante la justicia.

Recibió una condena severa: 35 años de prisión. Sin embargo, sólo pasó en prisión 22 meses. El presidente James Carter condonó su pena. Recién en 1991, Bill Clinton la indultó. Ella, tiempo después, se enamoró de uno de los guardaespaldas que le puso su padre apenas salió de la prisión. Tuvieron dos hijos.

Dedicó el resto de su vida a trabajar en instituciones benéficas, publicó algunos libros de memorias contando esos años salvajes y su recuperación y se convirtió en una especie de actriz fetiche del director cinematográfico John Waters: actuó en varias de sus películas.

En la actualidad con sus 69 años trata de pasar desapercibida, trata de que se olviden esos días en que todo el mundo hablaba de ella.

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