La tradición en miniatura, en las manos de Celia

25/07/2019
Creatividad. Celia heredó el talento del trabajo con las manos de sus padres. Desde hace 45 años se dedica a la creación de artesanías en minuatura, en una vida de travesía constante.

Jessica Vargas

La máquina de costura de Celia Vargas Silvestre está prácticamente fusionada a la cama. Su jornada laboral inicia antes de que salga el sol y acaba cuando sus manos quedan sin fuerza. Son estas fechas, cuando se acerca la celebración de Urkupiña, las más intensas para su trabajo de artesana en miniaturas.

Celia se dedican a hacer las creaciones más pequeñas y delicadas de la tradición boliviana de la Alasita; aunque lleva su arte a cualquier festividad y en cualquier departamento.

Son 45 años que se dedica a la artesanía en miniatura. Desde que empezó a sus ocho, por sus manos han  pasado metros  y metros de tela, greda, cartulinas y decenas de materiales; ya perdió la cuenta de todos los ajuares  tejidos y los trajes costurados,. Todo a pequeña escala. 

La vida del artesano es una travesía constante. El recorrido anual inicia en enero con la feria de la Alasita en Cochabamba. En febrero en La Paz y tras varios viajes termina en la víspera de Año Nuevo.

En mayo Celia tiene otra tarea, además de las casas, tienditas y maletas con billetes de dos centímetros, y diminutas polleras, debe vestir a muñequitos de bebé. Los trajes, hechos a mano, son para la fiesta de Santa Vera Cruz a la que los devotos llegan para pedir fertilidad. 

Una vez diseñó un ajuar del tamaño de la uña del dedo meñique. A las cámaras mostró uno de cinco centímetros con todos los detalles: el gorro, los polcos (zapatos) y la chambra.

La tradición en miniatura, en las manos de Celia

 Su taller se encuentra en un pequeño rincón de la zona norte, al pie del Tunari, en una casa que antes era la mitad de otra. Se atraviesa un pasillo y se ascienden tres pisos de entre dos a tres escalones de altura.

En el cuarto,  que también funciona como su dormitorio está una televisión pequeña, casi tocando el techo. El resto son cajones y estantes con telas, plásticos y miniaturas terminadas o a punto de terminar. Con mucho cuidado arma una caja de pasta dental de  medio centímetro de grosor, que después formará parte un  pequeño kiosko, también elaborado por  ella.

Aunque no ha perdido el amor por sus creaciones recuerda con nostalgia, la dedicación que antes merecía cada obra.

“Antes  hacíamos un hornito de barro con yeso, y de greda las paredes de las casas, ahora hay cartón con el dibujo de ladrillos”, ríe.

El arte lo aprendió de su madre Felipa, orureña también, aunque sus abuelos ya habían iniciado en la costura. La tradición de la miniatura la conquistó desde que era una niña, cuando veía a su familia, algunas veces haciendo artesanías y otras bordando coloridas prendas para el Carnaval.

Con los retazos que su mamá dejaba, Celia iniciaba su creación. “Mi mamá hacía las polleras con lentejuelas en grande y yo hacía chiquitito . Aprendía mirándole, jugando”.
Marcela, su hija mayor, se unió a la costumbre familiar, sus hermanos  José y Leslie la ayudan a cortar y confeccionar y los nietos también muestran interés.

Celia vio su talento florecer desde los pequeños arbolitos hechos con pegamento que hacía en sus primeros  años. Algunos recuerdos de ese pasado quedan junto a ella. Mientras habla mira y señala los adornos que quedaron en los recovecos de su dormitorio-taller, ahora un tanto cansada.

Su última obra de arte fue una pollera y una blusa típica de cochabambina de tan solo un centímetro.

El oficio le permitió criar a sus cuatro hijos, siendo padre y madre para ellos. “El papá se ha ido y nos ha dicho chau, pero hemos podido con este trabajo”.

Con las dificultades y una vida de viajes, Celia no tenía otra  opción que recorrer el país cargada de los pequeños. Recuerda cómo dormía en una carpa por más de 15 días con  alguno de los niños todavía bebé. “Íbamos a Potosí, en tanto frío. No había ni toldos de nylon, era tela y nos entraba agua y el viento”.

La familia de artesanos que solo en su asociación suman más de 100, también le ha dejado gratos recuerdos. Uno de aquellos viajes, a Santa Cruz, coincidió con el primer cumpleaños de su hijo Jeffry, sin dudarlo, todos los comerciantes armaron una fiesta, cerraron la calle de la feria, decoraron la tienda de Celia y llevaron regalos.

Poco ha cambiado su rutina de aquellos días, En agosto, ella se quedará en Quillacollo, durante toda la feria. Duerme y despierta en la caseta, cuenta. 

Para la fiesta de la Virgen, prepara abarcas de goma, como las originales, pero diminutas.Aunque el encanto llama a comprar cualquiera de sus artesanías ella recuerda que lo  principal es la fe. “Primero es la fe,  yo misma me he comprado mi casita para pedirle a la Virgen”.

No ha comenzado Urkupiña pero Celia ya prepara los ajuares del “niño Jesús” para diciembre. Cada detalle cuenta otra historia del “pequeño” legado  de la costumbre que  la acogió.

Créditos redacción: 

Redacción: 
Jessica Vargas Quiroga

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Fotografías: 
Hernán Andia

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Gerardo Bravo