Comunidades luchan por sobrevivir pese a contaminación en el lago Titicaca

30/09/2019

Lorena Amurrio Montes

El sector del lago menor del Titicaca no es el que era hace varios años. El poblado de Bahía Cohana, en el municipio de Puerto Pérez, es víctima de todas las aguas residuales que descienden desde El Alto y contaminan el cuerpo de agua más alto del mundo. Las comunidades cercanas luchan por sobrevivir con turismo comunitario y proyectos pequeños de mitigación.

La zona de Cohana se ha convertido en una pampa, pero debajo de lo que aparenta ser tierra hay lodo inestable. El lago tiene tres principales fuentes de contaminación: por las aguas residuales de El Alto, desechos industriales y el exceso de heces de vacas.

Es imposible caminar por las orillas durante mucho tiempo, pues el olor es fétido y genera malestar en el estómago y la cabeza. En el paso hay grandes cantidades de animales muertos, principalmente patos.

Mucha gente de la zona hizo pozos para consumir agua, pero el grave riesgo al que se exponían generó que el Ministerio de Medio Ambiente y Agua fomentara la construcción de cosechadores de lluvias. La siguiente fase es hacer plantas de tratamiento de aguas residuales, pues los pobladores también desechan sus aguas domiciliarias al lago.

La situación provocó que el turismo descendiera en gran medida. La gente empezó a irse a El Alto, Oruro, La Paz o Perú. Los que quedan son adultos que sobreviven como pueden, comiendo los pocos peces que quedan luego de la sobreexplotación de pesca para turismo y para abastecer al mercado próximo, explicó la encargada de la unidad de recuperación del lago y la cuenca Takari, Elva Vargas.

Óscar Limachi encontró en la navegación y la artesanía su forma de vida para evitar ser parte del 70 por ciento de personas que dejan las comunidades. Es padre de siete hijos, pero todos viven en La Paz y El Alto, pues buscan mejores oportunidades.

Él se quedó en Quehuaya, un poblado al borde del lago menor. Cada día espera que algún turista visite la zona. Sin embargo, cada vez son menos, pues la mayoría de las agencias promocionan Copacabana y no así otros lugares.

Limachi cobra entre 20 y 30 bolivianos la ida y vuelta en lancha hasta la isla Suriqui donde lleva a los turistas a conocer a Luis Quispe quien pasó de hacer balsas de totora a hacer lanchas de madera. Se cobra mucho más y son más seguras para viajar por el lago.

Otros pobladores de Suriqui, como Rubén Bautista, se dedican a las artesanías en totora. Genera impresión ingresar a su taller y observar llamas de tamaño real, balsas y otro tipo de seres de la mitología andina que esperan ser adquiridos.

Bautista vive de llevar sus productos a ferias, pero espera poder volver a abrir el museo de artesanía que antes existía.

En el retorno a Quehuaya se puede ver que en el camino hay islas de totoras. El objetivo es la fitoremediación, es decir, la purificación natural del agua a través de estas plantas. Aún es un proyecto piloto, el problema es más grande.

El científico Xavier Lázaro explicó que una de las principales soluciones pasa por cerrar el acceso de las aguas contaminadas. Esto significa, ampliar la planta de aguas residuales de El Alto para evitar que se conduzcan al lago Titicaca.

Además, se necesita generar conciencia en los turistas, pues la zona de Copacabana también tiene graves problemas de contaminación, principalmente por basura.

El lago Titicaca es considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pero se hace poco por preservarlo.

Comunidades luchan por sobrevivir pese a contaminación en el lago Titicaca

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Lorena Amurrio

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Lorena Amurrio, Yercia Mañueco y Royher Morales