Chejos Garaje, la pasión por la restauración de bicis de antaño

04/10/2021
Pasión. Sergio Balderrama rescata bicis antiguas. Cultivó su pasión desde niño y ahora aprovechó la crisis de la pandemia para dedicarse a la restauración

Santiago Jordán

Sergio David Balderrama, de 33 años, tiene un sueño: convertir su taller en un espacio de la remembranza. “Ampliar mis horizontes con un pequeño equipo de trabajo. Ese es mi sueño”, dice mientras expone su colección de bicicletas clásicas, de antaño, que él y su padre restauraron desde hace dos años. 

Pero la historia de su peculiar afición se remonta a sus 13 años, cuando manejaba bici en las calles aún verdes de Cochabamba, iba al colegio en este medio de transporte que se pierde entre el ruido y la torpeza de la ciudad.  “Mi papá me enseñó a manejar bici. Él también es un amante de las bicicletas y ahora me trae mucha nostalgia”, comentó.

“La primera bici que reparé fue a mis 13 años y me sentí muy a gusto”, cuenta el hombre de polera azul y manos engrasadas.  Sin embargo, hoy en día el trabajo no es tan fácil, ya no se fabrican bicicletas así, mucho menos sus partes. “No todos los repuestos pueden ser encontrados en Bolivia, muchos de ellos tengo que hacer traer del exterior”, agregó.

La vida lo llevó a ser odontólogo de profesión y también  lo reunió con las bicicletas. Un movimiento circular vital, causado por la pandemia, alejó a Sergio de la odontología y lo ayudó a crear Chejos Garaje, el taller de la calle Cecilio Guzmán de Rojas, donde puede “darle vida a las historias que me traen”.  “Son bicis que fácil tienen 50 años circulando, es un gustito a parte”, señala con orgullo. 

Sergio Balderrama restaura bicis antiguas

“Todas las bicis que tengo me llegaron con una historia. Son bicicletas rescatadas, encontradas en la chatarra, de personas mayores que han confiado en mí y, antes de fallecer, me pidieron que no venda la bici, que me quede con ella. Yo cumplo esas promesas porque valoro la confianza y la verdad”, afirma Sergio mientras muestra una bicicleta marca Caloi, fabricada en Cochabamba, que reparó desde cero con todas las piezas originales excepto por el asiento. 

“La encontré en una chatarrería. Yo estaba manejando bici por mi zona y a lo lejos vi a un señor que vendía chatarra con esta bicicleta lista para ser desechada. Empecé a pedalear como loco y lo alcancé. Ahí pude pedirle que me la vendiera. Con cariño la pude arreglar y dejarla como nueva”, cuenta.

En los años 70, en la zona de Tupuraya, funcionaba la fábrica de las bicicletas Caloi, que nunca fueron reconocidas con el debido cariño. Excepto por Sergio, quien tuvo la suerte de encontrar una Caloi Fórmula C de 1980 que, en realidad, le llegó del valle de Cochabamba. La pintura, las calcas y los neumáticos eran originales. 

“Me siento orgulloso de esta bicicleta porque es hecha en Cochabamba”, dice. 

Y así son las historias de bicicletas que lo han encontrado en el tiempo y en el espacio. Parecían perdidas en la memoria, oxidadas de cariño, a punto de ser botadas cual trapo viejo, como si el vestigio de la vida no valiera nada. Pero el destino hizo que lleguen a manos de Sergio, el artesano de antaño.

“En algún momento me puse a pensar y supe que esas bicis eran mi destino. Yo creo que lo que es de uno lo espera por mucho tiempo”, señala.

Pero ¿por qué reparar una bicicleta en vez de comprar una nueva? “La mayoría de las personas a las que les restauro las bicis es porque las tienen durante al menos tres generaciones. Me llena de satisfacción porque vienen personas muy mayores que hacen restaurar sus bicicletas para sus nietos o bisnietos o para tenerlas como un recuerdo de su vida. Creo que es añoranza y remembranzas que tienen con las bicis”, reflexionó.

Para él, “las cosas no son para guardar, son para compartir”. Por eso, maneja todas y cada una de sus bicicletas, una cada semana, porque es un medio que permite ahorrar y, sobre todo, es “sinónimo de salud”. 

Su trabajo es personalizado desde el color, las calcomanías, todo el material, que cuesta entre 100 y 900 bolivianos.

De hecho, tan a detalle hace las restauraciones que, incluso, mucha gente le deja prendas de ropa para que pinte sus bicicletas exactamente del mismo color. Y si al cliente o a él no le gusta cómo está quedando, rehace todo el trabajo hasta que salga a la perfección. “La pasión es única y no importa el trabajo que tome reparar una bici”, cuenta.

Pide a la gente que valore las cosas que tiene. Por más viejas que parezcan, por más gastadas y oxidadas, siguen siendo parte de la historia, de los libros de la buena memoria. Con las restauraciones “les devuelve la historia a las bicicletas”.   

La pasión, por supuesto, te abre puertas. Sergio se convirtió en el fundador de la Comunidad de Bicicletas de Antaño que, desde hace un año, reúne, cada fin de mes, a los aficionados de las dos ruedas. Con la temática y la ropa de época, recuerdan el pasado de sus abuelos o de ellos mismos. 

Sergio es una de las personas que en la pandemia encontraron su verdadera vocación. “En estos tiempos de pandemia que han sido duros, debemos echarle buena cara y encontrar las cosas que nos gustan de corazón. Lo demás es secundario”. 

Créditos fotografía: 

Fotógrafo: 
Gerardo Bravo