Ciudad sin norte
Tan perdida como una niña sin padres anda una ciudad sin norte. Descuidada en su crecimiento, víctima de equivocadas decisiones, sobreviviendo al día a día por pura inercia, sin ninguna aspiración, y resignada a la mediocridad y al inevitable deterioro.
El escenario (aún) no es intolerable, pero es cuando menos desalentador: una aglomeración de volúmenes amorfos de ladrillo y hormigón, un cielo sucio detrás de marañas infinitas de cables en desuso, un espacio público saturado por un supernumerario de vehículos, y el olor nauseabundo de las alcantarillas. Difícil de creer que Cochabamba fuera una vez un valle con lagunas, vertientes, pastizales, haciendas y campiñas, que la hacían llamar Ciudad Jardín o Valencia del Perú.
La demolición ignorante e indiscriminada, a nombre de la modernidad y del progreso, ya arrasó con la arquitectura colonial y pronto terminará con la republicana. Tampoco quedan rastros de las fincas verdes de Cala Cala, Recoleta y Queru Queru, y ni hablar del agua contaminada y nociva del río Rocha, donde, en su juventud, nuestros abuelos se bañaban con los amigos. Del pasado no rescatamos nada ni siquiera esa horca plantada en la plaza principal en tiempos coloniales, a la que aún se le podría dar un buen uso. En momentos de fastidio y de malicia (que son bastantes), me imagino una fila larga de personajes esperando su turno, por fin derrotados, sosteniendo un ticket numerado. Allí están, entre otros, decenas de autoridades que dedicaron su gestión a obras de impacto inmediato (horribles masas de concreto y fierro), poco sostenibles en el tiempo, con los consabidos sobreprecios, que destinaron nuestros escasos fondos en construir una ciudad que prioriza la comodidad del automóvil por encima de la gente.
En la cola también están todos esos constructores mediocres e incultos que infringen la débil normativa, afean el paisaje urbano y esperan una amnistía que (sorpresivamente) siempre llega y les permite, con total facilidad, regularizar su bodrio, hacer legal su insulto. También están (desordenando la fila e intentando colarse, por pura costumbre, aunque sea para morir) esa manada interminable de transportistas temerarios y salvajes que amedrentan a la población y a las autoridades y son prácticamente los dueños de esta ciudad.
Si usted piensa que exagero, recuerde a ese conductor agresivo que esta misma mañana, cuando usted caminaba hacia el trabajo y cruzaba la calle en semáforo rojo, montó su vehículo sobre la cebra, siguió avanzando lentamente en actitud de provocación y arrancó en amarillo antes de que usted llegara a la acera del frente, y hasta le tocó bocina y estuvo a punto de pisarle un tobillo.
La fila continúa, por supuesto, con aquellos vecinos que tiran su basura en la calle sin ningún remordimiento, con los comerciantes abusivos con el espacio público y con los enajenados dueños de motorizados con roncador, empantanados en su infancia estúpida.
Si las autoridades no tienen un diagnóstico preciso, global, del municipio que administran, y si su razonamiento es confuso y les impide establecer un listado de prioridades donde invertir el presupuesto, el plan a seguir no será el correcto ni atenderá lo más urgente, o simplemente no habrá ningún plan concreto, sino una reacción, una lluvia de ideas sueltas e improvisadas que se realizan a medias, que son epidérmicas e intrascendentes y que se contradicen entre sí.
¿Qué quisiéramos que sea Cochabamba? El alcalde utiliza palabras como “modernidad” y “vanguardia” con facilidad sorprendente y demagogia absoluta, porque lo cierto es que nuestra ciudad va en sentido totalmente opuesto al de Copenhague, Shenzhen, Toronto o San Francisco, ciudades que son modernas y vanguardistas no sólo en el discurso, sino también en la acción, en la educación y en la conciencia de sus autoridades y su gente.
¿Cómo reducir el CO2 y respirar aire puro, si cada vez se suman más vehículos de transporte menudo y si no se plantea una solución concreta para las ladrilleras? ¿Cómo solucionar el colapso vehicular, la contaminación acústica y el contexto riesgoso en el que se desenvuelven el ciclista y el peatón, si no se apoya ni se impulsa con convicción, firmeza y responsabilidad la implementación de un transporte masivo? ¿Cómo hablar de una ciudad jardín si no se preservan las áreas verdes, donde más bien se emplazan construcciones tan feas como inútiles? ¿Cómo conocer y valorar nuestra historia si no se protegen los edificios patrimoniales? ¿Es exitosa la gestión de un alcalde que no trata a profundidad estos problemas esenciales, y que más bien los hace más grandes?
Desanimado y confundido anda un ciudadano común en una ciudad sin norte. Mira a su vecino talar los árboles de la acera, construir su casa sin respetar los retiros y botar sus escombros en la calle. Alguna vez lo censura, pero finalmente se rinde. Y luego replica. Primero es testigo del deterioro de la ciudad, y luego es cómplice y responsable, porque se deja absorber por esa multitud anónima e impune que destruye todo lo que pisa. Pobre Cochabamba.
El autor es arquitecto.
Columnas de DENNIS LEMA ANDRADE


















