Octubres y transiciones que marcaron a Bolivia

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Publicado el 20/10/2020 a las 10h27

Tarea para astrólogos, lectores de cartas astrales y demás estudiosos de los azares del destino: ¿por qué a octubre le gusta fijar citas inolvidables con los bolivianos?

Basta tomar hechos al azar para reconocer una impactante lista. Un 20 de octubre de 1904, Bolivia perdió oficialmente su salida al mar con la firma del célebre Tratado de Paz y Amistad. Fue en octubre de 1952 cuando se nacionalizaron las minas y fue en octubre de 1969 cuando se nacionalizó el petróleo. En octubre de 1967, los militares ejecutaron a Ernesto “Che” Guevara y, tres años exactos más tarde, moría el guerrillero Néstor Paz Zamora. Fue un 4 de octubre de 1986 cuando se confirmaba que en Huanchaca se había producido el mayor narcoescándalo de la historia boliviana. Etcétera.

Bien se podría decir que, junto a esas citas puntuales, los octubres bolivianos han sido especialistas en marcar importantes transiciones políticas. Crisis de sistema, de Estado y de Gobierno llegaron a su punto de ebullición en frecuentes, pero a la vez particulares octubres. Seguramente, para ello, la memoria tendrá que hacer apenas un breve esfuerzo y ver este octubre de 2020 y el inmediato anterior.

Pero la memoria lejana retrotrae lo que, amén de la casual (o forzada) coincidencia con el mentado mes, significaron esos finales de eras para Bolivia. El 22 de octubre de 1949, por ejemplo, empezaba lo que los historiadores llaman “la transición de la muerte del liberalismo al nacimiento del nacionalismo”. El presidente Enrique Hertzog renunciaba acosado por incontables presiones que reclamaban el fin del régimen de la oligarquía minera. El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) tenía un respaldo popular sin precedentes y los siguientes dos gobiernos breves de la denominada “rosca” oligárquica no podrían frenar sus embestidas.

  • Pelea de caudillos

Como es sabido, aquella transición culminó con la Revolución Nacional del 9 de abril de 1952. Demandas centenarias, como el voto universal y la Reforma Agraria, fueron finalmente satisfechas. La Nacionalización de las Minas, el 31 de octubre de 1952, fue uno de los momentos culmines de aquel nuevo tiempo. Una nueva generación de políticos tomó el poder. Entre el auge y la caída del régimen emenerista pasaron casi 13 años.

En medio de cuatro caudillos históricos, la figura más notable de aquel tiempo fue quien llegaría a ser cuatro veces presidente de Bolivia: Víctor Paz Estenssoro. Precisamente, la disputa con las otras tres grandes figuras de la Revolución (Hernán Siles, Walter Guevara y Juan Lechín) derivó en el debilitamiento del régimen. Paz, tras entregar el poder a Siles en 1956, porfió en una segunda y una tercera relecciones distanciándose sucesivamente de sus pares. Asimismo, el régimen, había ido sumando una serie de excesos en cuanto a violaciones de derechos humanos, corrupción y fraude electoral.

Paulatinamente emergieron fuerzas opositoras tanto a la izquierda como a la derecha del MNR de Paz, en un contexto de marcada polarización. Y Paz Estenssoro apostó por apoyarse en las renovadas fuerzas militares que, a su vez, recibían un singular apoyo estadounidense. El tercer y fugaz gobierno de Paz se convirtió en la transición hacia una nueva era política boliviana. Fue polémicamente re elegido en agosto de 1964, junto al vicepresidente, el carismático general René Barrientos Ortuño.

En octubre de aquel año, el Gobierno había colapsado. Barrientos se atrincheró en Cochabamba y demandó la renuncia de Paz mientras sumaba sucesivos apoyos de las unidades militares y fuerzas civiles. El 4 de noviembre, Paz huyó de Bolivia. Barrientos y el general Alfredo Ovando Candia tomaron el poder. Y se inició la era de las dictaduras militares.

  • La era de los golpes

Los gobiernos castrenses, en su mayoría, se enfrentaron a fuerzas radicales de izquierda que planteaban la revolución socialista. El mundo vivía la Guerra Fría y hasta las formas democráticas fueron borradas en gran parte del planeta. Durante los siguientes 18 años, 10 militares gobernaron Bolivia y hubo tres interregnos civiles, que juntos suman 16 meses de duración. Uno de esos gobiernos militares cobró un sesgo particular: el general Juan José Torres quiso convertir a Bolivia en un régimen socialista.

Torres dio un golpe de Estado el 7 de octubre (para variar) de 1970. A diferencia del resto de los gobiernos militares, fue respaldado por organizaciones obreras y grupos radicales de izquierda. Una marcada beligerancia entre izquierdas y derechas se apoderó del país. En su gobierno se organizó la primera Asamblea Popular Nacional, al estilo de los regímenes socialistas. Fue el llamado a las versiones más radicales del fascismo militar.

El 21 de agosto de 1971, otro golpe de Estado, liderado por el coronel Hugo Banzer Suárez, derrocó a Torres. Banzer iba a marcar el auge y caída de las dictaduras. En medio de recurrentes disputas intestinas permaneció en el poder durante casi siete años. La historia se presenta repetida una vez más: el régimen incurrió en graves violaciones a los derechos humanos y, a medida que se consolidó, se multiplicaron los casos de corrupción, también de narcotráfico. Tras unos años de favorables precios para las exportaciones de minerales e hidrocarburos, empezó a generar una aguda crisis económica debido a un endeudamiento externo sin precedentes.

El régimen, presionado por un creciente descontento popular, buscó prorrogarse bajo formas democráticas y convocó a elecciones con un candidato oficialista: el general Juan Pereda. Y sumó otra recurrencia harto conocida: uno de los fraudes electorales más escandalosos de la historia. La cantidad de votos en favor de Pereda superaba al total nacional de votantes. Pereda dio un golpe militar, el 21 de julio de 1978, y designó a Banzer embajador en Argentina.

El desgaste había resquebrajado a las FFAA. Pereda duró en el poder escasos cuatro meses. Se inició entonces la dura transición hacia la democracia. Por un lado, emergieron sectores militares institucionalistas que abogaban por restituir el sistema de libertades ciudadanas. Por el otro, se fortalecieron grupos que aspiraban a imponer otra larga dictadura. La transición sumó ocho gobiernos y seis golpes de Estado en menos de cuatro años.

  • La transición más dura

En esa etapa, donde se agudizaban la crisis económica y la beligerancia política, destacaron especialmente los golpes del coronel Alberto Natush y del general Luis García Meza. Ambos derrocaron a dos regímenes civiles transitorios con el afán, entre otros, de evitar el juicio de responsabilidades que se instauraba a la dictadura banzerista. El de Natush, sucedido entre la noche del 31 de octubre y el 1 de noviembre, con una masacre que dejó más de 100 muertos, tuvo dos semanas de duración. El de García Meza destacó internacionalmente por sus evidentes nexos con el narcotráfico y grupos neonazis. Duró 13 meses.

Tras el agotamiento institucional, las presiones internas e internacionales y una crisis económica que amenazaba con una tormenta histórica los militares retornaron a los cuarteles. El 10 de octubre (y suman…) de 1982, el general Guido Vildoso Calderón entregó el mando de la nación a Hernán Siles Suazo, el ganador de dos elecciones frustradas por la tormentosa transición. Bolivia ingresaba a la era democrática más larga de su historia.

El gobierno de Siles fue, en buena medida, una transición. Encabezaba un descompuesto frente de izquierdas en medio de la segunda mayor crisis económica de la historia boliviana caracterizada por una hiperinflación. Agobiado por las presiones, adelantó elecciones y en agosto de 1985 entregó el poder a Víctor Paz Estenssoro. El viejo líder inició la llamada era neoliberal y del sistema de partidos hegemonizado por su partido, el MNR, la Acción Democrática Nacionalista (ADN), de Hugo Banzer, y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), liderado por Jaime Paz Zamora y de tendencia social demócrata.

Las estructuras estatales que se habían forjado en más de tres décadas fueron desmontadas en aras de liberar la economía a las fuerzas del mercado. El “nacionalismo” debió reinventarse eufemísticamente. Se apostó a consolidar instituciones que representen los respectivos contrapesos para enfrentar la corrupción y los excesos institucionales. Se abrieron las puertas a la privatización de empresas e incluso de servicios.

Entre 1985 y 2003, los intereses empresariales y políticos coaligados en torno a los gobiernos que articularon el MNR, el MIR y la ADN empezaron a exhibir crecientes excesos. El nuevo líder emenerista, el empresario Gonzalo Sánchez de Lozada, por ejemplo, no pudo desmentir la acumulación de un colosal imperio minero erigido a costa del Estado. La dirección del MIR no pudo desmentir llamativos nexos con el narcotráfico que le costaron incluso cárcel.

Volvieron a campear la corrupción y los pactos de silencio entre adenistas, miristas, emeneristas y otros socios. El país que había salido de la hiperinflación en 1985 ingresó en una creciente recesión y altos índices de desempleo. Emergieron nuevas organizaciones contestatarias y una creciente presión popular. El segundo gobierno de Hugo Banzer (1997-2001) se vio forzado a reprimir protestas campesinas y urbanas con el saldo de varios muertos.

  • Más octubres

Del final de la era neoliberal y el sistema de partidos, los recuerdos se hallan más frescos. La transición hacia el nuevo tiempo se inició cuando el presidente Sánchez de Lozada, el 17 de octubre de 2003, tras una revuelta popular, huyó de La Paz. Una serie de demandas sociales reclamaban cambios estructurales y nuevos liderazgos políticos.

Y la penúltima transición política que vivió Bolivia fue liderada por los gobiernos de Carlos Mesa (octubre de 2003 a junio de 2005) y Eduardo Rodríguez Veltzé (junio de 2005 a enero de 2006). Resultaron dos años de incesantes convulsiones de tensiones múltiples entre las organizaciones sociales emergentes y las fuerzas que se replegaban.

Con un “será un gobierno sin muertos”, con una ley anticorrupción, con el mensaje de haber llevado a los sectores sin voz al parlamento, de la liberación social y lucha contra los grandes poderes económicos, Evo Morales llegó al poder en enero de 2006. Anunciaba el “gobierno del cambio”. Ese gobierno, ya en octubre de 2019, fue objeto de múltiples denuncias de fraude electoral y mostraba notablemente disminuido su apoyo popular. Antes de ello, la recurrencia en palabras de cada final de era: prorroguismo, corrupción, abusos, narcotráfico…

Este octubre de 2020, Bolivia va completando un año de tortuosa transición, agravada por un colapso económico planetario. Se abre un interrogante: ¿qué tipo de nueva era política y social nos espera?

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