Nuevo reto para el pueblo que nació hace 100 siglos

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Publicado el 29/11/2021 a las 7h00
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Faltaban 6,5 milenios para que apareciesen los tiahuanacotas y siete para que erigiesen la Puerta del Sol; los uru ya habitaban estas tierras. Faltaban 5 mil años para que los faraones egipcios ordenen iniciar la construcción de las pirámides; los uru ya navegaban por los lagos andinos. Faltaban 80 siglos para que naciese en Belén un niño llamado Jesús; los uru ya contaban una historia parecida a la de Noé. Desde entonces, es decir, hace aproximadamente 10 mil años, según diversos estudiosos, data la existencia del pueblo uru, o más propiamente, “gotsuni”. Valga puntualizar que otros calculan sólo entre 5 mil y 6 mil, que no es poco y alcanza para las comparaciones. 

Una investigación de los historiadores Pedro Callisaya y Ladislao Salazar y del sociólogo Jorge Ortiz señala meticulosamente los hitos de esta historia. La proverbial resistencia uru o gotsuni (Qhas-suñi) está marcada ya en aquellos tiempos en que gigantescos lagos cubrían lo que hoy es el altiplano. Lo que algunos interpretan como la era posterior a la última glaciación planetaria. 

Ellos aseguran que surgieron cuando retornaron los rayos del sol, luego de una larga era oscura. Dicen que hasta entonces sus antecesores, “los chullpa”, vivían refugiados en grutas y su salida al sol los fulminó. Algunos sobrevivientes gestaron a los urus o, en aimara, “los hombres de la aurora”. Luego, los urus resistieron y trascendieron los notables cambios geológicos. Y después, las invasiones aimaras, incas y española, hasta un presente en el que otras fuerzas parecieran apostar a extinguirlos.

“Están pasando momentos de muchas dificultades —dice la diputada Toribia Lero, que lideró la comisión de naciones orginarias y visitó las zonas uru—. Especialmente las comunidades que viven en la zona Oruro donde fue destruido su hábitat, el lago Poopó por la acción tanto de las empresas mineras como por el cambio climático. El problema es que las autoridades no entienden aún lo que tienen que hacer, no valoran que ellos tienen en su identidad una riqueza particular”. 

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La sequía del lago Poopó se hizo aguda en 2015, las embarcaciones de pesca quedaron varadas.

Son, sin duda, una nación particular. “Somos descendientes de la humanidad anterior, nacieron de cuatro chullpas (dos masculinos y dos femeninos) que escaparon del incendio primordial”, rezan los textos de testimonios urus que rescataron los historiadores. Los tres grupos que hoy viven organizados en Bolivia (chipayas, muratos e iruitos) aseguran que descienden de los “primeros habitantes del mundo”. Para reforzar la hipótesis de su milenaria presencia, las mediciones antropométricas marcan notables coincidencias. La forma de los cráneos de los habitantes que la antropología considera como los más antiguos de América coincide con la de los urus. 

Por ello, tanto ayer como hoy, los gotsuni han sido vistos por otros pueblos generalmente con cierta distancia, cuando no con una marcada discriminación. Desde siempre había una singular frontera con las demás etnias pues los urus señalaron el agua como su espacio vital. Pescadores, cazadores de aves acuáticas y navegantes, ellos eran “los hombres del agua” y el resto “los hombres de tierra”. De hecho, “gotsuni” traducido del idioma uru significa “hombres del agua”. Es por ello que, durante siglos, su presencia se consolidó en torno a los lagos Titicaca y Poopó, el río Desaguadero y lo que hoy es el salar de Coipasa (otrora zona lacustre). 

Tuvieron una notoria presencia y poder. Documentos españoles de 1580, mencionados por Callisaya, Salazar y Ortiz, los citan entre las tres etnias más significativas del altiplano, junto a aimaras y quechuas. Según el censo del virrey Toledo de 1573, casi 80 mil urus habitaban la región, representaban el 24,3 por ciento de la población indígena. Pero, en el curso del siguiente siglo, españoles, aimaras y quechuas fueron responsables de un genocidio contra el pueblo gotsuni. En 1697, sólo se contabilizó alrededor de 6.400 urus, casi el 92 por ciento de la población había sido exterminada. 

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Un grupo de músicos uru chipayas durante una visita de autoridades en 2018.

Tres siglos y dos décadas más tarde, la huella de aquel genocidio queda latente en la población uru. De acuerdo al censo del año 2012, la cantidad de personas de 15 años y más que se identificó como miembro de la nación Uru ascendía a 929 habitantes. Con esa base, probablemente, la población total no pase de los 6 mil gotsunis o urus. “Veremos qué nos dice el censo que se realizará el próximo año —reflexiona Lero—. Es posible que en 2012 no todos se hayan identificado como tales debido a los temores que surgieron sobre la consulta”.

¿Por qué se produjo el genocidio uru en el siglo XVII? Los historiadores citados establecieron dos factores fundamentales: lo tributos y la evangelización. Como es sabido, los españoles plasmaron su dominio repartiéndose entre sí tierras e indígenas para servidumbre. En un principio, paralelamente a la imposición de espadas y arcabuces, la monarquía debatía si los “descubiertos” eran o no humanos. El clero, por su parte, debía definir si los indígenas tenían alma. 

Los veredictos marcaron el destino de los urus y no se basaron precisamente en razones humanistas o religiosas. Era claro que si aimaras, quechuas y urus no hubiesen sido considerados humanos, entonces no tendrían que pagar tributos. Estaba también claro que si carecían de alma, entones no podrían engrosar las filas de la cristiandad y, por lo tanto, tampoco tendrían que pagar diezmos. 

Pero, una vez resueltas las dudas, los gotsunis enfrentaban una marcada dificultad: no trabajaban la tierra, “eran los hombres del agua”, no podían tributar como los aimaras y quechuas. Sus escasas posesiones, sus limitadas potencialidades económicas hicieron que sean vistos de menos por españoles, por aimaras y quechuas, y entonces empezaron a oprimirlos. 

¿Por qué en el siglo XXI los urus corren el riesgo de una mayor extinción? Hace aproximadamente tres siglos y tres décadas los gotsuni empezaron la etapa más crítica de su diez veces milenaria existencia. Tras duros enfrentamientos que decidieron emprender contra quechuas, aimaras y españoles, los sobrevivientes se replegaron a confines lacustres cercanos al Titicaca, al Poopó o a los salares. Todo parecía haber ingresado en un tiempo de recuperación, pero hace algo más de medio siglo otras fuerzas empezaron a acosar a los uru. La contaminación desbordada, el cambio climático y nuevos juegos de intereses políticos y económicos hoy afectan a las comunidades de los hombres del agua. 

“Los uru-chipaya, ubicados en el salar de Coipasa, en la provincia Nor Carangas (Oruro), la comunidad uru más grande y mejor preservada (3 mil habitantes), enfrentan la continua sequía del río Lauca —explica el historiador Pedro Callisaya—. Eso significa menos pesca, menos caza. Han sido los que más se adaptaron a la agricultura y abierto incluso a otras actividades productivas y hasta el turismo. Sin embargo, en todos los rubros enfrentaron dificultades. Entonces, paulatinamente, los jóvenes optaron por cruzar la frontera e ir a trabajar a empresas chilenas, ahorrar y volver, pero no vuelven todos.

Otros vendieron su mano de obra en Oruro. La población fue disminuyendo”. 

Mientras, los iruito, que habitan en la cabecera del Desaguadero, cerca de Jesús de Machaca (La Paz), sufren una creciente contaminación y sequía del río. También sufren múltiples carencias, incluida la falta de agua potable. En este caso, los jóvenes han optado por el comercio y el cruce de frontera hacia el Perú. Los historiadores reconocen la labor tesonera de los hermanos Lorenzo y Ciriaco Inda para defender y fortalecer su identidad. Son la más pequeña de las tres poblaciones uru en Bolivia, con probablemente menos de 100 habitantes. “Hace varias décadas había más poblaciones uru en zonas aledañas al lago Titicaca —cita Callisaya—. Pero poco a poco se aimarizaron y finalmente desaparecieron”. 

En el caso de los uru muratos, la adversidad hoy sabe a tragedia. Los tres ayllus de esta comunidad viven a 130 kilómetros de la ciudad de Oruro, en la ribera noreste del lago Poopó. Ese lago, otrora el segundo más grande de Bolivia y el quinto de Latinoamérica, del que hoy casi sólo queda el nombre. La contaminación minera, los desvíos de afluentes y el cambio climático precipitaron hace seis años la agonía del eje vital de los gotsuni. Desde las últimas dos décadas, el Poopó se convierte durante temporadas cada vez más largas en un desierto mientras con cada año que pasa recibe menos lluvias.

Crea un espejo de agua de apenas unos centímetros de profundidad que se evapora en contadas semanas. 

“Las empresas mineras que siguen echando sus residuos al Poopó, más la sequía y los trasvases para riego, arruinaron el hábitat urumurato —remarca Lero—. Desaparecieron los peces, las aves con sus ciclos de reproducción y los uru-murato vivían del agua sí o sí. A diferencia de los chipaya, ellos nunca pudieron acceder a tierras para cultivos. Apenas tenían un morrito donde salían secar sus pescados o a trabajar sus artesanías o herramientas. Hoy sólo les queda ese morrito. Han solicitado insistentemente al Instituto Nacional de Reforma Agraria que les permita sólo acceder a las franjas de seguridad del lago, pero les rechazaron”. 

Según el informe de la comisión parlamentaria que visitó aquella zona en abril de este año, las carencias de esta comunidad son generalizadas. De los tres ayllus que conforman los uru murato, sólo uno, Vilañeke, tiene algo de tierras: alrededor de cinco hectáreas. Se llega al extremo de que el ayllu de Tinta María apenas dispone de un espacio de 450 metros cuadrados. No gozan de energía eléctrica, no reciben ítems para los 70 alumnos de su escuela y no tienen ayuda médica. Es más, “los hombres del agua” hoy deben salir de su territorio a trabajar para otros y por necesidades vitales como agua para beber. 

Piden agua y prestan sus servicios para comunidades que frecuentemente los discriminan. Cuentan que los aimaras suelen llamarles “chullpa puchus” o escupo de chullpa, y que los ven como anticuados y subdesarrollados. Es decir, que sufren una doble discriminación si se recuerda la distancia que han tomado frente a ellos las autoridades estatales. No ha sucedido así en Perú o en Chile. 

En el primer país, las comunidades gotsuni cercanas a Puno desarrollaron diversos proyectos turísticos donde destacan las célebres islas flotantes. En tierras chilenas, pese a ser, junto a los aimaras, comunidades inmigrantes, ya lograron la atención de autoridades de Iquique, Arica y Antofagasta. Varias investigaciones en universidades chilenas, especialmente de la Universidad Arturo Prat de Iquique, han analizado el fenómeno de la inmigración uru a ese país. En una de ellas (“Los uru-chipayas en Chile”), el sociólogo Carlos Alberto Muñoz destaca “la fortaleza de la identidad étnica Chipaya” y “las estrategias de aglutinación de la comunidad y de proyección en un nuevo escenario social”. 

El sociólogo remarca algo que no deja de sorprender a los estudiosos: la voluntad uru por preservar su identidad como principal valor de supervivencia. “A diferencia de otras naciones, para los urus su identidad es lo fundamental —explica Toribia Lero—. Se esfuerzan, tienen muchos alumnos que avanzan hacia el bachillerato. Pero además quieren una educación bilingüe en su idioma, sus vestimentas, su arquitectura y costumbres. Se esfuerzan por preservar esa identidad y, fruto de ello, reciben ayuda de algunas organizaciones no gubernamentales e instituciones académicas, aunque obviamente resultan insuficientes”. 

No sólo resisten ni menos se resignan. A medida que la crisis ambiental empezó a agudizarse, los gotsuni se organizaron para presionar a las autoridades. Entre 2012 y 2013 se movilizaron y fueron baluartes para que cristalice la Ley 450 para pueblos en estado de alta vulnerabilidad. En los últimos años, en medio de la crisis política y la pandemia, hacen esfuerzos para que cristalice la ayuda diferenciada que esta ley establece. El temple de su diez milenaria existencia ha vuelto a ser puesto a prueba. 

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