Mutilados, estresados y rescatados: Agroflori ampara a más de 2.500 animales
¿Puede un animal silvestre olvidar cómo ser libre? Un pequeño zorro andino al que le cortaron la cola como “amuleto”; una cachorra de ocelote secuestrada de su hogar y que nunca aprendió a cazar; loros que se arrancan las plumas una a una presas de la ansiedad del encierro o aves con las alas mutiladas que no podrán volver a volar se suman a las más de 2.500 víctimas del mascotismo, el tráfico ilegal y el maltrato refugiadas en el Bioparque Agroflori, en el municipio de Quillacollo.
Este oasis natural, que hace más de tres décadas nació como vivero y hoy ofrece una segunda oportunidad a miles de animales rescatados, se encuentra a pocos metros de la congestionada avenida Blanco Galindo. Marcelo Antezana, tras ser testigo del comercio clandestino de especies cuando era piloto, fue quien creó este espacio considerado un “hospital de animales” que se sustenta con donaciones y las visitas enfocadas en concientizar sobre el maltrato y el tráfico de especies exóticas y silvestres, recordando que las consecuencias de la intervención humana en la fauna son irreversibles.
ANIMALES Mutilados por la superstición y el cautiverio
Durante un recorrido gratuito organizado por la Alcaldía de Quillacollo, en el marco del Día Internacional de los Museos, conocimos más de Agroflori y las historias que marcan a cada uno de los refugiados.
Una de las paradas que más duelen en la visita es la de un zorro andino (Lycalopex culpaeus), con el lomo gris rayado de negro, que habita en el sector norte del bioparque. En sus pequeños ojos y la mirada gacha, guarda el recuerdo de la crueldad humana de la que fue víctima siendo tan solo un cachorro. Él vivía en el altiplano boliviano, hasta que un día lo capturaron. Él no tiene cola. No la perdió en un accidente natural ni peleando por su territorio; se la arrancaron seres humanos para cumplir con un ritual de la creencia local.
“Junto con otros cuatro zorros nos metieron en bolsas de plástico y nos abandonaron. Sé que solo dos de nosotros sobrevivimos y tuvieron que hacer una operación de emergencia, pero solo yo pude recuperarme”, se lee en un cartel informativo al lado de su, ahora, hogar.
El administrador del Bioparque y guía de nuestro recorrido, Jorge Galindo, explicó que la secuela es perpetua, ya que la cola es el instrumento de equilibrio que este cánido necesita para cazar y el elemento principal de su baile nupcial. Al no tenerla, ninguna hembra se le acercará y su reinserción a la vida silvestre es inviable. Por tanto, liberarlo equivaldría a sentenciarlo a muerte.
A unos metros se encuentra una hembra de ocelote. Ella fue extraída de su hábitat en el trópico de Cochabamba cuando apenas tenía dos meses de vida, luego de que su madre desapareciera.
Un particular la trasladó junto a su hermano a un hotel en Quillacollo. Los alimentaron con leche procesada de consumo humano, pero esto les provocó una grave infección estomacal. Afortunadamente, tras un operativo de la policía forestal, los felinos fueron rescatados y llegaron a Agroflori, pero en estado crítico.
El macho no resistió y murió por deshidratación y la hembra logró salvarse. Aunque actualmente luce saludable y es de carácter juguetón, según relatan sus cuidadores, carece de instinto salvaje ya que nunca aprendió de su madre a cazar ni a buscar refugio. Dejarla libre significaría transformarla inmediatamente de cazadora a presa.
El daño psicológico en la fauna es igual de irreversible que el físico. Un claro ejemplo se puede observar en el sector de las aves donde el Bioparque alberga un ejemplar que padece agorafobia: miedo a los espacios abiertos. ¿Cómo un ave puede temer a volar? Esta ave fue criada toda su vida en el encierro, por lo que ahora se rehúsa a moverse o a volar en recintos amplios. En este caso, el estrés de la libertad podría causarle un paro cardíaco.
Otros tres loros sufren de trastornos de conducta, ya que crecieron conviviendo exclusivamente con perros y gatos y perdieron la capacidad de identificarse con su propia especie.
Aves sin vuelo
“Aquí el 80 por ciento (de las aves) está tuerto, con sus patas rotas o alas cortadas. Si ven loros en jaulas pequeñas no es porque no queremos que vuelen, es porque no pueden”, explicó el fundador y propietario Marcelo Antezana.
Mencionó que para evitar que las aves escapen, los traficantes ya no solo cortan las plumas de las alas o las colas, sino que seccionan directamente los tendones. Esto provoca una atrofia muscular permanente y, ante la falta de especialistas y recursos para realizar cirugías reconstructivas complejas en el país, estos animales quedan lisiados de por vida.
Entre las jaulas se observa también una pequeña ave sin pico, un ejemplar de naturaleza curiosa que desgastaba los muebles de madera de sus captores. Como castigo, sus dueños le rompieron el pico y afectaron su capacidad de alimentación autónoma.
Asimismo, loros y parabas que fueron sometidos al cautiverio doméstico llegan con el pecho totalmente pelado o lastimados. Galindo explicó que, al ser forzados a imitar el habla humana —y no poder—o al encontrarse en entornos ruidosos, entran en cuadros de ansiedad y se arrancan las plumas. Debido al daño en el folículo, estas no vuelven a crecer. “A tal punto llega el maltrato de las personas”, expresa Galindo. Además, la mayoría de estas especies de aves son monógamas, es decir que forman parejas para toda la vida, pero el tráfico rompe estos vínculos, provocando que muchos individuos mueran de depresión tras la separación.
Mitificación: un problema
El problema ambiental es aún más complejo cuando se introducen especies exóticas al país, subrayan los guías. Y, otro gran problema que atenta contra la vida de los animales es la persistencia de mitos urbanos. Tal es el caso de las lechuzas que son frecuentemente perseguidas, apedreadas o crucificadas debido a la creencia errónea de que atraen la mala suerte, el hambre y la pobreza.
Los especialistas del parque aclaran que estas aves funcionan como controladores biológicos de plagas. Por lo que, si se acercan a las viviendas es porque son atraídas por la presencia de roedores. Agroflori alberga a algunas de ellas.
Las petas de río también sufren de la crueldad humana. Ellas son capturadas de forma masiva en la región del Chapare, son asesinadas para el consumo de su carne y huevos, o para la fabricación de cosméticos bajo la falsa promesa de eliminar líneas de expresión. Además, su traslado hacia zonas frías de los valles o los viajes largos por el tráfico ilegal provocan su muerte por hipotermia.
Los erizos, introducidos como mascotas de moda hace un tiempo, también sufren maltrato al ser forzados a mantener actividad diurna por sus dueños. Esta situación altera su naturaleza nocturna. En el refugio viven algunos ejemplares rescatados.
Asimismo, pese a ser parte de nuestro escudo nacional y apreciadas por su majestuosidad, los cóndores andinos son cazados, envenenados o maltratados porque “supuestamente roban ovejas o niños, pero son carroñeras”, aclara Galindo.
En el refugio, un joven ejemplar muestra su belleza a los visitantes que se quedan a contemplarlo. Lamentablemente, nunca podrá sentir la libertad ni surcar los cielos porque tiene las alas atrofiadas.
especies exóticas
El sector sur del bioparque está destinado a animales exóticos procedentes de otros continentes y cuya comercialización en el país carece de una regulación estricta. Entre ellos están las tortugas californianas, nativas de Norteamérica, que se convirtieron en una plaga en los ecosistemas de América Latina porque muchos ciudadanos las adquieren por su tamaño reducido y luego las liberan de forma irresponsable en acuíferos urbanos como las lagunas de Alalay o Coña Coña. Pero, al ser carnívoras y no tener depredadores naturales, arrasan con los peces y las aves migratorias.
Los visitantes también pueden conocer y maravillarse con la gama de colores, los exuberantes plumajes y la variedad de cantos de diferentes especies de agapornis, cotorras, gallinas como las de Asia, faisanes, pavos, entre otros. Lamentablemente estos animales tampoco pueden regresar a su lugar de origen.
SANTUARIO DE LA PARABA
Uno de los pilares de conservación del bioparque es la voladera principal ubicada al ingreso y destinada a la Paraba Frente Roja (Ara rubrogenys). Esta especie es un guacamayo endémico de Bolivia, cuyo hábitat exclusivo son los valles intermedios de la cuenca del río Caine. Actualmente, se encuentra en peligro crítico de extinción: se calcula que restan apenas entre 1.500 y 1.800 individuos en vida silvestre, detalló Antezana.
Contó que, forzadas por la necesidad, las parabas descienden a los valles agrícolas para alimentarse de cultivos de maíz, choclo y maní, pero esto genera un conflicto directo con los comunarios de la zona, quienes las capturan o matan para proteger su producción, alimentando además las redes de tráfico ilícito.
Agroflori alberga actualmente a 22 de estos individuos, todos rescatados de situaciones de maltrato o del comercio ilegal. Esta es la mayor concentración de la especie bajo custodia en todo el territorio nacional y el refugio ha logrado conformar cinco parejas estables y registrar casos exitosos de reproducción en cautiverio, destaca. El objetivo a largo plazo es coordinar con el Ministerio de Medio Ambiente y la Gobernación para implementar protocolos que permitan la liberación de las futuras generaciones en su hábitat de origen, apuntó.
Esto es solo una fracción de las cientos de historias en Agroflori, donde cada ser vivo -mamíferos, aves, reptiles, peces o plantas- recibe una segunda oportunidad. Pero, frente a este panorama, la pregunta no es si estos animales podrán algún día olvidar el cautiverio o recuperarse completamente, sino cuándo aprenderemos nosotros a respetar su libertad.






























