Un reencuentro inesperado en la cárcel de Ushuaia
Stefan Gurtner, escritor, director de teatro y miembro de PEN Bolivia
Esta entrega de la crónica sobre el viaje que hice desde Bolivia hasta Tierra del Fuego trata sobre un prisionero de carne y hueso que estuvo encarcelado en la famosa y temida prisión de Ushuaia y con quien ya me había topado anteriormente en otras circunstancias.
En mi primer capítulo de la crónica hablé de un preso imaginario en Ushuaia, en la “cárcel del fin del mundo”. Se trataba de uno de los primeros cuentos que escribí cuando era adolescente, en el cual Josef Mengele, alias Dr. Caramarilla, un criminal de guerra nazi, terminaba en aquel sitio siniestro. Mucho tiempo después, cuando escribí el libro “Doña Isidora y sus increíbles historias”, volví a escuchar hablar de esta cárcel. La novela relata la historia de la abuela de mi esposa boliviana Guisela. Isidora era aymara, analfabeta y cofundadora del primer sindicato de mujeres comerciantes de Bolivia.
Este movimiento tenía amigos en Argentina, anarquistas, por cierto. Uno de ellos les relató a las mujeres, durante una visita, la historia de Simón Radowitzky, un inmigrante ruso-ucraniano. Cuando era muchacho, este emigró a Argentina a causa de la persecución política tras la Revolución de 1905, donde aprendió el oficio de herrero.
“El 1 de mayo de 1909, durante una manifestación de la federación sindical anarquista en Buenos Aires, Simón fue testigo de cómo soldados bajo el mando del coronel Falcón abrieron fuego contra los obreros desarmados”, continuó el hombre. “Siete meses después lanzó una bomba al carruaje del coronel. El oficial y su ayudante murieron en el acto. Simón fue condenado a muerte y luego, debido a su corta edad, a cadena perpetua, siendo enviado a la cárcel del fin del mundo.”
El visitante también contó cómo su pequeño hijo una vez se escapó de la casa: “Vivíamos entonces en el norte de Argentina. Lo encontramos caminando a lo largo de las vías del tren, saliendo de la ciudad, con un palo al hombro del que colgaba un atado. Quería ir a Tierra del Fuego para liberar a Simón de la cárcel.” Hay que saber que, por entonces, entre los activistas anarquistas se hablaba mucho del caso, y el chico había escuchado en las reuniones que Radowitzky estaba preso en Tierra del Fuego.
Así pues, cuando mi hermano Martin y yo entramos durante nuestra visita a Ushuaia en la prisión, hoy convertida en museo, yo ya sabía que Simón Radowitzky había estado encarcelado allí desde 1911. También sabía que en 1930 había sido indultado y que luego encontró exilio en México.
Naturalmente, esta historia, junto con la del Dr. Caramarilla, fue una de las razones por las que quería visitar el lugar a toda costa. Lo que no esperaba, sin embargo, era encontrar en una de aquellas húmedas y frías celdas un panel conmemorativo dedicado a Simón, junto a otros que resumían la vida y los sufrimientos de antiguos prisioneros.
Según un artículo de la revista argentina “Revista Pensamiento Penal”, los reclusos “soportaron posiblemente las condiciones más inhumanas que se les puede dar a los presos en una prisión. Se puede concluir que Ushuaia fue una de las prisiones más hecatombitas en detrimento de los prisioneros y condenados que ha existido en la humanidad.”
Cada año, cuando se cumplía el aniversario del atentado contra Falcón, Radowitzky era enviado durante veinte días a una celda de aislamiento, en completa oscuridad y alimentado solo con pan y agua. Incluso a los más duros se les quebraba el alma con ese trato.
Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia; autor y año desconocidos
“Los presidiarios que eran enviados a este confín muchas veces lloraban e incluso antes de llegar a la isla ya pensaban en suicidarse y cuando se desembarcaba muchos se tiraban al agua y querían morirse congelados, ya que tenían una noción infernal sobre las condiciones aterradoras de dicho panóptico”, continúa diciendo la revista ya citada. “En tanto la muerte y desolación fue brutal y pan de cada día, si alguien se moría de abusos o enfermedad se le enterraba y no pasaba nada, sin embargo, muchas veces no se ha averiguado de que porqué murió tal o tal preso. Si alguien sabía algo se lo amenazaba o torturaba para que deje de hablar.”
Una de las labores de los presos era talar árboles en las montañas del interior de la isla, en cualquier época del año, con cualquier clima y apenas con sus delgados uniformes, pese al frío helado. Especialmente al principio, cuando se construyeron la prisión y el poblado alrededor, la necesidad de madera era tan grande que incluso hubo que construir un pequeño ferrocarril de trocha angosta para transportar los troncos. Pero también más adelante el consumo de leña para cocinar y calefaccionar siguió siendo elevado.
Aunque Simón lo intentó, tampoco durante ese trabajo había posibilidad real de escapar. “Si uno se escapaba se le buscaba por aproximadamente 40 días y si al cabo de esos días no aparecía, se le daba por muerto, ya que las condiciones climáticas y geográficas hacia casi seguro que ese fugado haya muerto de frío, por hambre, por ataque de un animal salvaje o ahogado y congelado en las frías aguas del mar del fin del mundo.”
Actualmente el trencito ha vuelto a funcionar con fines turísticos. Hasta hoy pueden verse los bosques talados. Los árboles de lenga, propios de esta región inhóspita, crecen apenas unos pocos centímetros al año, pero llegan a vivir entre 150 y 300 años. En la estación, jóvenes vestidos con uniformes de presidiarios a rayas negras y amarillas hacen bromas y se dejan fotografiar con los visitantes a cambio de unas monedas. Hoy casi nadie puede imaginar lo que Simón Radowitzky, mi “viejo” conocido, y otros presos tuvieron que soportar en aquel entonces.
































