Edgar Alandia, un compositor de música clásica con buena estrella

Entrevista
Publicado el 11/11/2019 a las 0h00

El orureño Edgar Alandia Cañipa, de 69 años, es uno de los más destacados compositores bolivianos de música clásica a nivel internacional. Ha desarrollado su carrera en Europa, pero vive presentando y creando sus obras en diversas capitales del mundo. Haciendo gala de sencillez y buen humor, conversó con OH! sobre su singular vida.

 

—Usted ha declarado que es de naturaleza flojo, sin embargo, ha triunfado en una carrera extremadamente exigente. ¿Cómo conjuga eso de ser flojo y a la vez exitoso compositor de música clásica?

—La suerte ha sido poder conjugar esa flojera con la pasión, de manera que se hizo muy sobrellevadera la posibilidad de hacer las cosas. También, aparte del empeño o la capacidad, hay un factor muy importante que es la suerte. Creo que he tenido bastante suerte.

 

—¿Puede citar algunos de esos golpes de suerte?

—La suerte de la familia que siempre me ha estimulado esta pasión del arte en general y de la música específicamente. También la suerte de haber compartido con personas que tenían una idea de la profesión ya muy clara, como una cuestión profesional y no de gustos o como un hobby. En Bolivia muchas veces se suele tomar el arte como un pasatiempo, pero no es correcto porque en realidad es una profesión tan seria, y hasta más seria, que otras profesiones.

 

—A propósito de la familia, usted es sobrino directo de dos celebridades como Miguel y Oscar Alandia Pantoja. ¿Cuánto influyeron ellos en su vena artística?

—Más que como influencia personal, como ejemplo. Eran siempre personas muy cariñosas y abiertas. Por ejemplo: estuve alguna vez, de vacaciones, largo tiempo en la casa de mi tío Miguel. Entonces vi cómo él pintaba todos los días, desde las 9:00 hasta las 12.00 y desde las 15:00 hasta las 19:00, como si fuera un oficinista. Ése fue un ejemplo de seriedad de compromiso.

—Su infancia y adolescencia las pasó en Oruro y se fue a Italia de 19 años. Entonces, ¿cómo fue su formación musical básica? ¿Pasó clases personalizadas o algo así?

—Estudiaba, en el Anglo Americano, piano con una profesora. Para la composición, fui autodidacta. Estuve cuatro meses en La Paz preparándome para venir a Europa. Estudié piano con Adela Lea Plaza y composición con Alberto Villalpando.

 

—¿Cómo fue el shock de su llegada a un medio musicalmente tan avanzado como el italiano?

—Fue el choque entre la idea que uno tiene y la realidad. La realidad era que yo, prácticamente, no tenía ningún tipo de preparación. Era una carrera de 10 años. Me habían clasificado para el curso sexto. Yo me sentía un poquito más abajo que Chopin. Pero en las primeras clases el profesor se dio cuenta de mi situación y me bajaron a primer curso.

Obviamente, mi preparación, habiendo sido autodidacta, era nula; pero pensé que tenía talento, aunque eso era algo relativamente marginal para mí. Entonces, entre ambas cosas pude aceptar que no tenía ningún tipo de preparación técnica. Por otra parte, sentí que debía esforzarme por desarrollar lo que tenía.

 

—Eso implica 10 años de riguroso estudio, ¿no es cierto?

—Sí, era una carrera programada para 10 años de estudio, pero afortunadamente pude hacerla en siete. Son cursos muy rigurosos. Uno no puede escaparse porque son clases individuales. La formación resulta muy amplia. Aparte de la composición en sí, hay que hacer piano, historia de la música, musicología, historia del teatro, un sinfín de materias. La formación cultural es muy amplia.

Logré sacar dos diplomas: composición y dirección de orquesta. Pero la dirección de orquesta siempre fue para mí una especie de subsidio, de herramienta. Hubo casos en los que tuve que dirigir y no estaba mal, pero mi inclinación profesional siempre ha sido la composición y a eso me he dedicado.

 

—¿Fue una beca?

—Una beca de mis papás. Tenían mucha confianza, mucho amor por nosotros sus hijos. Esa suerte de que haya artistas en la familia hizo que ellos realizaran el esfuerzo de mandarme a estudiar. Eso durante unos tres años, después ya empecé también a trabajar. Con los pequeños oficios que iba aprendiendo empecé a conseguir trabajitos.

Por ejemplo, tocaba piano en una escuela de ballet y me ganaba mis pesitos para vivir como estudiante.

 

—¿Y cómo empezó su vida profesional?

—Un año antes de salir del conservatorio, justo como pianista de ballet, recibí primero una y luego tres ofertas para trabajar en teatros de ópera: en la ópera de Liege, en la de Bruselas y en la de Charleroi, en Bélgica. Ellos me conocieron en Roma y les pareció que lo hacía bien con ese trabajo. Entonces me fui a trabajar a la ópera de Bruselas entre 1977 y 1978, con una de las compañías más importantes, sino la más importante del mundo, en esa época. Era el Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart.

Fue una experiencia muy importante porque uno está en el máximo de los máximos en el espectáculo de ballet. Trabajando con ellos aprendí mucho sobre cómo se monta un espectáculo. Fue una experiencia muy formativa. Tuve también suerte en eso, ¿no?

 

—Leí que llegó a Italia ya con algunas composiciones bajo el brazo. ¿Cuándo empezó a componer más y a dedicarse a la composición?

—Cuando llegué tenía mis piecitas de autodidacta, pero nada importante. Las primeras obras serias que se pueden tocar directamente son las obras de los últimos años de conservatorio, a partir de 1976.

Luego, y siempre yendo por el camino de la suerte, cuando volví de Bélgica participé en un concurso mundial de composición, el Premio Internacional de Composición “V. Bucchi” de Roma (1978). Quién sabe si tampoco estaba mal, y lo gané.

A raíz de ese premio tuve mis primeros contactos con los editores que constituyen la entrada a la profesión por la puerta principal. A partir de ese momento, uno es considerado un joven profesional, prometedor, etc. Pero es también cuando uno empieza a trabajar en serio porque esa oportunidad que se presenta uno tiene que aprovecharla. Es cuando uno tiene que trabajar duro. Esto significa escribir continuamente, acabar una obra y empezar otra, muchas veces trasnochándose. Yo digo que soy flojo porque soy flojo, pero eso no quiere decir que el trabajo sea liviano.

 

—Tiene más de 80 composiciones y varios premios internacionales. ¿Cuáles han sido los momentos más felices de su carrera?

—Hay muchos momentos. Imagínese que cuando uno escribe lo hace para la orquesta, no tiene la orquesta por delante, es una especie de imaginación, fantasía. Entonces, cuando uno escucha que la orquesta la está tocando es un momento muy emocionante. Es cuando se ve si corresponde a lo que te has imaginado.

 

—La tierra siempre lo llama. Varias de sus obras tienen nombres andinos en quechua o aymara.

—Sí, es la añoranza, la reminiscencia. Las palabras que uso dan más la imagen de lo que está expresándose en la obra. Por ejemplo, “kunata”, es decir, “por qué”, en aymara. De repente es una obra que hice porque tenía que hacerla, pero no tenía muchas ganas. O el caso de “Pukuy”, “el aire”, para un solo de clarinete.

 

—El altiplano, los Andes, el cambio abrupto… ¿Cuánto le aportaron su vida en Oruro y su viaje a Europa a sus capacidades de compositor?

—Oruro es un lugar dominado por los vientos y con el fondo de montañas siempre simétricas. Esa especie de imprenta que tenemos viviendo en lugares inhóspitos como la pampa andina y además tan impresionante por su magnitud, esa sensación doble, inmediata, de dominio y de pequeñez. Además tuve también la suerte de que mi padre fue uno de los impulsores de la Reforma Agraria. Entonces eso me puso muy en contacto con el campo. Acompañaba mucho a mi padre y muchas veces también los campesinos venían a la casa. Entonces oírles hablar, verlos en su cancha, ver sus problemas, su carácter también, tan cerrado a veces, pero tan acogedor cuando se abren, fue muy especial.

Eso por una parte. Luego, la confrontación con una cultura muy diferente, como la europea, donde todo está hecho, y pareciera que no se podría hacer más. En ese sentido, conjugar las dos cosas con la técnica aprendida aquí para hacer cosas diferentes resultó muy valioso.

 

—Vi que en lo clásico sus favoritos son Bach, Schumann, Chopin, entre otros, ¿cuáles son sus favoritos en la música boliviana?

—Me gustan mucho la música autóctona, los sikuris de Italake, de Charazani, las moseñadas. Quién sabe, la música instrumental de Savia Andina de los 70 está muy bien lograda. Pero música como la de los Kjarkas me parece que desvirtúa el carácter cultural de la música andina, no precisamente boliviana.

Es como el carnaval de Oruro, que yo recuerdo era un momento en el que se expresaba una calidad coreográfica y de exhibición de la artesanía de los trajes que era hermosa. Lo propio con la calidad de las bandas. Todo eso se ha perdido porque con mil bailarines tampoco puede hacer mucha coreografía. Los vestidos se traen de China y las bandas, en vez de tocar, bailan. Cambió mucho.

Por otra parte, las cuecas de Simeón Roncal son muy bien logradas. También la música de Eduardo Caba. Es música mayor, música estudiada. Claro, Adrián Patiño. Igual, entre los más recientes, Atiliano Auza lo hace bien, Alberto Villarpando empezó muy bien, pero luego como que se ha perdido.

Entre los más jóvenes veo que hay mucho interés. Pero, quién sabe, falta un poco de madurez, en el sentido de tratar de salir de lo obvio de ser boliviano. No porque sea malo, sino que el mundo ya es pequeño, no necesariamente uno tiene que mandar postales.

 

—¿Cuál es el mayor talento para ser compositor?

—La capacidad de ser curioso. Eso te lleva a tratar de entender, de descubrir las cosas. De eso se trata. La experiencia emocionante no es lograr la obra, sino mientras uno hace la obra. Es como cuando uno resuelve un examen de matemáticas. La satisfacción no viene sólo cuando se llega al resultado, sino también cuando se realiza el ejercicio, y uno se tranca y tiene un problema y lo resuelve. Es un momento más emocionante que el momento final.

 

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