La estructura estatal de Odorico Paraguazú
Odorico Paraguazú es el político más amado de la historia. De hecho la saga que relata su leyenda se llama: “O bem amado”. Brasileño era el hombre. Constituido en autoridad, mandó a construir un cementerio, pero el detalle quizá insignificante es que no había un muerto para enterrar en la pequeña ciudad bajo su mando. Imposible inaugurar la obra sin un difunto. Para Odorico, inconcebible un político sin inauguraciones, guirnaldas y aplausos. Se tornó obsesiva la idea de la inauguración del campo santo; hizo todo cuanto podía hacer, hasta llegar incluso a contratar a “Seca Diablo”, un temible asesino a sueldo que vino a la ciudad con la sola finalidad de posibilitar el muerto que permita al político amado inaugurar su obra estrella: el cementerio.
La suerte no estaba del lado de la obra sin inaugurar. Al final de la tragicómica historia, fue con el cadáver de Odorico Paraguazú que se inauguró el Cementerio de Sucupira. Triunfa en el fondo el amado político, se inaugura el cementerio, pero muere en el intento. No supo, quizá, el entrañable Odorico que el cementerio era irrelevante. No entendió la Autoridad, que sin el cementerio esa gente vivía muy bien. La sociedad que él administraba y representaba era perfecta. El acto protocolar que tanto deseaba y que al final le costó la vida —la vida política y la biológica— poco interesaba al pueblo, que contaba con otras preocupaciones algo más reales y más importantes.
Ese recuerdo cariñoso de Odorico, inseparable de las notas musicales de Vinicio de Moraes, nos lleva directamente a pensar en los 300 y tantos gobiernos que hay en Bolivia. Todos autónomos. Todos ellos tienen al mando un Odorico Paraguazú. Desde el Gobierno Nacional hasta el humilde Alcalde Seccional, todos han adquirido la lógica de Estado de Odorico Paraguazú. Buscan afiebrados inaugurar la obra sensacional que los eternice en el poder. No existe ni por asomo la idea de desplegar estrategias de desarrollo para resolver anhelos verdaderos de la gente. No. Como Odorico, el amado, todos creen que hay que inaugurar “LA” obra monumental. En ese intento, todos los políticos en ejercicio del poder, al igual que Odorico, terminan construyendo el cementerio político que los albergará en algún momento. Todos creen que gobernar es un acto de guirnaldas y aplausos (obviamente, previo algún gasto abultado que genera el 10% sagrado). Todos son ídolos en miniatura, con decenas de asesores pegados al oído que les cantan alabanzas. Todos políticos amados, al igual que Odorico, que por cierto, pese a ser amado, no dejó ser perverso en su afán de tributarse algo de gloria menuda con el presupuesto público. Por ser amado no dejó de ser sepultado y olvidado, incluso con su mega obra inaugurada.
No existe el secreto de la vida eterna en política. Pero eso no es obstáculo para que todos nuestros políticos consideren la posibilidad de ser ellos la primera excepción.
Odorico bien pudo gobernar sin pensar en el cementerio que ahora lo guarda silencioso. Los pueblos y los políticos no tienen las mismas preocupaciones y eso es cierto como la Ley de Gravedad. Esa es una sentencia ejecutoriada en el Alto Perú. Eso nos ratifica la inutilidad del modelo Estatal de Odorico Paraguazú, y pese a su contundencia malvada, los políticos bolivianos persisten en replicarlo, como un paradigma de Gobierno que adoptan con un entusiasmo sorprendente. Una sola cosa une a los políticos bolivianos: todos son Odorico Paraguazú en el fondo de sus corazones. A su vez, todos los gobernados, por la misma fuerza de las cosas, también somos iguales en algo: al final les creemos, a los gobernantes, y esperamos ilusos que el cementerio de Odorico, que están construyendo con nuestro dinero en amable despilfarro, será importante de algún modo en nuestra vida.
El autor es abogado

















