¿Por qué no, señor presidente?
Porque no, señor Presidente. Porque se supone que lo que nos separa del abismo del caos y la barbarie son las leyes. Que éstas debido a su carácter consensuado y obligatorio, son lo que nos da espesor y coherencia como sociedad. Porque se supone que el estricto cumplimiento de nuestros marcos jurídicos es lo que nos hace civilizados, lo que detiene la impunidad de los ambiciosos, lo que frena la desmedida egolatría del poder por el poder, del bajo fondo de los inmorales. Recurrir a las triquiñuelas, a la viveza criolla, a la irracional manipulación del espíritu de las leyes no es legítimo, ni tolerable. Es cobarde y peligroso. Peligroso para los gobernantes que haciendo aquello pasan a la condición de tristemente célebres y peligroso para los gobernados que si aceptan en silencio la majadería, se vuelven cómplices y por ello culpables. Por eso, no, señor Presidente.
No podemos aceptar de callados que ésta débil democracia que ha costado sangre recuperarla, sea amenazada por el simple hecho de que unos cuantos estén cómodos con la costumbre de ejercer autoridad, de usar los mecanismos para consolidar el poder, de disfrutar de las ventajas del status que proporciona ser diputado, ministro o mandatario. Precisamente para evitar esta insana costumbre es que la democracia se basa en la alternancia y la alternancia garantiza la continuidad de las libertades y los derechos. No es culpa de nadie, señor Presidente, que en doce años la estructura política que lo sostiene no haya podido generar otros liderazgos, renovar su discurso, adaptarse a las nuevas demandas de una ciudadanía que ciertamente se hastía, se decepciona y se rebela contra un orden que impera por tanto tiempo y con tan ya pocos resultados.
Lo que usted hizo este tiempo, es sin duda notable e histórico, pero también ha dado señales inequívocas de que ya no tiene mucho más que aportar. Hay un letargo en sus objetivos, una incesante repetición de fórmulas electorales y una nula predisposición a enfrentar las verdaderas urgencias nacionales que tienen que ver con la salud, la educación, la institucionalidad del Estado, los problemas ambientales y la cultura. Todo eso ha sido relegado, mal administrado, folklorizado o politizado de las maneras más irresponsables y soberbias. ¿De verdad cree que los bolivianos creemos todavía en la justicia, en la transparencia de las instituciones en la buena voluntad del gobierno? Más allá de sus grupos orgánicos y su entorno siempre adulador y complaciente, la ciudadanía - señor Presidente- se siente al margen de sus políticas pues usted no logró nunca tener una visión integradora de la colectividad en su conjunto sino que quiso -en lo que yo considero un legítimo intento de equilibrio- empoderar a sectores tradicionalmente marginados y lastimosamente eso derivó en un revanchismo que polarizó peligrosamente la Nación.
Por eso es peligrosa su repostulación, señor Presidente. Porque amenaza a que el ya de por sí espantoso y nauseabundo nivel en que masistas y opositores dan rienda suelta a sus más bajos instintos, a sus racismos y resentimientos mutuos, a su violencia depredadora y a sus odios primitivos, derive en un enfrentamiento más allá de las Redes Sociales y deje el espacio virtual de las amarguras para tomar las calles, para apropiarse de los cuerpos y convertirse en golpes, sangre y agonía. ¿Acaso no hemos vivido eso cientos de veces ya en nuestra historia? ¿Acaso no sabemos que si algo hemos hecho con magnífica persistencia es repetir los odios, el descontrol y el desvarío? Usted tiene la oportunidad ahora de decidir entre la razón y la visceralidad. Tiene la oportunidad de evitar la catástrofe.
Por eso no, señor Presidente. No se juegue así su paso a la historia. No deje llevarse por sus caprichos, sus personales ambiciones, sus vacuos anhelos y delirios. Lo que pretende no está bien, ni para usted ni para el País y las consecuencias visibles requieren más que un simple juego de hegemonía o de burlona sordera ante la demanda de una gran parte de quienes otrora lo eligieron. No lo eligieron para eso, señor Presidente. No es para verlo envejecer en un trono que sus votantes optaron por usted, es para garantizar que ese trono no sea profanado por la corrupción y por las miserias de los miserables y la señal más clara de que eso es una amenaza es la tozudez de quien ya ha dejado de pensar en el bien común para perpetuar su gloria que siempre, siempre, terminará en una estrepitosa caída. Por eso no, señor Presidente.
Xavier Jordán A.
Docente y escritor
xordanov @gmail.com
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