La voz guaraní de Isapi Rua ante la depredación
Javier Hurtado Yáñez
“La lengua y la música como folklore no tiene mucho sentido sino se pasa al discurso político, como arma, como instrumento de lucha” así concibe Isapi Rua, la líder juvenil guaraní la defensa de su territorio y los recursos naturales en el Chaco chuquisaqueño.
Isapi siente que la destrucción lenta, pero inexorable, del bosque, hábitat natural de su pueblo, está ligada a la pérdida de la espiritualidad en las tierras bajas, por lo que propone como punta de lanza de su propuesta políticamente feminista, el retorno a la relación espiritual-material con los ancestros.
La frescura y fuerza de su voz atrajo poderosamente la atención, así que la invitamos a hablar:
Las mujeres son las que más de cerca viven y sufren los efectos e impactos de las actividades extractivas, la destrucción de acuíferos, la deforestación, los agronegocios y en definitiva, las amenazas al territorio guaraní.
Los varones sienten miedo de perder el poder y las dirigencias están coptadas, intentan coartar a las bases y no responden al ejercicio de democracia comunitaria, como el caso de los procesos autonómicos de Charagua. Quienes han estado socializando para tener una gobernanza indígena han sido las mujeres.
“El municipio de Cabezas, hace tres años, sufrió un movimiento sísmico y eso fue interpretado en Tacobo Moro como resultado de las exploraciones sísmicas que se realizaron en la zona, por ese motivo se luchó contra las exploraciones, con las mujeres como cabeza de la rebelión. Eso a las mujeres les significa acusaciones de parte del Estado y de los propios compañeros. Entonces las mujeres se sienten agredidas, mutiladas en su gestión dirigencial cuando, por ejemplo, se enfrentan a la explotación petrolera, porque el asunto es muy delicado.
Las generaciones actuales están tomando conciencia de la lucha acerca de sus propias reivindicaciones. Van entretejiendo las conexiones urbano-rurales, que de alguna forma están reivindicando luchas colectivas en defensa del territorio, no solamente del espacio físico-geográfico, sino —y esto es extremadamente revolucionario— en cuanto al cuerpo de la mujer como territorio, en el que el impacto de las actividades extractivas y la expoliación de los recursos naturales está haciendo estragos.
La relación con los territorios se origina en la relación con los espíritus que están dentro del bosque.
Mi abuelo cuando iba a cortar un árbol para hacer tocos (asientos) pedía permiso al dueño del monte; para ir a tomar agua de alguna laguna o río pedía permiso al espíritu del agua, respetando ese espacio, sin explotarlo; sacar recursos para sobrevivir no para lucrar.
Por eso es que muchos ancianos culpan a esa depredación como la causa para que los acuíferos, ríos y lagunas se hayan secado porque dicen: “Los dueños del agua han tenido que huir frente a la invasión de los territorios”.
Entonces creo que para proveernos de recursos debemos respetar esa espiritualidad de los territorios, los bosques, el monte, el agua, los recursos naturales, donde los espíritus moran.
Esto lo vi muy claro cuando viajé a Guatemala donde en algunas comunidades mayas se vive la relación con sus nawales, sus seres astrológicos. Su memoria histórica en esos espacios territoriales está muy arraigada. Esta concepción mágica del territorio te hace ver a éste como un ser vivo con el que hay que convivir. Entonces te proteges tú, protegiéndolo. Esta concepción, en las comunidades de las tierras bajas está extinto.
Ese respeto, temor y reverencia a estos espíritus servía para relacionarte con ellos con ese amor, sentimiento de vida y creo que el puntal de una resistencia, de una lucha es justamente la espiritualidad, tanto en el mundo urbano —con su propia espiritualidad— como en el espacio rural, porque creo que es lo que nos conecta, nos une y sostiene, no solamente las luchas políticas.
Hurgando en la memoria histórica encontré en escritos y documentos de las misiones que el lenguaje guaraní surge, nace, a partir de una posición política: la búsqueda del agua.
Por lo tanto el lenguaje yo lo planteo desde un posicionamiento político, de una demanda política que es el agua. El pueblo guaraní ha ido buscando donde asentarse, es decir su objetivo de vida ha sido y es el agua, lo que ha significado una disputa incluso con el mundo inca, quechua.
La lengua no puede funcionar como un aspecto meramente folklórico, romántico, que alude a la pérdida del patrimonio cultural, inclusive desde el propio Estado, sino que la lengua tiene que posicionarse como ese elemento simbólico político para interpelar la realidad.
Cuando el pueblo era nómada los individuos se comunicaban con los sonidos de los animales buscando el agua, entonces ahí cobra sentido la recuperación del habla, del lenguaje; no sólo como un mero objeto antropológico, sino el lenguaje como una forma de expresar políticamente nuevas formas de vida, a partir del respeto a la naturaleza.
El illa era respetado, era buscado, y claro, como ese illa ha desaparecido, se expresa en la lengua como una suerte de lamento… Las nuevas generaciones están rompiendo con estas segmentaciones provenientes de sectores dominantes a los que les interesa mantener la imagen de separación, de división, desde la política, la ideología y la cultura.
Teogonía y cosmogonía
Los guaraníes creían que al principio de los tiempos existía el caos, formado por la neblina primigenia (Tatachina) y los vientos originarios.
Ñamandú, llamado también Ñanderuvusú, Ñanderuguasu (“Nuestro Gran Padre”) o Ñanderu pa-patenonde (“Nuestro Gran Padre último-primero”) se crea a sí mismo en medio del dicho caos.
Ñamandú crea a los otros dioses principales que le ayudarán en su pesada tarea: Ñanderu py’a guasu (“Nuestro Padre de Corazón Grande”, padre de las palabras), Karaí (dueño de la llama y del fuego solar), Yakairá (o Yaraira, dueño de la bruma, de la neblina y del humo de la pipa que inspira a los chamanes) y Tupã (dueño de las aguas, de las lluvias y del trueno). Aparecen luego los hombres, que conviven con los dioses.
2_c_4_tiempossssssssss.jpg





















