Árboles, aceras y dueños de casa
Se dice que somos en parte los afectos aprendidos a lo largo de nuestras vidas, en particular de nuestra infancia. Aprendemos a disfrutar de las cosas tanto como a detestarlas y cada uno es diferente en sus goces y displaceres, en el marco de una matriz cultural que imprime varios de nuestros gustos compartidos: nos gusta la llajhua, y un cacho con los amigos. Pero ¿somos sensibles a los molles y jacarandás que adornan nuestros parques y aceras?
Las sensibilidades se aprenden y ya quisiéramos todos formar parte de una colectividad de sensibles, a tantas cosas buenas, como la naturaleza. Plantado entre sus mejores recuerdos infantiles está para muchos la imagen de un árbol, antaño artículo privilegiado de los juegos de infancia: niños en los árboles como frutos colgando. Imagen poderosa hoy cada vez menos frecuente en el imaginario cochabambino. No solo hemos dado fin con ellos sino que poco nos interesa plantar otros.
No es una novedad decir que las principales víctimas del desborde urbano que acosa a la región metropolitana de Cochabamba son los árboles. Los espacios que los albergan son escasos, o bien, mínimos, como las aceras, sobre todo en los nuevos barrios. Una acera no es oficialmente un área verde, pero por cierto puede serlo dependiendo de su ubicación y tamaño y, por supuesto, de los árboles que plantemos en ésta. Lamentablemente, joyas como el árbol de mango de la 16 de Julio y Salamanca --esquina noroeste-- son una rareza, en el desierto ocre de aceras y sus ocasionales arbustos.
Los cochabambinos hemos dado por cierto desde siempre que las aceras y sus especies vegetales son de propiedad de los dueños de las viviendas. Por tanto, vecinos y OTB --que en este tema, bailan al ritmo de la voluntad de los dueños de casa-- evitan inmiscuirse en vereda ajena: un árbol sobre ésta, si es que existe, resulta de su exclusiva incumbencia. Si aquel tiene una relación cordial con las plantas cultivará alguna que otra especie cuanto más pequeña mejor. Pero si sus afectos transitan por otros caminos, encementara el largo de la misma o liquidará el que existe, sobre todo si el árbol perjudica su negocio.
Parecería, lastimosamente que los árboles en la ciudad son nada más que un detalle coqueto de barrios acomodados. La disponibilidad de agua en barrios pobres es ciertamente una limitación, pues cuando las preocupaciones son otras, los árboles ciertamente no importan. Sin embargo, nadie ignora que cuando hay cariño tres baldes de agua semanales para el arbolito de la acera, no son imposibles, a menos que la pobreza sea asfixiante. Al final, afectos más o afectos menos, lo cierto es que en el marco de los beneficios ambientales que brindan, en una por demás calcinante ciudad, ya no pueden estar librados a la buena voluntad de los propietarios y requieren acciones públicas urgentes.
Las aceras y sus árboles son propiedad de los municipios, y deben retomar su posesión y manejo, definiendo en consenso con los propietarios, ineludibles actores de su conservación, las obligaciones mutuas sobre estos espacios. Más allá de visiones normativas, impositivas o retóricas, urge el diseño de estrategias inteligentes de motivación, promoción, estímulo y control de estos espacios y sus especies arbóreas. Ampliar a futuro, el ancho de las aceras, para darles un mejor cobijo podría ser, de principio, una medida acertada.
El autor es abogado miembro del EPRI.
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