Voraz élite cleptocrática
No obstante el discurso, la esperanza sembrada y las expectativas generadas en gruesos sectores de la población; el Gobierno del denominado “proceso de cambio” está dejando una profunda y sentida desilusión en dilatados segmentos de la ciudadanía, que le brindó, con su voto, significativo apoyo en varias elecciones.
Detrás del discurso que ensalza al pueblo y los movimientos sociales, subyace una elite política que al administrar los recursos fiscales y el excedente del superciclo económico, capituló ante las tentaciones de la acumulación material y el rápido enriquecimiento ilícito.
Bajo las contemporáneas prácticas de “democracia comunitaria, directa y participativa” única en el mundo, hay una elite forjando sigilosamente enormes fortunas desde la burocracia estatal. Ya es muy común, ver en las calles de las ciudades, a estos “nuevos ricos” ostentando ridículamente y sin rubor, sus fortunas mal habidas. Estos “nuevos ricos azules”, se asemejan a los “antiguos ricos rosados” que fraguó la Revolución del 52, quienes, también, a nombre del “nacionalismo revolucionario”, acumularon enormes patrimonios desde la burocracia estatal. La diferencia, en las características de estas dos elites, es, únicamente, de color. También, claro, la última, con más apetito, provocado por el descomunal excedente económico que le tocó administrar. En la sustancia cleptómana, sin embargo, son lo mismo.
El exaltado discurso indígena y todos los principios enarbolados con pompas y sonajas hicieron aguas. El control y la administración del gigantesco excedente económico atolondró a la elite azul. Las inversiones en las denominadas “megaobras”, adjudicadas, en gran porcentaje, a la empresa China Camce y todos esos elefantes blancos que ya muestran síntomas de gran estafa, como Bulo Bulo y San Buenaventura, ponen de manifiesto como esta voraz elite cleptocrática se favorece con los fondos públicos. Gabriela Zapata, aunque “guardada” hoy, es la mejor ilustración de como prima el interés por el enriquecimiento propio a costa de las inversiones públicas.
Los casos más emblemáticos, en orden cronológico, serían: YPFB-Catler, las barcazas chinas, Air Catering, las megaobras de Camce y el ex Fondioc. No es superfluo señalar que el “destape” de las irregularidades en estos proyectos y compras del Estado, se produjeron a raíz de circunstancias fortuitas, denuncias e investigaciones periodísticas. ¿Se imaginan si nos ponemos a escarbar los procesos del satélite, del avión presidencial y otras compras estatales de envergadura? ¿Se imaginan lo que se podría encontrar escarbando los procesos de contratación de todas las megaobras, adjudicadas a través de invitaciones directas? ¿Se imaginan los resultados de una escrupulosa auditoría legal, financiera y técnica a todas las obras del programa Evo Cumple? ¿Se imaginan una auditoría integral al ex Fondioc, que administró cerca de 500 millones de dólares antes de su cierre?
En la lógica Schmittiana amigo-enemigo, mortalmente, al frente de la voraz elite cleptocrática, se posesionan aquellos que tienen la pertinencia de colocar a la luz pública estos extremos. Ellos son víctimas de un odio mortal, por el miedo que provocan, pues ponen en peligro su “proceso de cambio”, colocando en riesgo su estabilidad personal, futuro y propia seguridad. La verdad no puede ni debe salir a flote.
Por ello, a estas alturas, está absolutamente nítido el porqué del obsesivo afán prorrogista. Claro, se preguntan: ¿qué va a pasar con nosotros si perdemos el poder? Los riesgos, ciertamente, son demasiado altos. De cualquier manera, más allá de considerarse indispensables e irremplazables, para evitar esos riesgos, impondrán su tan ansiada repostulación. Parece que no les queda otro camino.
El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón.
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.



















