Bicentenario
El 6 de agosto de este año se cumplieron 200 años de la creación de la República de Bolivar, que muy poco después pasó a llamarse Bolivia, más allá del llunkerío implícito en la elección de dar ese nombre al AltoPerú, (o a Charcas, para contentar a los que saben más de patrioterismo que de historia), lo cierto es que en ese momento se creó un ente político independiente de Lima y de Buenos Aires.
Respecto de nuestro nombre, para consuelo nuestro podemos decir que la mayoría de los nombres de países, de regiones y hasta de continentes tienen un origen absurdo y por lo tanto su verdadero significado es irrelevante, Bolívar no es el artífice de la creación de este país.
Pero a lo largo de 180 años, con logros importantes y fracasos estruendosos, con historias entrañables, y con otras llenas me mezquindad lo cierto es que se creó una identidad que nos une como comunidad pese a las enormes diferencias geográficas y por ende climáticas y culturales que tenemos en la patria, y nos distancia de los demás, incluso del pueblo al que más nos parecemos, me refiero a quienes viven al otro lado del Titicaca.
El advenimiento del MAS, que fue producto no solo de una elección sino de una conspiración previa, decidió cambiarlo todo: estructuras gubernamentales y hasta los más intrascendentes y a veces ridículos símbolos, llegando a hacer una ceremonia para enterrar esos símbolos que habían dejado de ser gracias a ese movimiento de tinte mesiánico.
Siempre me pareció un contrasentido que fuera la Vicepresidencia del Estado Plurinacional la que planteara el homenaje más sensato a la república, vale decir la publicación de una selección de importantes libros que se vino a llamar rimbombantemente, “Biblioteca del Bicentenario”, auspiciada nada menos que por el autor intelectual del rechazo más contundente a la república, el que convirtió la palabra “república” en un insulto. Pero así de contradictorio, así lleno de imposturas, así inconsistente fue el MAS.
El 6 de agosto de 2025 Bolivia no tenía nada que celebrar, el dólar real con una diferencia de casi el 100 % en relación al oficial, marcaba el empobrecimiento de todos, las colas para el combustible, interminables, quitaban horas de descanso, de estar en familia y de productividad a buena parte de los ciudadanos. El presidente, inmerso en un escándalo de corte económico de dimensiones mayores a partir del súbito enriquecimiento de sus jóvenes hijos, y de un escandalo sexual que implica tráfico de influencias, había perdido toda popularidad, y él era el actor principal de esos no-festejos.
El 17 de ese horrible mes de festejos, cambió todo, acabó con la hegemonía política del partido que había (supuestamente) acabado con la República de Bolivia. Luego vino la segunda vuelta, demasiado larga y con una campaña innecesariamente sucia, pero ayer, todo fue fiesta, ayer no solo hubo un cambio radical en la política de nuestro país, ayer Bolivia demostró que es una realidad política que puede aguantar los más húmedos sueños de un megalómano del calibre del falso matemático, y todo el dinero que al principio de esa aventura pudo aventar un Chávez afanado en imponer el mamarracho del socialismo del siglo XXI en toda la región.
Bolivia está de vuelta, desportillada, envilecida, hasta tullida, porque ha sido arrastrada a una fiesta que se convirtió en borrachera orgiástica durante veinte largos años, pero está aquí, tomando un buen baño, recuperando sus trajes guardados, algunas de las alhajas que habían quedado en algún lugar, y a pesar de todo, se la ve muy bien. Ayer ha podido tener una fiesta verdaderamente democrática en el año del bicentenario, se ha inaugurado un gobierno cuya principal fuerza es posiblemente saber que no son “la reserva moral de la humanidad”.
Bolivia puede estar muy feliz, a diferencia de Venezuela, Nicaragua y Cuba ha podido deshacerse de un Gobierno autoritario, que no creía en la democracia a través de las urnas. Aclaremos que este momento que estamos viviendo no solo es producto del pésimo gobierno de Arce, ni resultado de la desastrosa visión de la economía que duró dos décadas, sino de tener un Tribunal Supremo Electoral independiente, establecido, dicho sea de paso, durante el gobierno de la tan maltratada e injustamente encarcelada y ahora finalmente liberada expresidente Jeanine Áñez. Vále la pena releer el libro de Salvador Romero que ilustra sobre el fortalecimiento de esa institución en tiempos revueltos.
Si señores, ahora si estamos en condiciones de celebrar el bicentenario de la independencia. Bolivia ha sobrevivido, aunque la terapia que necesita será larga, tediosa y dolorosa.
El autor es operador de turismo
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ


















