El Ansia libera sus ediciones en digital
El tercer y más reciente número de la revista literaria El Ansia se presentó la semana pasada y se puede descargar de la Fan Page de Facebook El Ansia-Bolivia (https://www.facebook.com/elansiabo/), donde también, por la actual circunstancia, se ha liberado la lectura de los dos primeros números, ya agotados en papel y dedicados a la obra de Matilde Casazola, Mariano Baptista Gumucio y Edmundo Paz Soldán, el primero, y a la producción de Nicomedes Suárez, Blanca Elena Paz y H. C. F. Mansilla, el segundo, comenta uno de los editores de la revista y también escritor, Gabriel Chávez Casazola.
Sobre el nacimiento de El Ansia, la escritora Magela Baudoin comenta que conoció en Buenos Aires la materialización de una idea del escritor argentino José María Brindisi de hacer una revista literaria enfocada en tres autores, contemporáneos y no necesariamente consagrados, tratados en tres frentes: un perfil o entrevista adentrándose en su vida cotidiana, una selección de textos propios y otra de textos ajenos que influyeron a estos autores. “La progresión en el tiempo de ese trabajo de Brindisi muestra un mosaico muy valioso, con cinco números y 15 autores de su país. Conversar con esa idea desde Bolivia me pareció muy interesante y la propuse a un grupo de escritores amigos y a Editorial 3600. Creo que hablar de esa posibilidad de proyectar en el tiempo nos sedujo a todos y así nació El Ansia revista de literatura boliviana”, dice la autora.
Chávez Casazola cuenta que cada número de El Ansia tiene cerca de 300 páginas, en realidad es un libro revista, y por eso su periodicidad es anual. “Escriben no sólo los integrantes del equipo editor, sino también colaboradores externos invitados y remunerados, no como quisiéramos, pero al menos de forma simbólica, ya que es muy importante darle su valor al trabajo intelectual”.
La tercera edición comenzó a prepararse a finales de 2018 y tendría que haberse publicado en papel en noviembre de 2019. Sin embargo, los sucesos políticos del país, primero, y luego la pandemia, obligaron a postergar su aparición hasta que se resolvió, junto con Editorial 3600 y con los auspiciadores de la revista, publicarla y liberarla en digital hace pocos días. “Confiamos en tener la edición papel impresa hasta antes de fin de año”, comentó Chávez.
Rememoración
(fragmento de un relato de Eduardo Mitre)
“En poesía, prefiero hablar de rememoración, de pasajes, de puentes. Y para tender uno, mejor aquí les cuento, muy brevemente, la manera en que escribí o me fue dado escribir ‘Vitral del abuelo’, poema perteneciente a Vitrales de la memoria:
Una mañana, muy temprano, me dirigí hacia una estación del Metro en Manhattan. Descendí precipitadamente las escaleras, y abordé un coche. El tren ya estaba repleto a esa hora —seis de la mañana— rumbo a Queens, donde, desde hacía tres años, había empezado a trabajar en la universidad de Saint Johns. Al cabo de algunos minutos y estaciones, reparé en un pasajero entrado en años, de mediana estatura, calvo, ojos grandes, bigote inglés. Vestía una camisa blanca, chaleco y corbata negros. De repente, advertí su extraordinario parecido con mi abuelo Elías, fallecido hacía tiempo. Traté de aproximarme para verlo de más cerca y despejar el equívoco —el espejismo—, cuando el fortuito y potencial sosías abandonó el coche en la siguiente estación. Pero siguió conmigo el recuerdo de mi abuelo, que me acompañó el resto del trayecto y me seguiría acompañando en otro viaje: la escritura del poema. En su curso, volví a verlo una mañana soleada, en la huerta de la casa de Cochabamba, subido a la escalera que yo le sostenía, podando el naranjo, mientras gotas de su sudor, intermitentes, me caían en la frente o en un brazo. Días más adelante, lo recordé una tarde nublada, en la misma huerta, su mano y la navaja ensangrentadas tras sacrificar al cordero que habíamos criado para el almuerzo de ese domingo de Pascua, en el que mis hermanos y yo no nos servimos sino frutas y, acaso, unas adictivas habas.
Pero ese melancólico recuerdo no eclipsa, ni menos borra, las luminosas imágenes que de mi abuelo conservo. Este mismo instante, se me viene a la memoria una: él y yo sentados alrededor del escritorio en el hall de la casa de Cochabamba donde, como tantas veces, él corrige mis tareas de aritmética, escribiendo en hoja aparte, y pronunciando a media voz en árabe cifras de multiplicaciones, sumas y restas para verificar si las que yo he hecho en el cuaderno son o no correctas. ¡Ah el abuelo Elías, tan tierno y sonriente con todos sus nietos, y siempre de camisa blanca y corbata y chaleco negros!
Para concluir esta remembranza motivada por ustedes, me pregunto: si aquella mañana no hubiese abordado ese coche del Metro y visto al pasajero que por instantes me pareció idéntico a mi abuelo, ¿habría escrito (me habría sucedido) ese poema? Seguramente no. Tal vez, habría escrito otro, o tal vez ninguno. Hay, pues, en cada poema, en cada obra, como en casi todo, un azar, un instante, si no fatal, sí determinante”.
Nueva York, mayo de 2019






















