Viajar en máquinas de vapor
¿Qué experiencia humana significa abandonar la carreta y el caballo para entregarse al vértigo de las máquinas de vapor? ¿Quiénes la conducen? ¿Cómo viajan? ¿Quiénes usan sus coches? ¿Qué ocurre dentro de las cajas de madera y metal? ¿Y en las estaciones?
El escritor cochabambino Armando Montenegro narra las aventuras del “Gordo Sanjinéz” y sus colegas el mando del tren. Entre los remotos años de 1916 y 1920, el pintoresco y robusto maquinista toma el mando de aquel universo abigarrado de pasajeros y pasajeras de todas las clases sociales. El ferrocarril sobre sus ruedas de metal es un mundo de voces y costumbres diversas. Caben el hacendado, el artesano y el campesino, así como mujeres de traje largo y encaje y cholitas de manta y pollera. Lo usan niños blancos, mestizos e indígenas con sus trajes de carácter. Mozalbetes de poncho o chaleco se reclinan en sus asientos y sonríen a las vecinas de asiento.
La máquina se mueve rauda, mientras cruza bulliciosa en medio de la verde planicie del valle poblado de haciendas y ranchos campesinos, salpicada de campanarios de iglesia.
“El trencito partía hacia su destino desde el amplio galpón de la empresa de Luz y Fuerza” y cual diligente oruga, corría por la margen izquierda del río Rocha hasta alcanzar la planicie de “Jaihuaycu”. Luego ganaba “Uspa-uspa”, cruzaba la garganta de “Pucara” y se detenía en la “Angostura”, venciendo el primer tramo de la jornada”.
En la estación de la Angostura, industriosas mujeres de la campiña vendían sobre hojas de repollos, sabrosos “bistecitos” mañaneros, huevos fritos y chorizos hasta una suculenta lagua de choco servida en platos de barro mientras que otras ofrecían chica en colosales tutumas.
Empero, el pitazo oficial del conductor Sanjinez hacía saltar el tren rumbo a Tarata y luego Cliza.
El tren no tenía coche comedor y en Cliza un enjambre de imillas a la hora del “almuerzo# ofrecían apetitosas “chupes” y “jaka laguas” y otras meriendas de arroz y fideo en diverso menú folklórico. Y, luego, otro enjambre ofreciendo chicha desde panzudas jarras, chicha que alegraba a los viajeros, estimulándonoslo a rasguear charangos y escuchar embelesados las notas de la dulce concertina del admirable don Adolfo Padilla. Y después Punata (…).
Finalmente, Arani (…) Los pasajeros ya eran escasos. El viaje había terminado. Entonces, el gordo Sanjinéz, los maquinistas, los palanqueros y demás engranaje humano del convoy, habría de pasar la noche allí, para volver a la lejana Cochabamba al día siguiente. Sin embargo, muchos de ellos, jóvenes al fin, antes de entregarse al descanso preferían beberse unas copas y bailarse unas cuecas, visitando a las más lindas cholitas del pueblo, entonces apodadas las “cantu-lolas” (…).





















