Adolfo Costa du Rels

Cultura
Publicado el 26/05/2024 a las 0h02
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Adolfo Costa du Rels (1891-1980) es de esos autores bolivianos que por mucho tiempo estuvieron olvidados por razones políticas o de tipo ideológico. Dado que en Bolivia —igual que en otros países de Latinoamérica— lo que más admiración genera es lo nacional-popular o lo de izquierdas, autores como René-Moreno, Arguedas, Prudencio, Diez de Medina, Francovich o Mansilla —por mencionar unos cuantos— tienden a estar cubiertos por el olvido o cuando menos opacados por la literatura que exalta lo nacional (“la Bolivia profunda”) —que además es la más comercial—, como si aquello fuera una condición sine qua non de superioridad frente a las manifestaciones artísticas que combinan, sin reparos o limitaciones de tipo político, lo propio con lo extranjero. Costa du Rels corrió una suerte parecida. Su obra y su propia figura fueron soslayadas por las corrientes nacionalistas y socialistas, y por un tiempo, luego de la Revolución Nacional de 1952, fueron una suerte de mala palabra. Un niño que crece huérfano en Córcega y después se educa autodidácticamente, luego tiene una estadía laboral —y de comercio sexual— en Uyuni, cerca de las vetas mineras, y después retorna a Europa para iniciar una prolongada carrera diplomática y de seductor, para pasar sus últimos años en un apartamento rentado en París, solo y con apuros económicos, es la historia que el escritor e historiador Roberto Querejazu Calvo narra en su libro Adolfo Costa du Rels: el hombre, el diplomático, el escritor (Los Amigos del Libro, 1982).

A Costa du Rels le sucedió aquello que tristemente sucede a muchos escritores que se quedan con las ganas de haber escrito más: tuvo que dedicar muchas horas de su tiempo a ocupaciones mundanas y políticas que le restaron tiempo a su labor creadora (la cual suele demandar soledad). Como tal vez sabe el lector, cosa similar le sucedió a Augusto Céspedes (enemigo ideológico de Costa du Rels, dicho sea de paso), quien al final de sus días se arrepintió de haber dedicado (malgastado) un sinfín de horas a la política partidista en vez de haberlas empeñado en su labor narrativa y de cronista, en la que sin duda podía haber brillado más. Pero las historias de las vidas son como fueron y no como quisiéramos que hayan sido. Y de todas maneras el Costa du Rels que nos retrata Querejazu es fulgurante e interesante, pues lo que no hizo en la literatura, las novelas y los poemas que jamás escribió y que podía haber escrito, lo que no dejó en el papel, todo eso sí lo hizo en su vida propia, tan novelesca y llena de episodios propios de la vida de un Goethe, un La Rochefoucauld, un Victor Hugo o un lord Byron.

Sí, porque su vida fue una novela. Al menos por lo que narra Querejazu, Costa du Rels bien podría haber sido el mejor personaje de sus propias novelas y poemas. Pasión, tristeza, luto por la muerte de sus hijos, damas de compañía, sexo romántico con mujeres ilustres del Viejo Continente, trabajo en las minas del Ande boliviano y en la Liga de las Naciones, contacto con escritores como Paul Valery o André Maurois, la amistad de Simón I. Patiño, trabajo intermitente en obras literarias, alegría, caídas y éxitos. Todo eso y más hubo —mezclado, sobrepuesto— en la caleidoscópica vida del autor de Los Andes no creen en Dios, obra cumbre de la narrativa boliviana.

En la carta que Querejazu transcribió “a manera de prólogo”, Costa du Rels se conmueve por la idea de que el joven Roberto (a quien llama Bobby) le escriba su vida. Querejazu consultó sobre todo cartas y anotaciones íntimas del biografiado, además de haber sostenido largas conversaciones con él, y el resultado fue un libro de más de 400 páginas que supongo cuenta la vida del biografiado tal como este quiso que se la contara (no hay comentarios críticos sobre las dádivas que en sus últimos años recibió del dictador Hugo Banzer, por ejemplo) y que contiene fotografías de momentos importantes de Costa du Rels: un niño en su triciclo, un jovencito colegial en Córcega, un joven recién casado con Blanca Urriolagoitia Arana, un buenmozo junto a Blanquita Errázuriz Vergara, un diplomático discurseando en la Sociedad de Naciones, entre otras más. Por las otras obras de Querejazu, se sabe del talento narrativo de este autor; empero, ya que en este caso la vida de su objeto de estudio fue tan novelesca, la labor de contar su peripecia vital se debió haber hecho más fácil, y el resultado no pudo no ser maravilloso.

Dejando de lado prejuicios políticos, más bien ciñéndonos sólo a criterios artísticos, difícilmente podríamos decir que la obra literaria de Costa du Rels no está entre las más notables de los autores bolivianos de siempre. Como Franz Tamayo, fue universal porque supo apropiarse de lo nativo en clave universal; porque, utilizando técnicas narrativas que aprendió de los grandes, retrató lo propio, nuestros lugares, olores e imágenes, dándolos al mundo con un lenguaje común (de hecho, buena parte de su obra la escribió en francés).

Igual que Goethe, Costa du Rels pensó que la vida —vivirla bien, saborearla y hacer de ella una proeza novelesca— era tan importante como la obra literaria; al menos su existencia es testimonio de ello. Crear es plasmar en escrito lo que se piensa o siente; vivir la vida, plasmar en la práctica lo que se siente o piensa. Al final, ambas cosas bien ejecutadas hacen una obra artística. Porque vivir la vida premeditadamente bien es como esculpir en mármol a lo Miguel Ángel: cada golpe puede doler, pero es un paso más hacia la escultura final del alma humana. De lo que se trata es de viajar nuevamente a la semilla, de —como le dijo siempre su amigo Alfonso Querejazu— tratar de volvernos niños nuevamente, para poner en orden nuestro espíritu y viajar sin problemas hacia el encuentro con Dios.

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