El misterioso tesorero de Pablo Escobar que pagaba sus fiestas sexuales, se hizo millonario y terminó en la pobreza

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Publicado el 10/11/2024 a las 14h52
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Fue quien amasó y cuidó la fortuna de Pablo Escobar Gaviria. Pero también el hombre que conoció los secretos más resguardados de su intimidad y pagó para que pudiera cumplirlos. Lo apodaban “Quijada”, residía en los Estados Unidos, y jamás reveló un solo dato relacionado con lo que sabía acerca de su patrón.

Tan solo por eso el narcotraficante le tenía una confianza ciega ya que lo que más valoraba era la lealtad. Hasta que después de su ejecución en manos de los Pepes (Grupo paramilitar Perseguidos por Pablo Escobar), su viuda, Victoria Eugenia Henao fue a encontrarse con él con motivo de la investigación que estaba realizando para escribir su libro, Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar, publicado por Editorial Planeta en 2018.

Un año antes la mujer logró visitarlo a 70 kilómetros de Medellín en el municipio Carmen del Viboral. Hacía tres décadas que no se veían. Y enorme fue la sorpresa de Quijada cuando la vio y Victoria entró en el tema del que pretendía saber: las amantes de Pablo y su financiamiento. El hombre se sintió culpable y avergonzado ante la viuda por su accionar protector como secuaz de Pablo. Y eso sumado al buen trato que siempre le brindó Victoria hicieron que de a poco le fuera narrando detalles de sus aventuras.

Como las veces que reservó seis suites en el Hotel Omni de Miami que ocuparon durante varias jornadas él, colegas narcos y mujeres que llegaban desde una disco cercana. Pablo estaba fascinado con los buenos momentos que había pasado allí. Por eso al poco tiempo contrató un piso entero con las habitaciones más confortables. Decenas de chicas llegaban a visitarlos, las hacían caminar y desfilar frente a ellos. Y finalmente cada uno seleccionaba la que prefería. El resto recibía una buena cantidad de dólares y regresaba al boliche o a su casa.

Algo parecido sucedió cuando Escobar viajó con otro grupo desde Medellín a Miami y de ahí a Orlando en La Florida en su flamante Lear Jet. Contrataron por varios días cinco mujeres por cinco mil dólares cada una y se alojaron en el Marriot. Al final de la escapada Quijada era el encargado de saldar las cuentas y pagaba hasta cincuenta mil dólares por semana por las diversiones de su patrón.

La pasaba tan bien en los Estados Unidos que a una pareja de chicas que siempre solían darle la bienvenida llegó a comprarles una residencia en Miami Beach con vista al puerto donde celebraron varias fiestas hasta que cuando cayó en desgracia se la confiscaron. Su desenfreno con las mujeres lo llevaba a hacer viajar coristas y bailarinas no solo de ese país como fue el caso de las provenientes del cabaret Big Fanny Annie, también llegaban desde Brasil. Y hasta tenía contactos en París que le enviaban jóvenes de otros night club como los clásicos Folies Bergére y Crazy Horse, que arribaban hasta el país del norte si Pablo se encontraba allí, o si no las dirigían hasta la mismísima Medellín donde las recibía personalmente.

Mientras no dejaba de disculparse con la viuda insistiendo en que no le quedaba otra que cumplir las órdenes de Pablo que nadie se atrevía siquiera a comentar, Quijada le siguió relatando a la viuda para su libro –fuente esencial para esta nota- que Escobar además de pagarle honorarios a las muchachas, les obsequiaba costosas alhajas de la joyería Mayors. También le dijo que no se mortificara porque no vivió nada serio con ninguna de ellas, solo acudía a ellas como pasatiempo.

El tesorero era un as de las finanzas y aprovechó al máximo los tiempos de los años 70/80 en que los controles en los Estados Unidos eran bastante laxos. Pablo lo había conocido cuando de muy joven llegó con su familia para instalarse en el barrio La Paz en Medellín donde él vivía. Desde su perspectiva de adolescente lo admiraba como referente de la zona mayor que él, que comenzaba a mostrarse poderoso, no solo con el dinero sino con la conquista de chicas que se le acercaban para salir a pasear en su moto o en su auto, vehículos que no abundaban por allí.

Todo transcurría con normalidad para Quijada en el barrio hasta que su madre que había logrado afincarse en Nueva York logró la residencia para él y no tardó en hacerlo viajar hacia allí. Entonces trabajó de todo. Escobar, que ya estaba lanzado y creciendo con el negocio narco, lo contactó y le pidió que se instalara en Miami para gerenciar los millones de dólares que generaba la venta de cocaína en los Estados Unidos.

Juan Pablo Escobar, hijo mayor del narco, describe en su libro In fraganti, lo que mi padre nunca me contó, también de Editorial Planeta, que al principio el tesorero se instaló a vivir en Kendall en el condado de Miami Dade. Por entonces recaudaba un par de millones de dólares por semana y diversificaba los montos distribuyéndolos en diversas entidades bancarias de la ciudad donde los gerentes lo esperaban con los brazos abiertos.

Recorría la zona a bordo de un Chevrolet Impala sencillamente porque era el auto de la época que mayor capacidad tenía en su baúl para atestarlo de dólares cada vez que visitaba a los dealers encargados de comercializar la droga, recaudación que luego distribuía entre depósitos en bancos y otro tanto que enviaba a Medellín a través de vuelos privados. Y cuando Pablo visitaba Miami junto a su familia, aprovechaba su Lear Jet durante la estadía para hacer vuelos continuos a Colombia y llevar el dinero hacia allí.

Administraba tanta riqueza y millones que pudo adquirir decenas de mansiones en la propia Miami y también en Los Angeles y Nueva York. Manejaba tal volumen de plata que cuando llegaba a cada entidad financiera para depositar pasaba horas observando como los cajeros contaban billete por billete. Todo transcurría en normalidad hasta que los movimientos y el tráfico de cocaína empezaron a ser más evidentes y tanto Escobar como su primo y ladero Gustavo Gaviria comenzaron a estar en la mira de las autoridades de los Estados Unidos.

Entonces cambiaron la manera de hacer llegar a Medellín el dinero recaudado. Primero a través de personas que los cargaban en sus maletas en los tiempos en que no existían los controles de hoy. Luego cuando esos rostros comenzaron a ser demasiado familiares y repetidos para quienes se ocupaban de inspeccionar, cambiaron de método. Continuaron con el lavado de dinero comprando electrodomésticos y cargando de billetes las respectivas cajas por intermedio de una compañía que los exportaba a Colombia luego de arreglar un establecido y funcional pago de coimas en las aduanas correspondientes.

Con el surgimiento en esos años del crack –cocaína en piedra- el negocio se multiplicó y también los problemas tanto para Quijada como para su patrón, que pasaba estar bajo la lupa no solo en los Estados Unidos, sino fundamentalmente en Colombia luego del homicidio del entonces candidato a presidente Luis Galán ocurrido en un acto multitudinario en la Plaza de Soacha en Cundinamarca el 18 de agosto de 1989. A partir de ese atentado en el que señalaban a Pablo como principal responsable, él y su tesorero dejaron de contactarse ya que comenzaban a ser investigados bien a fondo. Eran momentos en que sus rivales del Cartel de Cali con quienes estaban enfrentados a muerte también lo buscaban para liquidarlo.

Quijada debió escapar de Miami porque le siguieron sus pasos. Pudo huir a Panamá donde se radicó para salvar su vida, hasta que años más tarde recién regresó a Medellín sin recursos, viviendo de prestado, sin vivienda y hasta sin dinero para pagar el pasaje en bus. Pasó de residir en palacios, pilotear llamativos cadillacs descapotables y dejar propinas de cientos de dólares luego de cenar en los más exclusivos restaurantes de los Estados Unidos a la miseria más absoluta.

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