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<p class="rtejustify"> Al cierre del primer tomo de su célebre e incómoda <em>Historia de Bolivia</em>, Alcides Arguedas rescataba una sentencia del escritor chileno Wálker Martínez. Corría el año 1877 y Martínez, apuntando al encierro geográfico de la patria que le debe a Bolívar su nombre, la bautizaba con un estigma de vigencia escalofriante: Bolivia era el “Tíbet de nuestro continente”.</p> <p class="rtejustify"> Transcurrido un siglo y medio, el diagnóstico permanece intacto pues hoy el país sigue al margen de los grandes flujos de las ideas, la cultura global, el turismo y la economía. Bolivia, ya casi en pleno siglo XXI, continúa habitando su propio aislamiento.</p> <p class="rtejustify"> No nos confundamos. Que el país consuma y padezca la modernidad occidental –con su ritmo frenético y depredador– no significa que exista en el mapa de las finanzas internacionales, la atracción de inversiones o la irradiación cultural. No pertenece, en el sentido estricto, al concierto de la civilización contemporánea.</p> <p class="rtejustify"> Sin embargo, en estas dos últimas décadas de la llamada “Revolución Democrática y Cultural”, el gran muro de aislamiento ya no fueron las cumbres nevadas que tanto preocupaban a Arguedas. El verdadero obstáculo ha sido la –tan vitoreada por miles de ingenuos– Constitución Política del Estado de 2009.</p> <p class="rtejustify"> Hablemos claro. El folclore ideológico del "proceso de cambio" trascendió fronteras y logró, mediante una formidable campaña de propaganda, colocar temporalmente a Bolivia en el mapa. Entonces intelectuales de cafetín europeo, activistas globales y políticos de la izquierda internacional se enamoraron del relato de este país sin litoral.</p> <p class="rtejustify"> Pero lo que todos ellos ignoraban –u omitían con complacencia– era que, tras la cortina del idilio indigenista que supuestamente redimía a las masas, el modelo se devoraba las reservas de dólares, despilfarraba una bonanza económica histórica y cerraba con doble candado la puerta a los “perversos” capitales extranjeros.</p> <p class="rtejustify"> Las consecuencias de este repliegue ideológico son medibles. La Agencia de Noticias Fides reportaba hace unos días un dato lapidario: la inversión extranjera directa en Bolivia apenas rozó el 0,3% del total recibido por América Latina y el Caribe en 2025. En cristiano: económicamente, Bolivia es invisible en la región y el mundo. Su peso en el tablero internacional es tan residual que, para los mercados globales, el país simplemente no existe.</p> <p class="rtejustify"> El contraste con el vecindario profundiza la herida. Al mirar las economías de Chile, Brasil, Argentina o Perú, salta a la vista una paradoja: la crónica inestabilidad política de la región no ha impedido que nuestros vecinos sigan creciendo o esquivando el colapso. En Bolivia, la parálisis económica responde a algo más profundo: la inseguridad jurídica y la falta de seriedad institucional.</p> <p class="rtejustify"> Y es que habría que padecer de demencia o sostener un idilio patológico con el gentilicio para arriesgar un patrimonio considerable en el suelo de la rojo, amarillo y verde. No es muy difícil de entender: mientras las leyes veten los arbitrajes internacionales, la justicia siga secuestrada por tinterillos corruptos y el paisaje cotidiano sea el de las carreteras bloqueadas, los cercos y los dinamitazos a mansalva, la inversión extranjera quedará pospuesta <em>ad calendas graecas</em>.</p> <p class="rtejustify"> Este enclaustramiento no es gratis; se cobra en todas las esferas del desarrollo nacional. Se lo nota en la mediocridad del cuerpo diplomático que las potencias, conscientes de nuestra irrelevancia internacional, envían al país; se nota en el vacío de nuestras letras y autores en las grandes ferias del libro y en la escasez de becas para las mentes más brillantes.</p> <p class="rtejustify"> Se lo sufre en la mediocridad crónica de nuestra selección de fútbol y nuestras ligas deportivas, incapaces de competir en un alto nivel. Y se lo padece, en última instancia, en las ventanillas de los aeropuertos del mundo, donde el pasaporte boliviano arrastra el peso de ser uno de los más devaluados y sospechosos del continente.</p> <p class="rtejustify"> </p> <p class="rtejustify"> <strong><em>El autor es politólogo y comunicador social</em></strong></p>
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<p class="rtejustify"> Al cierre del primer tomo de su célebre e incómoda <em>Historia de Bolivia</em>, Alcides Arguedas rescataba una sentencia del escritor chileno Wálker Martínez. Corría el año 1877 y Martínez, apuntando al encierro geográfico de la patria que le debe a Bolívar su nombre, la bautizaba con un estigma de vigencia escalofriante: Bolivia era el “Tíbet de nuestro continente”.</p> <p class="rtejustify"> Transcurrido un siglo y medio, el diagnóstico permanece intacto pues hoy el país sigue al margen de los grandes flujos de las ideas, la cultura global, el turismo y la economía. Bolivia, ya casi en pleno siglo XXI, continúa habitando su propio aislamiento.</p> <p class="rtejustify"> No nos confundamos. Que el país consuma y padezca la modernidad occidental –con su ritmo frenético y depredador– no significa que exista en el mapa de las finanzas internacionales, la atracción de inversiones o la irradiación cultural. No pertenece, en el sentido estricto, al concierto de la civilización contemporánea.</p> <p class="rtejustify"> Sin embargo, en estas dos últimas décadas de la llamada “Revolución Democrática y Cultural”, el gran muro de aislamiento ya no fueron las cumbres nevadas que tanto preocupaban a Arguedas. El verdadero obstáculo ha sido la –tan vitoreada por miles de ingenuos– Constitución Política del Estado de 2009.</p> <p class="rtejustify"> Hablemos claro. El folclore ideológico del "proceso de cambio" trascendió fronteras y logró, mediante una formidable campaña de propaganda, colocar temporalmente a Bolivia en el mapa. Entonces intelectuales de cafetín europeo, activistas globales y políticos de la izquierda internacional se enamoraron del relato de este país sin litoral.</p> <p class="rtejustify"> Pero lo que todos ellos ignoraban –u omitían con complacencia– era que, tras la cortina del idilio indigenista que supuestamente redimía a las masas, el modelo se devoraba las reservas de dólares, despilfarraba una bonanza económica histórica y cerraba con doble candado la puerta a los “perversos” capitales extranjeros.</p> <p class="rtejustify"> Las consecuencias de este repliegue ideológico son medibles. La Agencia de Noticias Fides reportaba hace unos días un dato lapidario: la inversión extranjera directa en Bolivia apenas rozó el 0,3% del total recibido por América Latina y el Caribe en 2025. En cristiano: económicamente, Bolivia es invisible en la región y el mundo. Su peso en el tablero internacional es tan residual que, para los mercados globales, el país simplemente no existe.</p> <p class="rtejustify"> El contraste con el vecindario profundiza la herida. Al mirar las economías de Chile, Brasil, Argentina o Perú, salta a la vista una paradoja: la crónica inestabilidad política de la región no ha impedido que nuestros vecinos sigan creciendo o esquivando el colapso. En Bolivia, la parálisis económica responde a algo más profundo: la inseguridad jurídica y la falta de seriedad institucional.</p> <p class="rtejustify"> Y es que habría que padecer de demencia o sostener un idilio patológico con el gentilicio para arriesgar un patrimonio considerable en el suelo de la rojo, amarillo y verde. No es muy difícil de entender: mientras las leyes veten los arbitrajes internacionales, la justicia siga secuestrada por tinterillos corruptos y el paisaje cotidiano sea el de las carreteras bloqueadas, los cercos y los dinamitazos a mansalva, la inversión extranjera quedará pospuesta <em>ad calendas graecas</em>.</p> <p class="rtejustify"> Este enclaustramiento no es gratis; se cobra en todas las esferas del desarrollo nacional. Se lo nota en la mediocridad del cuerpo diplomático que las potencias, conscientes de nuestra irrelevancia internacional, envían al país; se nota en el vacío de nuestras letras y autores en las grandes ferias del libro y en la escasez de becas para las mentes más brillantes.</p> <p class="rtejustify"> Se lo sufre en la mediocridad crónica de nuestra selección de fútbol y nuestras ligas deportivas, incapaces de competir en un alto nivel. Y se lo padece, en última instancia, en las ventanillas de los aeropuertos del mundo, donde el pasaporte boliviano arrastra el peso de ser uno de los más devaluados y sospechosos del continente.</p> <p class="rtejustify"> </p> <p class="rtejustify"> <strong><em>El autor es politólogo y comunicador social</em></strong></p>
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