Bolivia y su guerra contra el agua limpia
En los registros mundiales, Bolivia ocupa ubicaciones privilegiadas en cuanto a la disponibilidad del considerado recurso estratégico más valioso del siglo XXI: el agua dulce. De entrada, es el único país que participa en las tres más importantes cuencas sudamericanas: la del río de la Plata, la del Titicaca o endorreica y la amazónica. Es el país con mayor cantidad de humedales o sitios Ramsar del mundo, es decir, cuerpos de agua de importancia internacional por los servicios ecosistémicos que prestan. Bolivia, además, ocupa el puesto 19 en el planeta en cuanto a reservas de agua dulce, es decir, lagunas, lagos, ríos y arroyos. Sobre su territorio vuelan, por si fuera poco, los más caudalosos ríos aéreos del Cono Sur.
Todo ello se halla debidamente registrado por las diversas agencias de Naciones Unidas, como la FAO y el Pnuma. Pero parece que pocos bolivianos se jactan de ello e incluso que esa condición les incomodase. Pareciera que además hubiesen lanzado una guerra sin cuartel contra sus generosos cuerpos de agua. Ello porque también ocupan posiciones privilegiadas en los registros con los indicadores más sucios del planeta.
Bolivia tiene a uno de los ríos más contaminados del mundo, el Huanuni. Se ha dado el lujo de hacer que desaparezca su segundo lago más grande y décimo en Latinoamérica: el Poopó. Es el cuarto país que más deforesta en el mundo (y segundo a nivel latinoamericano), es decir, en destrucción de ríos voladores.
“En las tres cuencas se presentan casos de contaminación, algunos más críticos que otros —resume Jorge Campanini, investigador del Centro de Información y Documentación Bolivia (Cedib)—. Están generadas generalmente por actividades extractivas, especialmente la minería, también en algunos lugares puntuales por la explotación de hidrocarburos o por las fumigaciones de la agroindustria. El otro factor es la contaminación urbana o antrópica”.
Una de esas formas de contaminación, la más evidente, acaba de ser algo atenuada en algunos lugares del país, especialmente el lago Uru Uru gracias a la iniciativa del activista francés Alexis Dessard.
Pero, tal cual advierten los expertos, el problema merece un trabajo mucho más complejo, integral y costoso, aunque imprescindible. Salvo que la guerra boliviana contra el agua sana, limpia y natural sea tan intencional como suicida.
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Ríos muertos
De hecho, el propio Uru Uru y su par, el extinto Poopó, son víctimas de un cóctel contaminante casi sin parangón en el mundo. “Huanuni está en el top 10, sino en el top 20, a nivel mundial, de los casos más extremos que tenemos —dice Campanini—. Lo que pasa allá resulta impresionante. Descarga sus aguas en el Poopó y lo que se ve es peor que lo que aparece en las fotografías que han mostrado del Uru Uru. El río Huanuni recibe desde hace muchos años grandes descargas de contaminantes generados por la mina. A ello, se suma la contaminación por actividad urbana de una ciudad de más de 40 mil habitantes, sin ninguna medida de control o contención. El Huanuni es un río muerto”.
Los ríos muertos son aquellos donde ni siquiera sobreviven bacterias. Todo impulso vital ha desaparecido en ellos. Aunque colosal el caso de Huanuni no es el único. Ya hace tres décadas una evaluación del emblemático río Choqueyapu, que cruza la ciudad de La Paz, revelaba algo similar: “A su paso por la zona de la avenida del Poeta, el río es ya un río muerto —decía una evaluación de técnicos de Samapa (hoy Epsas), la empresa que presta el servicio de agua—. Tras haber partido puro y cristalino de Pampalarama, a los pies del nevado Chacaltaya, pasa por diversos barrios donde empieza a ser contaminado. Pero, luego, transita por hospitales, talleres e industrias que descargan aguas tóxicas al lecho del río”.
Pasa así también con el río Rocha, que probablemente en algunas zonas bordea su extinción debido a inclementes descargas de todo tipo de contaminantes. Son producidos por una zona metropolitana de más de 1,2 millones de personas y a lo largo de 68 kilómetros de recorrido. Una investigación del Centro de Investigación en Ciencias Exactas e Ingenierías de la Universidad Católica Boliviana, realizada en mayo de 2019, reveló la crisis del Rocha. El célebre río cochabambino estaba contaminado con 15 tipos de metales pesados y 37 tipos de pesticidas. Los investigadores evidenciaron la presencia de aluminio, cromo, cobre y zinc, en mayor medida, también uranio, plomo, mercurio, níquel y arsénico, entre otros, en menor proporción.
Queda claro que las actividades industriales son las que más contaminan a este cuerpo de agua. Eso lo ratificó la más inesperada y reveladora de las evaluaciones: la cuarentena. El río, cuyos “aromas” suelen recibir a los turistas porque múltiples descargas confluyen cerca del aeropuerto internacional Jorge Wilstermann, bajó sus niveles de contaminación repentinamente. Un estudio realizado por la Dirección del Agua y Servicios Básicos de la Gobernación, cuando apenas había transcurrido un mes del paro de bioseguridad, reveló que la contaminación del río había bajado en un 50 por ciento.
Contaminación “for export”
Sucede así, en mayor o regular medida en prácticamente todas las ciudades del país. Los casos menos graves resultaban, hasta años recientes, Santa Cruz y Tarija. Hacia sus playas, como sucedió durante siglos, todavía llegaban bañistas, excursionistas y se realizaban competencias de kayak, triatlón o natación.
Pero ya en 2016, un estudio de la Universidad Nacional Ecológica (UNE) reveló una creciente contaminación en el Piraí con trazas de amonio y también diversos agentes orgánicos infecciosos. Por su parte, en el otrora inspirador río tarijeño, las célebres competencias dejaron de realizarse desde hace seis años. Según una investigación del Departamento de Investigación, Ciencia y Tecnología de la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho, el nivel de contaminación de este afluente, que pasa por la ciudad de Tarija de norte a sur, tiene categoría “D”. Ese grado ubica al Guadalquivir dentro de los que trasladan la peor calidad de agua existente.
Un caso dramático y de repercusiones internacionales constituye la ciudad de El Alto. No sólo sus ríos resultan altamente contaminados, sino que sus descargas llegan hasta el binacional lago Titicaca. Cargas que suman diversos metales pesados han generado zonas críticas de contaminación, como la bahía de Cohana.
Resulta apenas uno de los casos dado que la contaminación boliviana pareciera haberse vuelto nuestro más diversificado producto de exportación. En ese escenario vuelve a aparecer la minería. Ello, porque desde zonas, especialmente potosinas, ya son crónicos los casos de vertidos tóxicos hacia el río Pilcomayo. “Y esos vertidos han llegado hasta territorio paraguayo y argentino”, cita Campanini.
Según un informe del Ministerio del Agua y Medioambiente del año 2014, en Bolivia se liberan, en promedio, en fuentes primarias o secundarias, 131,1 toneladas anuales de mercurio. Se han registrado importantes niveles de este metal en peces en cinco sitios fronterizos de noreste boliviano con Brasil. Este agente tóxico, causante de desastres ambientales y humanos como el de Minamata, proviene especialmente de las minas auríferas paceñas. Valga añadir que, según una reciente investigación del Cedib, Bolivia constituye el segundo importador mundial de mercurio. Otra cifra “top 10” para el medallero.
Mientras, en el oriente boliviano, y por ahora para consumo interno, en cada vez más vastas regiones se desechan glifosato y otros agroquímicos no regulados. Incluso, desde silos periurbanos de la ciudad de Santa Cruz fluyen hacia los ríos, especialmente de campos e industrias soyeras. Así lo ha denunciado la organización Productividad Biosfera Medio Ambiente de manera recurrente.
Las causas
¿Cuál es la razón de la cruel agresión de los bolivianos a una de sus mayores riquezas?
“En el país, prácticamente no existe un sistema general, coordinado y supervisado de botaderos y rellenos sanitarios —explica el ingeniero ambiental Juan Villarreal—. Los municipios que cuentan con alguno no llegan ni al seis por ciento. Por esa causa, los habitantes y empresas de cientos de pueblos y barrios lanzan los desechos a ríos o lugares a cielo abierto. Esos lixiviados contaminan los cursos de agua subterráneos”.
Ni siquiera hubo preocupación por las respectivas normas. Según Villarreal, la ley correspondiente data del año 1906, cuando se consideraba que el agua era un recurso infinito y automáticamente renovable debido a la escasa cantidad de habitantes. “Apenas se avanzó con una ley de residuos sólidos”, apunta el investigador de la UNE.
Según datos de un informe de Swiss Contact de 2018, el 60 por ciento de las aguas del país no son tratadas y van directo a los afluentes de agua. Allí también se observa que “el 90 por ciento de los botaderos bolivianos son a cielo abierto y, de ese porcentaje, el 50 por ciento está cerca o en los mismos cuerpos de agua”. En otras palabras, para que la basura sea echada a los ríos. Por su parte, un informe de situación del MMyA del año 2020 establece que “de 219 plantas de tratamiento de aguas residuales inventariadas en Bolivia, 113 no funcionan de manera adecuada”.
Frente al crítico panorama, la respuesta oficial más consistente fue anunciada a principios de 2020, también por parte del Ministerio de Medioambiente y Agua. Entonces se lanzó la Estrategia Nacional de Tratamiento de Aguas Residuales (Entar). Se adelantó que se contaba con el apoyo de varios organismos internacionales y se esperaba lograr, hasta el año 2030, el 65 por ciento del tratamiento de aguas residuales en todo el país. Las nuevas autoridades no han brindado aún novedades al respecto.
“¿Se imagina las no registradas pero masivas consecuencias en la salud que todo ello puede estar teniendo ahora en el país? —pregunta Villarroel—. Ya hubo varios intentos de que se declare desastres ambientales en uno y otro municipio. Este voluntarioso muchacho francés nos vino a enseñar cómo lavarles, por lo menos, la cara a nuestros recursos hídricos. Pero queda como misión clave cuidar los cuerpos de agua”.
Ríos muertos y lagos muertos, las primeras grandes bajas en esta demencial como imparable guerra boliviana contra las aguas limpias. Pero, con ellos, sabido y claro resulta quiénes son y pueden ser las otras grandes bajas.
























