Halloween vs Todos Santos
La muerte nos duele, claro, nos recuerda lo finito del tiempo y la insignificancia del ser humano frente a la inmensa naturaleza. Nos envuelve en su manto de misterio, nos cubre de oscuridad y de miedo, nos revive la incógnita suprema, nos proyecta en un milenario éxtasis de constantes consuelos, de esperanzas vanas, de certezas que quisiéramos sean tan sólo una apariencia. La muerte es el tabú de la palabra, el silencio cómplice no resuelto, el gran dilema entre la evidencia de la podredumbre y el improbable sueño de una vida eterna. Toda religión se escribe en torno a ello, a una esperanza o una alternativa ante la muerte y el triste destino de que un cuerpo que era amor, vitalidad, movimiento y poesía, de pronto sea inerte carne y hueso dispuesto en el festín macabro que saborearán la tierra y los gusanos.
Por eso en todas las culturas imaginadas, siempre hubo rituales de la muerte. Hubieron quienes embalsamaron cuerpos, quienes los enterraron, quienes se los comieron, quienes se los entregaron a los fuegos, quienes los enviaron a la deriva del mar y del recuerdo, quienes los acompañaron en su viaje llenos de dolor y de elegías. La muerte es el tema central de la religión y de sus dioses, es el origen de todos los relatos y las fantasías, es la literatura y la fe, la palabra divina y la canción profana, es la conexión definitiva entre la verdad y la esperanza. Los muertos, las almas y sus espíritus, sus recuerdos y sus apariciones, sus memorias y sus monstruos, son la conexión del hombre con el mundo sobrenatural, con lo que sólo se entiende en forma de dioses y de fantasmas. Por eso conmemoramos la muerte. Porque nos hace seres vivos.
Pero también está el hecho de conmemorar a los muertos en función de los ciclos agrícolas. Los muertos fueron vivos y ahora están en contacto con los dioses, pueden interceder por nosotros propiciando buena cosecha, buena lluvia, buena vida. ¿A cambio de qué? Un poco de gratitud, de reverencia, de sacrificio, de reconocimiento. Comida, bebida, respeto, ofrendas, símbolos… Muertos, dioses, espíritus, monstruos, seres de otra dimensión y realidad han alimentado la religiosidad y la ritualidad de todos los pueblos y eso es un hecho universal. Los celtas conmemoraban una fiesta en honor a los muertos que fue trasladada a América por los irlandeses y eran fiestas repletas de espíritus buenos y malos que convivían en torno a la imaginación y el simbolismo de los pueblos que los inventaron. Esqueletos, brujas, calabazas parlantes, gnomos y seres de ultratumba, convivieron en torno a la religiosidad, la memoria y el pasado de los viajeros desplazados. Con el tiempo, la costumbre se hizo atractiva y el mercado aprovechó para vender baratijas… o t’antawawas, da lo mismo.
Todas las fiestas de los muertos están atravesadas por el mercado. Desde México hasta nosotros. La muerte vende y vende porque es incomprensible y evocadora. Ahí están las historias que leemos, las canciones, las películas… Poner en contraposición a Halloween y Todos Santos es un absurdo celoso de los que se creen dueños de la cultura y sus significados. Cada una tiene su propio uso y valor para quienes la celebran o la aprovechan. No se contraponen ni se suplantan pues la muerte no tiene origen y los ritos no tienen fin. Lo más probable es que el crecimiento de la popularidad de las fiestas de Halloween entre nosotros sea directamente proporcional a la vitalidad cada vez mayor que tiene el mast’aku, porque son dos cosas distintas que conviven en el imaginario de la gente con distintos significados. De hecho, la gente celebra las dos. Una (Halloween) para divertirse, seducirse y embriagarse y otra (Todos Santos) para reproducirse como cultura, cosmovisión y ritualidad. Un día soy el monstruo que quisiera haber sido y al siguiente soy la ausencia del alma que espero bienvenir.
Más allá de la paranoia antropológica que teme el apocalipsis de “lo nuestro” por la siniestra invasión de “lo foráneo”, lo cierto es que la globalización ha globalizado todo en el aquelarre de las fantasías y rituales de la muerte y eso nos enriquece, en todo caso. No vamos a vencer nunca a la dama de mirada fría y beso mortal, pero podemos evocarla de todas las maneras posibles para que se olvide un tiempo de nosotros y prosiga de largo su periplo antes de que decida por nosotros, nos envuelva en su manto de misterio y nos cubra de oscuridad y de miedo.
Xavier jordán A.
Docente y escritor
xordanov @gmail.com
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