La Casa del Gordo: amistad y tradición
Ojo de Vid
La Casa del Gordo, ubicada en plena plazuela de Cala Cala, se llama así en memoria de Armando Antezana Palacios, el Gordo Ja Ja, un hombre tan generoso que tenía un kiosco para recibir a los amigos, a quienes decía: Los he reunido para felicitarlos…de tener un amigo como yo. La Casa que hoy es un restaurante administrado por su hijo Javier y su esposa, una damita tarateña, era pura obra gruesa. Es que el Gordo era, como dicen, candil de la calle, oscuridad de la casa. Murió antes de cumplir los 50 y su viuda, doña Margarita, concluyó la casa, pero clausuró el kiosco de amigos. Debía completar la construcción y lo hizo bien, como buena administradora. Murió también. Comenzó a velar por los suyos, que eran todavía pequeños: Armandito, el mayor, santo varón, luego Javier, Karina y Eduardo.
Poco antes se llamó Salteñería Social, heredera del legendario Bar Social de Cala Cala, donde actuaban orquestas como la de José Ferrufino y sus Reyes del ritmo o Ritmo Juvenil. Un kiosco hoy remodelado vendía también las célebres salteñas y sirvió para que la familia se encargara de la plazuela aledaña, cubriéndola de verdor.
Hoy los hijos pueden decir que siguieron con éxito la tradición familiar, porque, aparte de La Casa del Gordo está la salteñería y churrasquería, donde también se sirven exquisitos platos de la mañana. Esta sección está a cargo de Karina y Eduardo. Karina tiene estrecha colaboración con su esposo.
La Casa del Gordo se llena a la hora de almuerzo. Tiene garzones que trabajan allí casi 50 años, una señal de que conviene estar allí. Sirve desde lapping hasta pique a lo macho, pasando por los picantes de pollo, lengua o conejo, que son suculentos tienen el viejo oficio de trabajar el ají.
Cuando el Gordo vivía, yo también y en el mismo barrio. Pasaba por su casa al trote y me gritaba: Hipócrita. Le pregunté por qué y me dijo que lo hacía para que me diera más sed. Le rogué que me permitiera hacer mi rutina hasta el estadio y aceptó, pero al regreso me esperaba con un lapping gigantesco con mote y queso fundido más seis cervezas. Iba a mi casa, que quedaba donde hoy es la Corte Electoral, y me colaba a la ducha. Mi mujercita se desperezaba y me ofrecía desayuno, pero yo le decía que había tomado un jugo. El gordo me esperaba en la puerta, con el motor encendido y nos íbamos al Tornillo.
Javier heredó el buen humor de su padre: cierta vez, un hombre le pidió comidita. Javier le pregunta si le gusta el koñichi y el hombre le dice claro. Entonces volvete mañana, es la respuesta de Javier.





















