Varias de las víctimas del sacerdote pederasta Alfonso Pedrajas denunciaron los abusos y violaciones del jesuita, pero nunca fueron escuchadas y, por el contrario, fueron expulsadas y amenazadas. Otras no aguantaron las agresiones y abandonaron la unidad educativa de Cochabamba; sin embargo, otros estudiantes se quedaron y soportaron la violencia porque provenían de familias de escasos recursos.